La
brecha fatal
Jaime
Septién | jaimeseptien.com
Apenas
una sexta parte de la población mundial, algo así como mil millones de
seres humanos, tiene acceso a Internet. El resto, los otros cinco mil
millones, simplemente están fuera de la jugada. Y la distancia se
ahonda, la brecha se abre, la desigualdad crece y, con ello, la tensión
mundial. En nuestro país pasa lo mismo, quizás agudizado por las
presiones internas de lucha contra el narcotráfico y violencia
generalizada.
Jeremy
Rifkin señalaba en el año 2000 que “la brecha entre los poseedores y
los desposeídos es ancha, pero la que existe entre los conectados y los
desconectados es aún mayor”. Lo que implica que en la llamada (con
bastante pretensión) “sociedad del conocimiento”, solamente uno de
cada seis seres humanos tendrá acceso al dichoso “conocimiento”. Y,
por tanto, a tomar las ventajas que le ofrece la sociedad digital. Los
demás, como se dice en el pueblo, se quedan “chiflando en la loma”.
También
en el año 2000, Dominique Wolton dijo que “una generación entusiasta
sueña con cambiar las relaciones de poder. De buena fe cree que
Internet podrá modificar las reglas de funcionamiento del capitalismo.
Pero si no se plantea de nuevo la división del trabajo, las jerarquías,
la cuestión del mando, se convertirá en una generación desilusionada.
No pensemos que la interactividad individual pondrá fin a la jerarquía,
al poder individual o a la concentración”.
Diez
años más tarde —al momento que escribo esta nota— la desilusión
parece todavía lejana. Las redes sociales han venido a atraer los sueños
de interactividad individualizada y de control de la situación que
parecían estarse desvaneciendo en el horizonte de Internet. Pero, de
nuevo, las propias redes sociales traerán consigo, más temprano que
tarde, su propio desconsuelo. La proliferación de “bitácoras”
personales, el hecho de poder subir a la red la historia de cada quien,
no implica otra cosa que la proliferación de individualidades, de islas
que no forman un archipiélago, de pequeñas burbujas de comunicación
que no hacen sociedad.
La
brecha entre conectados y desconectados se amplía, pues, en dos
direcciones: la que señalaba Rifkin en términos de trasmisión del
conocimiento, y la que señalaba Wolton, en lo que concierne a la
disminución de las personas ante el poder. En el fondo se trata de la
misma zanja ancestral entre quienes poseen o tienen acceso y quienes ni
poseen ni tienen acceso a los bienes.
La
solución es complejísima pero escalable. En Brasil, por ejemplo, se ha
dado un paso decisivo para atacar por los dos frentes: el económico y
el social. Internet puede ser una herramienta básica en esta tarea, en
esta cruzada. Hay que entender lo que implica que la brecha se abra aún
más; sus consecuencias fatales. Esto significa pensar en términos de
sociedad y no en términos de elecciones y de poder
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