ROMA, sábado, 19 enero 2008 (ZENIT.org).-En el contexto de
la cancelada visita del Papa Benedicto XVI a
El padre Villagrasa, profesor de metafísica en
ese centro universitario, ha escrito el libro «Joseph Ratzinger. Personas e
ideas de una vida» (El Arca, México D.F. 2006).
* * *
La dimensión pública del ministerio pontificio
ha mostrado al mundo la verdadera personalidad de Joseph Ratzinger: amable,
cordial y bondadoso, atento y acogedor, honesto y sin intrigas. En razón de su
cargo de Prefecto de
1. Identidad
Tres figuras llenan su escudo episcopal. La cabeza
del moro coronado expresa la apertura de su corazón y ministerio a todo el
mundo y «la universalidad de
La concha representa la búsqueda de
Dios (leyenda del niño y san Agustín) y la peregrinación a la patria celeste,
nuestra morada estable. El teólogo busca conocer a Dios con una razón iluminada
por la fe, con plena conciencia de que nunca alcanzará la comprensión adecuada
del insondable misterio divino. Ratzinger vive «ya y todavía no» en la
presencia del Dios Totalmente-Otro que ha querido hacerse carne, recorrer los
caminos de nuestra historia y ser adorado en el corazón de
El oso con la carga al lomo remite a
una leyenda de san Corbiniano (680-730), que Ratzinger interpreta a la luz del
comentario de san Agustín a los versículos 22 y 23 del salmo 72 (73): «Ut
iumentum factus sum apud te et ego semper tecum». San Agustín se veía como
un iumentum o animal de tiro bajo el peso del servicio episcopal. Esta
imagen, dice a su vez el obispo Ratzinger, «representa mi destino personal».
Ambos habían elegido la vida de estudio y Dios los destinó a «cargar» con las
múltiples menudencias del ministerio pastoral. Y así, como el instrumento en
manos de su dueño, está cerca de Dios. Ratzinger, por obediencia, aceptó dejar
la docencia universitaria y la investigación teológica para servir a Cristo al
frente de la arquidiócesis de Munich y de
El lema episcopal «Cooperadores de la
verdad» expresa la continuidad entre el teólogo y el obispo, «porque,
con todas las diferencias que se quieran, se trataba y se trata siempre de lo
mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio» (MV 130). La verdad que
nos hace libres es Cristo,
Ha querido ser uno más entre los cooperadores
de la verdad, que en comunión con otros aporta a
En sus variadas formas de cooperación, «la
voluntad de fondo, el servicio a la verdad, permanece a la base de todo». Ese
todo, como obispo, comportaba «despachar correspondencia, leer actas,
participar a reuniones, etcétera, cosas muy normales». Tuvo que renunciar a su
deseo de participar más en el gran diálogo cultural de nuestro tiempo y de
desarrollar su obra personal. «Gran parte de lo que me habría interesado he
tenido que dejarlo de lado para empeñarme a fondo en el servicio que se me
pedía, en las cosas más propias de mi cargo» (ST[4]
134-135). Su obediencia serena y pronta a los designios divinos lo hacen una
persona libre y ecuánime, pacificada, que vive las pequeñas cosas de la vida y
del trabajo con amor y que logra liberar la esencia de su vida cristiana de
todo lo accidental y secundario, no anulándolo sino redimiéndolo.
El servicio pastoral se concreta, también, en
una ingrata forma de caridad intelectual: la corrección. Al hacerlo ha querido
hacer patente que quería el bien de los hombres. Como teólogo o pastor, no ha
temido encarar a renombrados teólogos y reaccionar con vigor cuando ciertas
críticas se dirigían al núcleo central de la doctrina. Se le ha escuchado
decir: «
Otra forma de servicio a la verdad y de
caridad intelectual es su capacidad de autocrítica: Ratzinger se pregunta si
está actuando y expresándose bien; reconoce abiertamente los propios límites y
la competencia de los demás; agradece a Dios, sin falsa humildad, que otros
lleven adelante cosas que él no logra hacer. «Poco a poco, uno va conociendo
los propios límites y haciéndose más modesto. Descubre que sólo puede aportar
algo junto a otros; que además de quienes reflexionan y tienen encomendados
ministerios, deben existir otras personas carismáticas que sepan encender la
vida; que todo lo que puedo hacer sólo tiene significado en un contexto más
amplio y que, por lo tanto, la autocrítica es importante» (ST 129-130).
La autocrítica lo ayuda a saberse un cooperador entre otros cooperatores veritatis.
Servir a la verdad es una liberación, mientras
que la renuncia a ella conduce a la dictadura de la arbitrariedad. «Si el
hombre no puede conocer la verdad, se degrada; si las cosas sólo son el
resultado de una decisión, particular o colectiva, el hombre se envilece» (ST
76). La verdad enaltece al hombre y, por la vía de la humildad y la obediencia,
lo conduce a la comunión con Dios y con los demás. En Ratzinger, la humilde
pasión por la verdad está animada por la caridad pastoral y no por mero intelectualismo
académico. Así lo reconocía Juan Pablo ii en la carta que le dirigió con motivo
de su 50º aniversario de sacerdocio.
El fin al que, desde los primeros años de
sacerdocio, se ha dirigido es servir a
Ratzinger ha visto «la raíz de todos los
problemas pastorales» en «la pérdida de la capacidad de percepción de la verdad»[5], pues la ceguera ante la verdad no es ajena al mal uso
de la libertad. Verdad, bien y libertad forman una trilogía recurrente en sus
escritos. «El bien y la verdad son inseparables entre sí. Actuamos bien cuando
el sentido de nuestra acción es congruente con el sentido de nuestro ser, es
decir, cuando hallamos la verdad y la realizamos. En consecuencia, hacer el
bien conduce necesariamente al conocimiento de la verdad. Quien no hace el
bien, se ciega también a la verdad»[6].
Porque el bien es inseparable de la verdad,
Ratzinger se ha pronunciado contra cierto moralismo que, prescindiendo de la
verdad o subordinándola a una vida moral de cortos vuelos, degenera en un
cristianismo miope al servicio de los intereses públicos o personales. La
utilidad de la fe (que en realidad existe) no se produce cuando sólo se la
busca en función de esta utilidad. «La fuerza moral de la fe está ligada a la
verdad de nuestro encuentro con el Dios vivo. La grandeza que la fe cristiana
llevó a las cuestiones sociales y políticas del mundo nació siempre del amor a
Cristo, de la fuerza salvadora de su Pasión. Allí donde el cristianismo se
reduce a la moral, muere precisamente como fuerza moral»[7].
Ratzinger no un intelectual «puro»; es un
pastor inteligente, que habla un lenguaje que sus "ovejas" reconocen.
Como profesor universitario se ha forjado en el serio y riguroso quehacer del
pensar. Ha publicado muchas obras que una persona de cultura media puede
comprender, sin necesidad de introducciones. La fuerza de su palabra depende
más de su vigorosa espiritualidad, que de la ciencia teológica acumulada. Su
excelente preparación intelectual está al servicio de una misión esencial de
Como servidor de la verdad ha buscado «liberar
de incrustaciones el verdadero núcleo de la fe para darle energía y dinamismo.
Esta intención o impulso es una constante en mi vida» (ST 91). Por su
voluntad de servicio a la verdad, no pretende otra «originalidad» que la de
nutrirse en las fuentes originarias de la revelación. Esta originalidad anima y
da frescura a una teología viva, capaz de dialogar con el hombre de hoy.
No he tratado de crear un sistema propio o una
particular teología. Quizá lo específico de mi trabajo podría consistir en que
me propongo pensar con la fe de
Ratzinger, como buen intelectual, ama los
libros, pero mucho más a las personas. Es capaz de una abnegación cotidiana
tenaz, nunca llamativa, a favor del bien de la persona y de la comunidad.
Personas, ideas y libros: éste sería el orden de prioridad en su vida. La
verdad cristiana es una persona: Jesucristo y se resume en el amor a Dios y a
los hermanos. La verdad cristiana ha de ser "hecha" en el amor. Al
final de la vida, lo único que queda son las personas, su alma inmortal, y lo
que se haya sembrado en ellas: «el amor, el conocimiento; el gesto capaz de
tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor» (Misa pro
eligendo Pontifice 18-IV-2005). Su servicio a la verdad, como teólogo y
pastor, es personal; proclamar la «persona» de Cristo,
2. Caridad intelectual en las etapas de su
vida
Orígenes. Ratzinger ama el catolicismo encarnado
en aquellas personas de su Baviera natal y representado en la figura del
humilde y bondadoso san Conrado de Parzham (1818-1894). Aquella gente estaba
convencida de que una vida guiada por la fe logra la realización de sus más
bellas posibilidades: una santidad sin aspavientos, sencilla, hecha de fe
recia, esperanza serena y caridad operante. Como profesor y obispo, ha
preferido salir en defensa de la fe de los sencillos y no se ha mostrado
complaciente con la arrogancia de algunos teólogos o con la fe «aburguesada» de
las sociedades opulentas. Se pone del lado de quien no puede defenderse y
podría verse privado de la fe que sostiene su vida. Le hubiera agradado servir
como sacerdote a la sencilla gente de su tierra, pero
La escuela. Al llegar a Traunstein, Ratzinger
ingresa en el «bachillerato humanístico». No le pasan desapercibidos los
cambios introducidos en los programas por las autoridades nacional-socialistas,
ni su intención manipuladora. «Rememorando aquellos años de estudio, encuentro
que la formación cultural basada en el espíritu de la antigüedad griega y latina
creaba una actitud espiritual que se oponía a la seducción ejercida por la
ideología totalitaria» (MV 37). Las dictaduras tratan de limitar los
estudios humanísticos que favorecen la formación del sentido crítico y la
independencia de juicio; se esfuerzan por presentar este proceso como una
«liberación»[10]. Por amor a sus hermanos, Ratzinger
ha consagrado su vida a conocer y predicar
Estudios para el sacerdocio. Ratzinger cursó los
estudios filosóficos en el seminario de Frisinga donde reinaba un ambiente de
gran compañerismo, entusiasmo y vivacidad intelectual. En el corazón de los
seminaristas surgían muchas cuestiones relacionadas con la terrible guerra que
acababan de vivir. Querían «servir a Cristo en su Iglesia por un tiempo nuevo y
mejor, por una Alemania mejor, por un mundo mejor» (MV 54). Pidió
estudiar la teología en
Expresión de caridad intelectual es reconocer
la competencia de sus profesores y agradecer el ejemplo y la ciencia que le
comunicaron. En Mi vida, los méritos de cada uno resaltan sobre sus
comprensibles límites humanos, que Ratzinger no esconde. Al anotar algunos
límites o errores de su enseñanza, Ratzinger no se detiene en la denuncia, sino
que trata de encontrar los gérmenes de verdad que hay en cualquier autor (cf. MV
64). De Gottlieb Söhngen aprendió a pensar a partir de las fuentes mismas, a
no contentarse con una suerte de positivismo teológico y a plantear con rigor
la cuestión de la verdad y la actualidad de lo creído (cf. MV 68).
Coadjutor parroquial. En su primer año de
sacerdote ejerció la caridad intelectual en formas sencillas. Impartía
dieciséis horas semanales de religión en la escuela a niños de seis cursos
diferentes. Disfrutaba haciéndoles comprensible el universo de los abstractos
conceptos teológicos (cf. ST 72). Aunque anhelaba dedicarse a la
enseñanza universitaria, le costó regresar a las aulas porque suponía romper
las relaciones pastorales que habían nacido durante ese año (MV 77).
Mientras trabajaba en la tesis de habilitación, en el verano de 1954, fue
invitado a impartir un curso de dogmática en el seminario. Hubiera preferido
concentrarse en la tesis pero, con caridad intelectual, aceptó. La entusiasta
participación de los estudiantes lo sostuvo en el doble trabajo del curso y de
la tesis (cf. MV 81). Tras serias dificultades con su director de tesis,
Michael Schmaus, en 1957 pudo defender su tesis con éxito. Después de lo
vivido, Ratzinger se hizo el propósito de no consentir fácilmente la recusación
de tesis doctorales o de habilitación a la libre docencia y de tomar partido
por el más débil, siempre que le asistiera la razón. Llegado el momento, este
propósito pesará en su decisión de trasladarse de
Caridad intelectual es la fatiga oculta del
estudiante y del profesor. Los años de duro estudio forjaron en él las
cualidades del buen teólogo eclesial: rigor científico, alma creyente, voluntad
de buscar y proclamar la verdad; sensibilidad histórica, intuición de lo
esencial, capacidad de síntesis, búsqueda de los datos, precisión en la
definición de los términos, claridad y coherencia en la exposición sistemática.
Docencia universitaria. El ministerio sacerdotal
de J. Ratzinger como profesor de teología duró 25 años, hasta su nombramiento
episcopal: primero en
En Bonn maduró una relación franca y cordial
con sus alumnos. Los estudiantes lo admiraban porque era muy joven, no se
limitaba a repetir los manuales e intentaba poner en relación lo que enseñaba
con el presente (cf. ST 73). Con un grupo de entusiastas estudiantes,
que inicialmente se formó de modo espontáneo, sostuvo coloquios regulares hasta
el año 1993. Trataba de comunicar a los doctorandos su rigor y apertura
intelectual: les enseñaba a detectar los puntos débiles de una argumentación, a
trabajar en equipo y a debatir. «Sabíamos que en las críticas mutuas no nos
movía ninguna intención negativa, sino que queríamos ayudarnos, debatiendo los
temas analíticamente» (ST 74). En grupo, además, visitaban grandes
personalidades: Y. Congar, K. Barth, K. Rahner. La caridad intelectual del
profesor se expresa también en la relación con los colegas. En Bonn conoció a
Paul Hacker, un gran experto en lenguas, menospreciado por la comunidad
académica, a quien Ratzinger estimaba por su indiscutible competencia (cf. MV
94).
Ratzinger y el Concilio Vaticano ii. Como consejero
teológico del cardenal Frings, en la primera sesión, y después como perito
conciliar, Ratzinger asumió la fatiga de clarificar cuestiones debatidas por
los padres conciliares, en particular el problema de la relación entre
Escritura, Tradición y Magisterio, planteado a la luz de un presunto
descubrimiento de J.R. Geiselmann. Ratzinger, antes de que la «propaganda
conciliar» sacara de quicio las consecuencias de la tesis de Geiselmann y
afirmara que la exégesis debía ser la última instancia en
Más docencia universitaria. Ratzinger vivió el
Concilio entre Münster y Roma. En 1966 recomenzó a dar clases en Tubinga. El
ambiente universitario aparecía cada vez más agitado y oscuro. En 1968, cambió
el «paradigma» cultural y teológico del existencialismo al marxismo; la
facultad de teología era el centro ideológico del marxismo universitario.
Ratzinger, que en su curso de cristología de 1966-1967 había intentado
reaccionar a la reducción existencialista del cristianismo, ahora no sabía cómo
reaccionar ante la destrucción de la teología que tenía lugar a través de la
instrumentalización política marxista. Esta destrucción «era incomparablemente
más radical» porque se basaba sobre una mentira y un abuso de
En 1969, Ratzinger comienza a enseñar en
Ratisbona, donde no faltaban las polémicas, pero «había un respeto recíproco de
fondo que es muy importante para que un trabajo sea fructífero» (MV
118). Durante este período de intensa actividad científica, colaboró con
Arzobispo de Munich y Frisinga. Por sentido de
responsabilidad, dudó antes de aceptar el nombramiento. Se veía sin experiencia
pastoral y pensaba que, finalmente, había llegado el momento en el que su obra
podría aportar algo al conjunto de la reflexión teológica. Aceptó porque
comprendió que en la situación extraordinaria que vivía
Prefecto de
Caridad intelectual es afrontar los problemas
y buscar su solución por la vía del diálogo. La tarea ha sido difícil pues en
ese período abundaban las tergiversaciones o negaciones de la fe que a él
competía promover, exponer y defender. «La función de un cirujano que opera a
un hombre enfermo para sanarle no es grata si el que padece la enfermedad no la
reconoce. Por ello quizá su primera función tenga que ser esclarecerle los
hechos y procesos que padece, que de no ser frenados o extirpados a tiempo
acabarían con su vida. Ésa fue la tarea de Ratzinger al frente del dicasterio»[11].
El servicio de clarificar la fe católica es
más hermoso que el de señalar errores, pero este tampoco es un deshonor. San
Jerónimo hacía este elogio de san Agustín: «Has creado una expresión nueva al
cristianismo en la cultura romana, y lo que es más: te detestan todos los
herejes». El cardenal Ratzinger quizá se haya consolado con ese pensamiento
cuando tuvo que intervenir en algunos «casos sonados», que dieron origen a la
publicación de notificaciones sobre algunas obras de conocidos teólogos.
En la medida que sus responsabilidades se lo
permitían, Ratzinger intervino como un teólogo más en el debate teológico y
cultural del propio tiempo. De este modo, los teólogos y los obispos pudieron
conocer mejor los procesos, motivos y razones que orientaban las decisiones que
como prefecto debía tomar y que, en ocasiones, el Santo Padre confirmaba con su
autoridad. Al pronunciarse como teólogo, se exponía al fuego de la crítica
teológica y podía perfilar mejor su pensamiento en aquellos puntos en los que
estaba buscando mayor claridad. Todo ello redundaba en beneficio de su tarea,
como prefecto, de explicar con términos claros y precisos la doctrina de
Ejercicio de caridad intelectual es saberse
limitar a las prioridades y no dedicarse a satisfacer los propios intereses. En
una carta a un amigo, un mes antes de su elección papal, escribía: «Hace ya dos
años que he decidido abandonar totalmente mi actividad de conferenciante, para
poder cumplir aquí debidamente mis deberes; finalmente la edad reduce la
capacidad de trabajar y aquí las tareas son cada día mayores»[12].
Caridad intelectual es afrontar las tareas
ingratas y difíciles con espíritu elevado y modo gentil. No fue autoritario ni
quiso serlo. En
La seriedad de su forma de trabajar es
proverbial, sobre todo cuando tiene entre manos asuntos que requieren un
estudio profundo. Se mantenía abierto a la crítica y a la colaboración, pero no
renunciaba a intervenir cuando era necesario, aunque las medidas fueran
impopulares, y siempre en modo correcto, respetando los derechos de las
personas y las normas del derecho eclesiástico (cf. ST 112).
Caridad intelectual es, también, la capacidad
para revisar las propias opiniones. A los sacerdotes de la diócesis de Aosta
dijo que - en el contexto de la pastoral con los fieles divorciados vueltos a
casar y que desean recibir la comunión - como Prefecto invitó a diversas
Conferencias episcopales y a especialistas a estudiar el problema del
sacramento del matrimonio celebrado sin fe: «No me atrevo a decir si realmente
se puede encontrar aquí un momento de invalidez, porque al sacramento le faltaba
una dimensión fundamental. Yo personalmente lo pensaba, pero los debates que
tuvimos me hicieron comprender que el problema es muy difícil y que se debe
profundizar aún más» (25-VII-2005). Estas palabras revelan el esfuerzo de
quien, ante un problema pastoral, trata de respetar, por una parte, el bien de
la comunidad y el bien del sacramento y, por otra, trata de ayudar a las
personas que sufren.
Las múltiples facetas de la caridad
intelectual han ido apareciendo a través de la biografía de Joseph Ratzinger y
siguen resplandeciendo en su ministerio de Pastor Universal de
[1] J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos
1927-1977, Encuentro, Madrid 1997.
[2] Benedicto XVI, Homilía en la
concelebración con los cardenales electores, Capilla Sixtina, 20-IV-2005.
[3] Cf. O. González de Cardedal, Ratzinger
y Juan Pablo II, Sígueme, Salamanca 2005, 43.
[4] Traducción nuestra de la edición italiana
de J. Ratzinger, Il sale della terra, San Paolo, Milano 1997.
[5] J. Ratzinger, "El problema de fondo.
Entrevista de Jaime Antúnez Aldunate", Humanitas 10 (2005) numero
especial, 122.
[6] J. Ratzinger, "El problema de
fondo...", 123.
[7] J. Ratzinger, "El problema de
fondo...", 128-129.
[8] Cf. H.U. von Balthasar, «Ancora un
decennio - 1975», in Idem., Il filo di Arianna attraverso la mia opera,
Jaca Book, Milano 1980, 54.
[9] Cf. J. Ratzinger, "La nueva
evangelización", Ecclesia 10 (1996) 351.
[10] Cf. J. Ratzinger, "Libertad y
liberación. La visión antropológica de
[11] O. González de Cardedal, Ratzinger y
Juan Pablo II, 57-58.
[12] Carta del 12 de marzo de