La educación cristiana: el papel de la familia
 
I


Hablé ya de la tarea de los catequistas. Y salió el asunto de los padres, de la familia, y su papel en la transmisión de la fe a los hijos. Vamos con este tema. Podríamos plantear así esta cuestión ¿qué está ocurriendo en una Iglesia con una tradición milenaria y tan ampliamente implantada como la española, cuando vemos que tantas familias cristianas no son capaces de educar cristianamente a sus hijos?

Cuando hablamos de la dificultad actual en la transmisión pacífica de la fe, queremos decir que se han alterado los medios habituales de colaborar al surgimiento de la fe en las nuevas generaciones. Medios habituales que, hasta ahora, han sido básicamente la familia cristiana y la cultura cristianizada. En una sociedad suficientemente cristianizada, como era la sociedad española hasta hace poco más de treinta años, la Iglesia ejercía su misión de ayudar a creer en el Dios de Jesucristo, fundamentalmente, por medio de las familias cristianas y de la influencia mentalizadora del ambiente cultural y social en el que vivimos. Las dos cosas han cambiado profundamente entre nosotros. Pero ahora nos centramos en la familia.

Tenemos que reconocer que la familia, el medio de transmisión de la fe, más normal y más efectivo durante siglos se ha desmoronado en pocos años. Esta es una de las novedades más graves y más preocupantes de la situación de la Iglesia en la España actual. Donde este fenómeno comenzó antes, las familias actuales ya son mayoritariamente paganas, ya no se puede hablar de familias cristianas incapaces de educar cristianamente a sus hijos, sencillamente porque ya no son familias verdaderamente cristianas. En muchos países de larga tradición cristiana son minoría las familias que forman parte activa de la Iglesia. Esta puede ser la situación en España dentro de muy pocos años.

Es, en efecto, una situación relativamente nueva, que está trastornando gravemente nuestra vida eclesial y que reclama reflexión y unas medidas pastorales lúcidas y valientes. Los datos de las estadísticas nos obligan a plantearnos como problema pastoral número uno éste de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Hoy la mayoría de los padres cristianos quieren bautizar a sus hijos y de hecho los bautizan. Pero ya son bastantes menos los que saben que el gesto de bautizar a sus hijos supone el compromiso de ayudarles a descubrir y vivir personalmente la fe recibida, educándolos cristianamente, en toda la amplitud y riqueza del término. Y ¿cuántos de esos niños recibirán la comunión y la confirmación y se incorporarán a la vida de la Iglesia? ¿y cuántos pasarán de la adolescencia a la juventud continuando su educación cristiana en la familia, la Iglesia doméstica? ¿qué habrá pasado en el camino? ¿por qué no se ha transmitido la fe de padres a hijos?

La fe es, ciertamente, un don de Dios, el don de Dios por excelencia. Es El quien se revela y se nos hace asequible, quien nos invita a creer en El y mueve nuestras facultades interiores para que le aceptemos como apoyo y centro de nuestra vida. Pero a la vez, con esa inicial ayuda de Dios, la fe es respuesta del hombre, decisión personalísima por la cual cada uno define su propia vida. Podemos decir que la fe es el don de responder amorosamente a la revelación y al ofrecimiento de Dios.

A la vez que don, la fe es un acto personal y configurante. La fe implica una decisión personal absolutamente intransferible. Supone un cambio interior, y una movilización de las facultades del alma, un asentimiento libre en el que cada sujeto define profundamente los caracteres de su propia vida. Así aparece claramente en el n.5 de la Dei Verbum: “Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el `homenaje total de su entendimiento y voluntad´ asintiendo libremente a lo que Dios revela". Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”

Por lo cual, es preciso reconocer que no se puede hablar de una “transmisión de la fe” en sentido estricto, como se habla de transmisión de una enfermedad, de unas cualidades hereditarias, o de unos conocimientos. La fe es algo mucho más personal, mucho más libre. Cuando una persona elige el objeto de su fe personal, define y configura las características profundas y estables de su propia existencia. La fe nace en cada persona, de lo más profundo del ser personal, como una decisión profundamente
libre, preparada por la acción creadora de Dios, por la acción del Espíritu Santo que nos ilumina, nos atrae y nos seduce para que creamos filialmente en Dios.

Muchos tenemos la impresión de que, en la teoría y en la práctica de nuestras actividades pastorales, no hemos valorado suficientemente la intervención de la familia en el servicio a la fe de las nuevas generaciones. Durante siglos la fe ha ido pasando pacíficamente de padres a hijos sin que cayéramos en la cuenta de la importancia que tenía esta transmisión en la vida de la Iglesia. Ahora, que ese proceso se ha alterado, comenzamos a echarlo de menos y valorarlo en lo que le corresponde.

Preguntémonos, apelando a nuestra propia experiencia: ¿quién nos ha enseñado a rezar? ¿cuándo y dónde y cómo hemos aprendido a creer en Dios, a amar a Jesucristo, a invocar a la Virgen María? ¿quién nos ha enseñado a distinguir el bien del mal? ¿dónde hemos ido aprendiendo a vivir como cristianos? Una sencilla observación sobre nuestra propia vida, por lo menos para los que tenemos ya una cierta edad, nos hace caer en la cuenta de que la mayoría de nosotros hemos nacido a la fe y a la vida cristiana gracias a la influencia de nuestra familia. Ellos nos llevaron al bautismo y ellos se encargaron de que creciera en nosotros personalmente la fe recibida. Nuestros padres y abuelos, incluso nuestros hermanos, fueron quienes realmente nos iniciaron en el conocimiento y en el ejercicio de la vida cristiana.

En la mayoría de las familias cristianas, con la primera educación y las primeras ayudas para despertar en nosotros la vida consciente, se nos ofrecían las realidades de la fe, invitándonos a aceptarlas y tenerlas en cuenta con plena naturalidad. De este modo hemos recibido el anuncio y la presentación de las realidades divinas desde el inicio de nuestra vida consciente, junto con las demás aperturas hacia la realidad. Nunca recibimos una visión del mundo como algo cerrado, a la cual tuviéramos que añadirle más tarde la presencia de un Dios sobrevenido y casi postizo, sino que recibimos desde el primer momento una visión del mundo ya iluminada y transformada por la fe, en la que Dios estaba presente y actuante desde el principio, el mundo era criatura de Dios, todos éramos criaturas de Dios, Jesús estaba presente en nuestra vida, los hombres éramos hermanos, la Iglesia ocupaba un lugar importante en la vida, existía un código de comportamiento universalmente vigente y aceptado que era de hecho el que provenía de la fe en Dios y en Jesucristo.

En algunos momentos de nuestra historia, no excesivamente lejanos, hemos criticado duramente el cristianismo sociológico. Es posible que en aquellos momentos no tuviéramos suficientemente en cuenta el valor de aquella transmisión pacífica y generalizada de la fe de generación en generación. La honestidad con nosotros mismos nos tiene que llevar a reconocer que este fenómeno producía cosas muy importantes que entonces no valorábamos suficientemente y ahora echamos en falta:

- por un lado la universalidad de la evangelización: todos los niños recibían el bautismo y la mayoría de ellos recibían una suficiente educación cristiana, con una
extensión que las instituciones públicas de la Iglesia, sin la colaboración de las familias, no pueden conseguir.
- esta fe recibida en los primeros años de la vida alcanzaba una hondura y una connaturalidad en las personas así evangelizadas que sin esta influencia de la familia en los primeros años de la infancia es muy difícil de conseguir.
- la transmisión familiar de la fe era el núcleo de la educación, la más profunda justificación y motivación de las más profundas actitudes vitales y de las normas más
fundamentales del propio comportamiento. De esta manera los padres no se conformaban con dar la vida sino que lograban también dar a sus hijos el sentido de la vida

Pues bien, es posible que una fe personal así nacida y crecida, en tan estrecha familiaridad con el “universo cristiano", tenga sus limitaciones, comienza siendo una fe infantil, poco fundamentada intelectualmente, no expresamente afirmada en un acto reflejo de libertad. Una fe que necesitará ser reafirmada posteriormente, en la adolescencia, en la juventud, en la madurez y quizás de nuevo en la vejez. La fe es un acto y un estado de la persona que hay que ir renovando y readaptando en cada etapa de la vida.

Pero a la vez, la fe así adquirida tiene unas características muy positivas que difícilmente se pueden adquirir de otra manera. El niño, en su relación con los padres y los hermanos, adquiere la imagen de su universo dentro del cual está Dios, Jesús, la Virgen María, el cielo y el infierno, el bien y el mal, la Iglesia y los sacramentos. Todo eso forma parte del mundo original en el cual situamos nuestra existencia. Y todo ello
queda avalado por el testimonio de los padres, participando de los mismos sentimientos de confianza, cercanía, amabilidad que nuestros padres nos inspiran. Dios, Jesús, los santos forman parte del mundo familiar, constitutivo, de las capas más profundas de nuestra conciencia que configuran nuestra más radical identidad personal y nuestra manera de estar en la sociedad y en el mundo.

Así ha sido hasta ahora y así tendría que seguir siendo. Los padres cristianos saben que son colaboradores de Dios en la generación de sus hijos, colaboradores en la atención a sus necesidades y especialmente colaboradores en la apertura de sus hijos al mundo de la redención. Si ellos reciben a los hijos como don de Dios ¿cómo podrían no enseñarles a conocer a su Padre del cielo? Si ellos se aman con amor cristiano ¿cómo podrían no darles a conocer al Cristo que es el origen del amor que le ha dado la vida? Si ellos han recibido la consagración de la Iglesia ¿cómo podrían no incorporar a sus hijos a la comunidad de los santos donde ellos viven la fe y reciben el don del Espíritu de Dios, fuente del amor y de la vida?

II

Volviendo a nuestra reflexión sobre la misión evangelizadora de la familia tendremos que preguntarnos ¿qué tenemos que hacer para volver a contar con unos padres cristianos capaces de educar cristianamente a sus hijos? ¿cómo promover en la práctica el nacimiento y crecimiento de familias cristianas?

La respuesta de Perogrullo es decir que necesitamos contar con familias verdaderamente cristianas, cuya visión del matrimonio y cuyo proyecto familiar sea verdaderamente cristiano. Pero el problema está precisamente en esto

La gravedad de la situación.

Una cosa es cierta. La primera condición para la transmisión o la difusión de la fe en la sociedad actual es la existencia de una comunidad cristiana renovada, espiritualmente vigorosa, unida y consciente del tesoro que posee y de la misión que le incumbe. Una Iglesia misionera tiene que ser una Iglesia de santos. Esta es la conclusión evidente de un razonamiento serio y responsable. Por eso, a la hora de pensar en la transmisión de la fe y la cristianización de las nuevas generaciones, la primera condición requerida es la conversión de la Iglesia, la conversión de los cristianos, nuestra propia conversión. Y para llegar a la conversión, necesitamos la gracia de reconocer nuestra debilidad, nuestro error, nuestro pecado.

Pienso que en las naciones de occidente el problema es tan grave, tan agudo, que no basta con buscar recetas de índole pastoral o pedagógica. Hay que descubrir las raíces de la situación que estamos viviendo y recurrir a soluciones fundamentales. En nuestra Iglesia hay situaciones gravemente anormales. Un número muy alto de los bautizados vive habitualmente alejado de la Iglesia. Bastantes de quienes frecuentan la vida sacramental, aunque sea con cierta irregularidad, no aceptan algunas enseñanzas de la Iglesia en materia dogmática o moral, la vida espiritual, el vigor religioso de nuestros cristianos deja mucho que desear. Sin acusar a nadie concretamente, tenemos que reconocer que nuestras comunidades cristianas no son comunidades muy fervorosas ni tienen tampoco una fuerte conciencia apostólica. La vida de los cristianos está debilitada por las dudas de fe, por faltas de unidad, por debilidad frente a los contagios de la vida materialista y de la cultura anticristiana.

Por la fuerza de estos factores, con la complicidad de nuestros propios errores, la secularización ha entrado dentro de la misma Iglesia, con las apariencias y falsos prestigios de querer ser cristianos modernos y dialogantes, que saben situarse y moverse en el mundo actual. Pero esto, muchas veces, termina en aquello de “poner una vela a Dios y otra al diablo”. Con frecuencia hemos aplicado tácticas pastorales equivocadas que debilitan el testimonio de los cristianos y su poder convincente (diálogo en igualdad, métodos concesionistas, lecturas seculares del evangelio y de la vida cristiana, recortes doctrinales y morales). No hemos sabido resistir la seducción de un aparente progresismo que lleva en el fondo la añoranza de las antiguas concordancias entre sociedad e Iglesia y valora más el beneplácito del mundo que la fidelidad al evangelio.

Estas tentaciones se ven con frecuencia apoyadas por los medios de comunicación social y otras fuerzas difícilmente identificables que quieren una Iglesia no disidente, una Iglesia “bien adaptada”, es decir una Iglesia espiritualmente sometida, mundanizada, que deje de ser fermento, sal, fuerza crítica, liberadora transformadora. Nos critican cuando disentimos, nos alaban cuando coincidimos. Pero la regla de la autenticidad cristiana no es el gusto de los poderosos, sino la cruz y el amor de Cristo.

Paganos, agnósticos, ¿apóstatas?

Tratándose de países que han sido intensamente cristianos, como es el caso de España, tenemos que tener en cuenta que nos movemos en una situación sumamente confusa. Nuestra sociedad no es ingenuamente pagana. En el origen de la paganía actual puede haber una explicable reacción contra un pasado excesivamente controlado por la Iglesia, aunque la verdad es que esa situación queda ya bastante lejana. A estas alturas de la historia, lo que algunos rechazan es más creación literaria que realidad conocida y vivida. El agnosticismo comienza siendo una rebeldía, pero se ha conviertido en una moda y casi en una rutina. Ahora, lo más frecuente, no es el rechazo explícito y razonado, sino el descuido, la dejadez, la aceptación pasiva de las tendencias dominantes, de lo más fácil y placentero.

No se trata tanto de negaciones formales como de abandonos prácticos, encubiertos, más por la vía de la omisión que de la acción. Valoramos tanto las cosas de este mundo, nos vemos tan absorbidos por las ocupaciones o las aspiraciones inmediatas, que terminamos por ver las cosas de la fe, la Iglesia, la vida cristiana y el mismo Dios, como realidades inoperantes, sin ningún interés, realidades de otros tiempos que se van alejando de nosotros, o nosotros de ellas, y terminan siendo irreales para nosotros. A la fe débil sucede la indiferencia. Asusta pensar lo que será nuestra sociedad dentro de 20 ó 30 años, cuando una segunda generación surja y madure sin las conexiones que todavía tienen los jóvenes actuales con muchas ideas y muchos valores cristianos.

Nuestra situación es parecida a la situación de los cristianos del siglo II y III. Vivimos inmersos en una sociedad no cristiana, que trata de asimilarnos culturalmente. La tendencia es la contraria a la que era en tiempos de los Padres. Entonces la cultura pagana se desmoronaba ante la pujanza de la Iglesia. La Iglesia fue fermento de nuevas instituciones y nueva cultura. Ahora es la sociedad cristiana la que se desmorona y las instituciones cristianas las que desaparecen frente al crecimiento y la pujanza del laicismo. Si queremos cambias las cosas y ser capaces de modificar la sociedad circundante en vez de ser digeridos por ella, tendremos que ser más fuertes, más vigorosos espiritualmente, más efectivos en la configuración de la vida.

Contra la pretensión de implantar una cultura secular, laica y laicista, que haga vivir a los mismos cristianos en una sociedad sin Dios, tenemos que afirmar que la evangelización no es completa hasta que los cristianos, una vez convertidos, no lleguemos a crear y hacer vigente una visión alternativa de la vida y de la cultura, en la que Dios ocupe su lugar, en la que la fe en el Dios vivo y la esperanza de la vida eterna influyan en el conjunto de los valores, criterios morales y modelos de vida que configuran la existencia humana por dentro y por fuera. Algo de esto irá siendo verdad a medida que haya familias cristianas que se reúnan, que creen ambientes, actividades, modelos e instituciones sociales donde la presencia de Dios por Cristo y la vigencia del evangelio sean un hecho real y práctico.

¿Un programa nuevo? Fe, santidad, el programa de siempre.

Con frecuencia, hablando de evangelización, complicamos demasiado las cosas, buscamos demasiados requisitos previos, revisiones, programaciones, formulaciones. Tengo la impresión de que a veces la abundancia de lo accidental nos oculta la necesidad de lo que es verdaderamente decisivo. Cuando sus discípulos le preguntaron al Señor qué tenían que hacer para participar en las obras de Dios, su respuesta fue directamente a lo fundamental. “La obra de Dios es que vosotros creáis en Aquel que El ha enviado” (Jn 6, 28-29). El programa no hay que inventarlo. El camino de la regeneración y de la salvación está trazado por Dios. El programa es Cristo. Todo se centra en la presentación concreta, realista, vigorosa de Cristo. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe. Y no por cualquier fe, sino por la fe de Pedro, en comunión con la Iglesia mediadora, esa es la única fe que nos permite llegar al corazón del misterio.

La primera condición para la transmisión o la difusión de la fe en la sociedad actual es la existencia de una Iglesia renovada, espiritualmente vigorosa, unida y consciente del tesoro que posee y de la misión que le incumbe. Una Iglesia de santos y de testigos. Necesitamos recuperar el vigor espiritual de la Iglesia mediante la conversión. Necesitamos poner en pie unas comunidades cristianas, unas familias cristianas verdaderamente entusiasmadas con Cristo, conscientes de su significación como Hijo de Dios encarnado para salvar la humanidad entera, felices por haber conocido a cristo, verdaderamente arraigadas y centradas en El, conscientes de su responsabilidad y de sus posibilidades como testigos de cristo y portadores de una palabra de salvación que se mantiene joven y eficaz.

Se impone lo que yo llamaría pastoral de la autenticidad. Anunciemos el evangelio en su integridad, busquemos ante todo la conversión a Jesucristo por medio de la fe, fomentemos la aspiración sincera y realista a la santidad y a la perfección cristiana, seamos capaces de presentar ante el mundo con fuerza la llamada de una alternativa real de vida de los cristianos. Este tiene que ser el punto de partida para una verdadera acción evangelizadora capaz de producir una verdadera replantatio Ecclesiae.

La unidad entre nosotros

Mirando nuestra situación concreta es indispensable llamar la atención sobre la necesidad de la unidad. No puede haber vigor espiritual, personal ni comunitario, sino en la unidad. Tenemos que superar la tentación del fraccionamiento y del aislamiento. La tentación del clericalismo y de los personalismos. Si las divisiones históricas entre cristianos han sido y siguen siendo un gran inconveniente para la misión es evidente que la actual división entre católicos, el disentimiento habitual, el olvido y menosprecio del magisterio del Papa y de los Obispos, las faltas graves de disciplina en las celebraciones litúrgicas, la desafección diocesana que se manifiesta en muchos detalles, son un inconveniente muy fuerte para desarrollar una acción pastoral eficaz, con verdadero vigor apostólico y misionero. Entre nosotros hay demasiados grupos, demasiada incomunicación, demasiadas críticas, demasiada facilidad para despreciar lo que “viene de arriba”, fiándonos más de las iniciativas personales, grupales, parroquiales, incluso aunque discrepen seriamente, en objetivos, prioridades, materiales y espirituales, de lo que “los de arriba” han dispuesto, en comunión con el Obispo, con el Papa, con la Iglesia, en definitiva con Cristo. Falta conciencia de esa imprescindible unidad en lo sustancial, con Cristo, cabeza de la Iglesia, para lograr esa conciencia de conjunto, valoración de los demás, mística de la unidad y la comunión.

Las Asociaciones y Movimientos tienen que sentirse llamados a colaborar en esta renovación espiritual, comunitaria y apostólica de las Parroquias. Más aún, hay que tener en cuenta que la comunidad eclesial no es propiamente la Parroquia, sino la Iglesia particular. Promover grupos de cristianos que caminen hacia la perfección cristiana, con los medios de santificación que tiene la Iglesia, sacramentos, oración personal, penitencia, obras de misericordia y apostolado, discernimiento y dirección espiritual. Contar con ellos, apoyarnos en ellos. En las parroquias tiene que abrirse camino una aceptación sincera y agradecida de la realidad de los movimientos como un don del Espíritu a la Iglesia, pero al mismo tiempo los movimientos tienen que sentirse y vivir de verdad su condición eclesial, metidos en la carne real de nuestras Iglesias y parroquias, superando la tentación de cerrarse sobre sí mismos, a la vez que las comunidades parroquiales reciben dentro de ellas a los miembros de grupos, asociaciones y movimientos, asiilando como patrimonio común lo que el Espíritu despierta y suscita como inicial vivencia de unos pocos.

Una consideración más: creo que no se puede entender la necesidad de la comunidad demasiado geográficamente. Siempre es necesaria la comunidad, pero no necesariamente donde se realiza la evangelización. Cuando un grupo de misioneros llegan a un país para anunciar la fe no cuentan con la presencia de una comunidad precedente. Sí cuentan con su comunidad de origen, pero en el nuevo país, la comunidad será el fruto de sus desvelos y su trabajo misionero. Este recuerdo nos puede valer. Para comenzar a desarrollar una pastoral de evangelización no hace falta tener por delante una parroquia renovada, basta que un grupo pequeño se decida a vivir en actitud de evangelización, en tensión espiritual y acción misionera. Una parroquia es un catecumenado, una pila bautismal, un altar y un confesionario.

Centrarnos en lo central

En toda esta labor no podemos olvidar la necesidad de centrarnos en aquellas cuestiones que fundamentan y favorecen el surgimiento de la fe, que consolidan la fe de los cristianos dubitantes, que avivan el dinamismo espiritual y apostólico de los cristianos. Así señalo por ejemplo:
- ayudar a descubrir la finitud, la condición de creatura, la importancia y necesidad de Dios para una existencia personal, libre, verdaderamente humana.
- fundamentar en la realidad histórica de Cristo, muerto y resucitado por Dios, el fundamento de la fe personal de cada uno: si Jesús es parte de nuestra historia, qué hacemos con El, como lo incorporamos a nuestra experiencia humana.
- recuperar la primacía de los aspectos estrictamente religiosos de la vida, adoración, confianza, obediencia, esperanza teologal. No quedarnos en las utilidades mundanas de la religión. Crees es un modo de ser, antes que raíz de un modo determinado de obras y camino para conseguir algunos bienes concretos.
- presentar con claridad el momento definitivo del juicio de Dios, la necesidad y primacía de su salvación, prevista, aceptada, vivida como punto de apoyo, criterio y fuerza decisiva para la vida presente.

Reencontrar a quienes se apartaron

Teniendo en cuenta la condición de muchos de nuestros fieles, alejados y fríos, pero no enteramente desvinculados de la Iglesia es muy importante aprovechar los encuentros ocasionales que tenemos con ellos en verdaderos acontecimientos de evangelización. En concreto deberíamos estudiar el modo de convertir los encuentros de “conveniencias sacramentales” en verdaderas ocasiones de anuncio, de invitación, de renovación de fe y de vida de nuestras familias. Hay que intentar que estos encuentros no sean esporádicos y pasajeros, sino que se conviertan en el inicio de una relación nueva, el arranque de un proceso nuevo de maduración espiritual.

Necesitamos también buscar y promover oportunidades para establecer contactos con las personas que no vienen a la Iglesia, con las que no creen, por medio de encuentros, acercamientos, convocatorias, visitantes de enfermos, diferentes obras de misericordia, presencia habitual en los medios de comunicación, en los foros de diálogo y debate, que nos permitan llegar a descubrir y anunciar el significado actual del evangelio, de la persona de Cristo, publicaciones y otros medios de comunicación mediante los cuales se superen las fronteras habituales y se produzcan nuevos acercamientos, se creen encuentros personales con personas nuevas, que permitan anunciarles la revelación de Dios en sus contenidos básicos y fundamentales.

Hay que evitar ciertas actitudes muy frecuentes entre nosotros que resultan incompatibles con una actividades verdaderamente evangelizadora. Evitar las condenas, las actitudes impositivas. Y evitar también las condescendencias que suponen indiferencia y falta de confianza en nosotros mismos. El testigo tiene que irradiar seguridad, paz, afecto, solicitud, respeto, ofrecimiento de algo importante. Todo esto con humildad, con realismo, con paciencia, con perseverancia y con unidad.

 


Escrito por Mons. Sebastián

religionenlibertad.com