
Hablé ya de la tarea de los catequistas. Y salió el asunto de los
padres, de la familia, y su papel en la transmisión de la fe a los
hijos. Vamos con este tema. Podríamos plantear así esta cuestión ¿qué
está ocurriendo en una Iglesia con una tradición milenaria y tan
ampliamente implantada como la española, cuando vemos que tantas familias
cristianas no son capaces de educar cristianamente a sus hijos?
Cuando hablamos de la dificultad actual en la transmisión pacífica
de la fe, queremos decir que se han alterado los medios habituales de
colaborar al surgimiento de la fe en las nuevas generaciones. Medios
habituales que, hasta ahora, han sido básicamente la familia
cristiana y la cultura cristianizada. En una sociedad
suficientemente cristianizada, como era la sociedad española hasta
hace poco más de treinta años, la Iglesia ejercía su misión de
ayudar a creer en el Dios de Jesucristo, fundamentalmente, por medio
de las familias cristianas y de la influencia mentalizadora del
ambiente cultural y social en el que vivimos. Las dos cosas han
cambiado profundamente entre nosotros. Pero ahora nos centramos en la
familia.
Tenemos que reconocer que la familia, el medio de transmisión de
la fe, más normal y más efectivo durante siglos se ha desmoronado
en pocos años. Esta es una de las novedades más graves y más
preocupantes de la situación de la Iglesia en la España actual.
Donde este fenómeno comenzó antes, las familias actuales ya son
mayoritariamente paganas, ya no se puede hablar de familias cristianas
incapaces de educar cristianamente a sus hijos, sencillamente porque ya
no son familias verdaderamente cristianas. En muchos países de
larga tradición cristiana son minoría las familias que forman
parte activa de la Iglesia. Esta puede ser la situación en España
dentro de muy pocos años.
Es, en efecto, una situación relativamente nueva, que está
trastornando gravemente nuestra vida eclesial y que reclama reflexión
y unas medidas pastorales lúcidas y valientes. Los datos de las estadísticas
nos obligan a plantearnos como problema pastoral número uno éste
de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Hoy la mayoría
de los padres cristianos quieren bautizar a sus hijos y de
hecho los bautizan. Pero ya son bastantes menos los que saben que el
gesto de bautizar a sus hijos supone el compromiso de ayudarles
a descubrir y vivir personalmente la fe recibida, educándolos
cristianamente, en toda la amplitud y riqueza del término. Y ¿cuántos
de esos niños recibirán la comunión y la confirmación y se
incorporarán a la vida de la Iglesia? ¿y cuántos pasarán de la adolescencia
a la juventud continuando su educación cristiana en la familia,
la Iglesia doméstica? ¿qué habrá pasado en el camino? ¿por
qué no se ha transmitido la fe de padres a hijos?
La fe es, ciertamente, un don de Dios, el don de Dios por
excelencia. Es El quien se revela y se nos hace asequible, quien nos
invita a creer en El y mueve nuestras facultades interiores para que
le aceptemos como apoyo y centro de nuestra vida. Pero a la vez, con
esa inicial ayuda de Dios, la fe es respuesta del hombre,
decisión personalísima por la cual cada uno define su propia vida.
Podemos decir que la fe es el don de responder amorosamente a la
revelación y al ofrecimiento de Dios.
A la vez que don, la fe es un acto personal y configurante. La fe
implica una decisión personal absolutamente intransferible.
Supone un cambio interior, y una movilización de las facultades del
alma, un asentimiento libre en el que cada sujeto define profundamente
los caracteres de su propia vida. Así aparece claramente en el n.5 de
la Dei Verbum: “Por la fe el hombre se entrega entera y
libremente a Dios, le ofrece el `homenaje total de su entendimiento y
voluntad´ asintiendo libremente a lo que Dios revela". Para dar
esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se
adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu
Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu
y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”
Por lo cual, es preciso reconocer que no se puede hablar de una
“transmisión de la fe” en sentido estricto, como se habla de
transmisión de una enfermedad, de unas cualidades hereditarias, o de
unos conocimientos. La fe es algo mucho más personal, mucho más
libre. Cuando una persona elige el objeto de su fe personal, define
y configura las características profundas y estables de su propia
existencia. La fe nace en cada persona, de lo más profundo del
ser personal, como una decisión profundamente
libre, preparada por la acción creadora de Dios, por la acción del
Espíritu Santo que nos ilumina, nos atrae y nos seduce para que
creamos filialmente en Dios.
Muchos tenemos la impresión de que, en la teoría y en la práctica
de nuestras actividades pastorales, no hemos valorado
suficientemente la intervención de la familia en el servicio a la fe
de las nuevas generaciones. Durante siglos la fe ha ido pasando pacíficamente
de padres a hijos sin que cayéramos en la cuenta de la importancia
que tenía esta transmisión en la vida de la Iglesia. Ahora, que ese
proceso se ha alterado, comenzamos a echarlo de menos y valorarlo en
lo que le corresponde.
Preguntémonos, apelando a nuestra propia experiencia: ¿quién
nos ha enseñado a rezar? ¿cuándo y dónde y cómo hemos aprendido a
creer en Dios, a amar a Jesucristo, a invocar a la Virgen María? ¿quién
nos ha enseñado a distinguir el bien del mal? ¿dónde hemos ido
aprendiendo a vivir como cristianos? Una sencilla observación sobre
nuestra propia vida, por lo menos para los que tenemos ya una cierta
edad, nos hace caer en la cuenta de que la mayoría de nosotros hemos
nacido a la fe y a la vida cristiana gracias a la influencia de
nuestra familia. Ellos nos llevaron al bautismo y ellos se
encargaron de que creciera en nosotros personalmente la fe recibida.
Nuestros padres y abuelos, incluso nuestros hermanos, fueron
quienes realmente nos iniciaron en el conocimiento y en el ejercicio
de la vida cristiana.
En la mayoría de las familias cristianas, con la primera educación y
las primeras ayudas para despertar en nosotros la vida consciente, se
nos ofrecían las realidades de la fe, invitándonos a aceptarlas y
tenerlas en cuenta con plena naturalidad. De este modo hemos
recibido el anuncio y la presentación de las realidades divinas desde
el inicio de nuestra vida consciente, junto con las demás aperturas
hacia la realidad. Nunca recibimos una visión del mundo como algo
cerrado, a la cual tuviéramos que añadirle más tarde la presencia
de un Dios sobrevenido y casi postizo, sino que recibimos desde el
primer momento una visión del mundo ya iluminada y transformada por
la fe, en la que Dios estaba presente y actuante desde el
principio, el mundo era criatura de Dios, todos éramos criaturas de
Dios, Jesús estaba presente en nuestra vida, los hombres éramos
hermanos, la Iglesia ocupaba un lugar importante en la vida,
existía un código de comportamiento universalmente vigente y
aceptado que era de hecho el que provenía de la fe en Dios y en
Jesucristo.
En algunos momentos de nuestra historia, no excesivamente lejanos, hemos
criticado duramente el cristianismo sociológico. Es posible que
en aquellos momentos no tuviéramos suficientemente en cuenta el valor
de aquella transmisión pacífica y generalizada de la fe de generación
en generación. La honestidad con nosotros mismos nos tiene que llevar
a reconocer que este fenómeno producía cosas muy importantes
que entonces no valorábamos suficientemente y ahora echamos en
falta:
- por un lado la universalidad de la evangelización: todos los
niños recibían el bautismo y la mayoría de ellos recibían una
suficiente educación cristiana, con una
extensión que las instituciones públicas de la Iglesia, sin la
colaboración de las familias, no pueden conseguir.
- esta fe recibida en los primeros años de la vida alcanzaba una hondura
y una connaturalidad en las personas así evangelizadas que
sin esta influencia de la familia en los primeros años de la infancia
es muy difícil de conseguir.
- la transmisión familiar de la fe era el núcleo de la
educación, la más profunda justificación y motivación de las más
profundas actitudes vitales y de las normas más
fundamentales del propio comportamiento. De esta manera los padres no
se conformaban con dar la vida sino que lograban también dar a sus
hijos el sentido de la vida
Pues bien, es posible que una fe personal así nacida y crecida, en
tan estrecha familiaridad con el “universo cristiano", tenga
sus limitaciones, comienza siendo una fe infantil, poco
fundamentada intelectualmente, no expresamente afirmada en un acto
reflejo de libertad. Una fe que necesitará ser reafirmada
posteriormente, en la adolescencia, en la juventud, en la madurez y
quizás de nuevo en la vejez. La fe es un acto y un estado de la
persona que hay que ir renovando y readaptando en cada etapa de la
vida.
Pero a la vez, la fe así adquirida tiene unas características muy
positivas que difícilmente se pueden adquirir de otra manera. El
niño, en su relación con los padres y los hermanos, adquiere la
imagen de su universo dentro del cual está Dios, Jesús, la Virgen
María, el cielo y el infierno, el bien y el mal, la Iglesia y los
sacramentos. Todo eso forma parte del mundo original en el cual
situamos nuestra existencia. Y todo ello
queda avalado por el testimonio de los padres, participando de los
mismos sentimientos de confianza, cercanía, amabilidad que nuestros
padres nos inspiran. Dios, Jesús, los santos forman parte del mundo
familiar, constitutivo, de las capas más profundas de nuestra
conciencia que configuran nuestra más radical identidad personal y
nuestra manera de estar en la sociedad y en el mundo.
Así ha sido hasta ahora y así tendría que seguir siendo.
Los padres cristianos saben que son colaboradores de Dios en la
generación de sus hijos, colaboradores en la atención a sus
necesidades y especialmente colaboradores en la apertura de sus hijos
al mundo de la redención. Si ellos reciben a los hijos como don de
Dios ¿cómo podrían no enseñarles a conocer a su Padre del
cielo? Si ellos se aman con amor cristiano ¿cómo podrían no
darles a conocer al Cristo que es el origen del amor que le ha dado la
vida? Si ellos han recibido la consagración de la Iglesia ¿cómo
podrían no incorporar a sus hijos a la comunidad de los santos donde
ellos viven la fe y reciben el don del Espíritu de Dios, fuente del
amor y de la vida?
II
Volviendo
a nuestra reflexión sobre la misión evangelizadora de la familia tendremos
que preguntarnos ¿qué tenemos que hacer para volver a contar con unos
padres cristianos capaces de educar cristianamente a sus hijos? ¿cómo
promover en la práctica el nacimiento y crecimiento de familias cristianas?
La respuesta de Perogrullo es decir que necesitamos contar con
familias verdaderamente cristianas, cuya visión del matrimonio y cuyo
proyecto familiar sea verdaderamente cristiano. Pero el problema está
precisamente en esto
La gravedad de la situación.
Una cosa es cierta. La primera condición para la transmisión o la
difusión de la fe en la sociedad actual es la existencia de una comunidad
cristiana renovada, espiritualmente vigorosa, unida y consciente del tesoro
que posee y de la misión que le incumbe. Una Iglesia misionera tiene
que ser una Iglesia de santos. Esta es la conclusión evidente de un razonamiento
serio y responsable. Por eso, a la hora de pensar en la transmisión de
la fe y la cristianización de las nuevas generaciones, la primera condición
requerida es la conversión de la Iglesia, la conversión de los cristianos,
nuestra propia conversión. Y para llegar a la conversión, necesitamos
la gracia de reconocer nuestra debilidad, nuestro error, nuestro pecado.
Pienso que en las naciones de occidente el problema es tan grave, tan
agudo, que no basta con buscar recetas de índole pastoral o pedagógica.
Hay que descubrir las raíces de la situación que estamos viviendo y
recurrir a soluciones fundamentales. En nuestra Iglesia hay situaciones
gravemente anormales. Un número muy alto de los bautizados vive habitualmente
alejado de la Iglesia. Bastantes de quienes frecuentan la vida sacramental,
aunque sea con cierta irregularidad, no aceptan algunas enseñanzas de
la Iglesia en materia dogmática o moral, la vida espiritual, el vigor
religioso de nuestros cristianos deja mucho que desear. Sin acusar a nadie
concretamente, tenemos que reconocer que nuestras comunidades cristianas
no son comunidades muy fervorosas ni tienen tampoco una fuerte conciencia
apostólica. La vida de los cristianos está debilitada por las dudas
de fe, por faltas de unidad, por debilidad frente a los contagios de la
vida materialista y de la cultura anticristiana.
Por la fuerza de estos factores, con la complicidad de nuestros propios
errores, la secularización ha entrado dentro de la misma Iglesia, con
las apariencias y falsos prestigios de querer ser cristianos modernos
y dialogantes, que saben situarse y moverse en el mundo actual. Pero esto,
muchas veces, termina en aquello de “poner una vela a Dios y otra al
diablo”. Con frecuencia hemos aplicado tácticas pastorales equivocadas
que debilitan el testimonio de los cristianos y su poder convincente (diálogo
en igualdad, métodos concesionistas, lecturas seculares del evangelio
y de la vida cristiana, recortes doctrinales y morales). No hemos sabido
resistir la seducción de un aparente progresismo que lleva en el fondo
la añoranza de las antiguas concordancias entre sociedad e Iglesia y
valora más el beneplácito del mundo que la fidelidad al evangelio.
Estas tentaciones se ven con frecuencia apoyadas por los medios de
comunicación social y otras fuerzas difícilmente identificables que
quieren una Iglesia no disidente, una Iglesia “bien adaptada”, es
decir una Iglesia espiritualmente sometida, mundanizada, que deje de
ser fermento, sal, fuerza crítica, liberadora transformadora. Nos
critican cuando disentimos, nos alaban cuando coincidimos. Pero la
regla de la autenticidad cristiana no es el gusto de los poderosos,
sino la cruz y el amor de Cristo.
Paganos, agnósticos, ¿apóstatas?
Tratándose de países que han sido intensamente cristianos, como es
el caso de España, tenemos que tener en cuenta que nos movemos en una
situación sumamente confusa. Nuestra sociedad no es ingenuamente pagana.
En el origen de la paganía actual puede haber una explicable reacción
contra un pasado excesivamente controlado por la Iglesia, aunque la verdad
es que esa situación queda ya bastante lejana. A estas alturas de la
historia, lo que algunos rechazan es más creación literaria que realidad
conocida y vivida. El agnosticismo comienza siendo una rebeldía, pero
se ha conviertido en una moda y casi en una rutina. Ahora, lo más frecuente,
no es el rechazo explícito y razonado, sino el descuido, la dejadez,
la aceptación pasiva de las tendencias dominantes, de lo más fácil
y placentero.
No se trata tanto de negaciones formales como de abandonos prácticos,
encubiertos, más por la vía de la omisión que de la acción. Valoramos
tanto las cosas de este mundo, nos vemos tan absorbidos por las ocupaciones
o las aspiraciones inmediatas, que terminamos por ver las cosas de la
fe, la Iglesia, la vida cristiana y el mismo Dios, como realidades inoperantes,
sin ningún interés, realidades de otros tiempos que se van alejando
de nosotros, o nosotros de ellas, y terminan siendo irreales para nosotros.
A la fe débil sucede la indiferencia. Asusta pensar lo que será nuestra
sociedad dentro de 20 ó 30 años, cuando una segunda generación surja
y madure sin las conexiones que todavía tienen los jóvenes actuales
con muchas ideas y muchos valores cristianos.
Nuestra situación es parecida a la situación de los cristianos del
siglo II y III. Vivimos inmersos en una sociedad no cristiana, que trata
de asimilarnos culturalmente. La tendencia es la contraria a la que era
en tiempos de los Padres. Entonces la cultura pagana se desmoronaba ante
la pujanza de la Iglesia. La Iglesia fue fermento de nuevas instituciones
y nueva cultura. Ahora es la sociedad cristiana la que se desmorona y
las instituciones cristianas las que desaparecen frente al crecimiento
y la pujanza del laicismo. Si queremos cambias las cosas y ser capaces
de modificar la sociedad circundante en vez de ser digeridos por ella,
tendremos que ser más fuertes, más vigorosos espiritualmente, más efectivos
en la configuración de la vida.
Contra la pretensión de implantar una cultura secular, laica y laicista,
que haga vivir a los mismos cristianos en una sociedad sin Dios, tenemos
que afirmar que la evangelización no es completa hasta que los cristianos,
una vez convertidos, no lleguemos a crear y hacer vigente una visión
alternativa de la vida y de la cultura, en la que Dios ocupe su lugar,
en la que la fe en el Dios vivo y la esperanza de la vida eterna influyan
en el conjunto de los valores, criterios morales y modelos de vida que
configuran la existencia humana por dentro y por fuera. Algo de esto irá
siendo verdad a medida que haya familias cristianas que se reúnan, que
creen ambientes, actividades, modelos e instituciones sociales donde la
presencia de Dios por Cristo y la vigencia del evangelio sean un hecho
real y práctico.
¿Un programa nuevo? Fe, santidad, el programa de siempre.
Con frecuencia, hablando de evangelización, complicamos demasiado
las cosas, buscamos demasiados requisitos previos, revisiones,
programaciones, formulaciones. Tengo la impresión de que a veces la
abundancia de lo accidental nos oculta la necesidad de lo que es
verdaderamente decisivo. Cuando sus discípulos le preguntaron al Señor
qué tenían que hacer para participar en las obras de Dios, su
respuesta fue directamente a lo fundamental. “La obra de Dios es que
vosotros creáis en Aquel que El ha enviado” (Jn 6, 28-29). El
programa no hay que inventarlo. El camino de la regeneración y de la
salvación está trazado por Dios. El programa es Cristo. Todo se
centra en la presentación concreta, realista, vigorosa de Cristo. A
Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe. Y no por
cualquier fe, sino por la fe de Pedro, en comunión con la Iglesia
mediadora, esa es la única fe que nos permite llegar al corazón del
misterio.
La primera condición para la transmisión o la difusión de la fe
en la sociedad actual es la existencia de una Iglesia renovada,
espiritualmente vigorosa, unida y consciente del tesoro que posee y de
la misión que le incumbe. Una Iglesia de santos y de testigos.
Necesitamos recuperar el vigor espiritual de la Iglesia mediante la
conversión. Necesitamos poner en pie unas comunidades cristianas,
unas familias cristianas verdaderamente entusiasmadas con Cristo,
conscientes de su significación como Hijo de Dios encarnado para
salvar la humanidad entera, felices por haber conocido a cristo,
verdaderamente arraigadas y centradas en El, conscientes de su
responsabilidad y de sus posibilidades como testigos de cristo y
portadores de una palabra de salvación que se mantiene joven y
eficaz.
Se impone lo que yo llamaría pastoral de la autenticidad.
Anunciemos el evangelio en su integridad, busquemos ante todo la
conversión a Jesucristo por medio de la fe, fomentemos la aspiración
sincera y realista a la santidad y a la perfección cristiana, seamos
capaces de presentar ante el mundo con fuerza la llamada de una
alternativa real de vida de los cristianos. Este tiene que ser el
punto de partida para una verdadera acción evangelizadora capaz de
producir una verdadera replantatio Ecclesiae.
La unidad entre nosotros
Mirando nuestra situación concreta es indispensable llamar la atención
sobre la necesidad de la unidad. No puede haber vigor espiritual, personal
ni comunitario, sino en la unidad. Tenemos que superar la tentación del
fraccionamiento y del aislamiento. La tentación del clericalismo y de
los personalismos. Si las divisiones históricas entre cristianos han
sido y siguen siendo un gran inconveniente para la misión es evidente
que la actual división entre católicos, el disentimiento habitual, el
olvido y menosprecio del magisterio del Papa y de los Obispos, las faltas
graves de disciplina en las celebraciones litúrgicas, la desafección
diocesana que se manifiesta en muchos detalles, son un inconveniente muy
fuerte para desarrollar una acción pastoral eficaz, con verdadero vigor
apostólico y misionero. Entre nosotros hay demasiados grupos, demasiada
incomunicación, demasiadas críticas, demasiada facilidad para despreciar
lo que “viene de arriba”, fiándonos más de las iniciativas personales,
grupales, parroquiales, incluso aunque discrepen seriamente, en objetivos,
prioridades, materiales y espirituales, de lo que “los de arriba”
han dispuesto, en comunión con el Obispo, con el Papa, con la Iglesia,
en definitiva con Cristo. Falta conciencia de esa imprescindible unidad
en lo sustancial, con Cristo, cabeza de la Iglesia, para lograr esa conciencia
de conjunto, valoración de los demás, mística de la unidad y la comunión.
Las Asociaciones y Movimientos tienen que sentirse llamados a colaborar
en esta renovación espiritual, comunitaria y apostólica de las Parroquias.
Más aún, hay que tener en cuenta que la comunidad eclesial no es propiamente
la Parroquia, sino la Iglesia particular. Promover grupos de cristianos
que caminen hacia la perfección cristiana, con los medios de santificación
que tiene la Iglesia, sacramentos, oración personal, penitencia, obras
de misericordia y apostolado, discernimiento y dirección espiritual.
Contar con ellos, apoyarnos en ellos. En las parroquias tiene que abrirse
camino una aceptación sincera y agradecida de la realidad de los movimientos
como un don del Espíritu a la Iglesia, pero al mismo tiempo los movimientos
tienen que sentirse y vivir de verdad su condición eclesial, metidos
en la carne real de nuestras Iglesias y parroquias, superando la tentación
de cerrarse sobre sí mismos, a la vez que las comunidades parroquiales
reciben dentro de ellas a los miembros de grupos, asociaciones y movimientos,
asiilando como patrimonio común lo que el Espíritu despierta y suscita
como inicial vivencia de unos pocos.
Una consideración más: creo que no se puede entender la necesidad
de la comunidad demasiado geográficamente. Siempre es necesaria la
comunidad, pero no necesariamente donde se realiza la evangelización.
Cuando un grupo de misioneros llegan a un país para anunciar la fe no
cuentan con la presencia de una comunidad precedente. Sí cuentan con
su comunidad de origen, pero en el nuevo país, la comunidad será el
fruto de sus desvelos y su trabajo misionero. Este recuerdo nos puede
valer. Para comenzar a desarrollar una pastoral de evangelización no
hace falta tener por delante una parroquia renovada, basta que un
grupo pequeño se decida a vivir en actitud de evangelización, en
tensión espiritual y acción misionera. Una parroquia es un
catecumenado, una pila bautismal, un altar y un confesionario.
Centrarnos en lo central
En toda esta labor no podemos olvidar la necesidad de centrarnos en
aquellas cuestiones que fundamentan y favorecen el surgimiento de la
fe, que consolidan la fe de los cristianos dubitantes, que avivan el
dinamismo espiritual y apostólico de los cristianos. Así señalo por
ejemplo:
- ayudar a descubrir la finitud, la condición de creatura, la
importancia y necesidad de Dios para una existencia personal, libre,
verdaderamente humana.
- fundamentar en la realidad histórica de Cristo, muerto y resucitado
por Dios, el fundamento de la fe personal de cada uno: si Jesús es
parte de nuestra historia, qué hacemos con El, como lo incorporamos a
nuestra experiencia humana.
- recuperar la primacía de los aspectos estrictamente religiosos de
la vida, adoración, confianza, obediencia, esperanza teologal. No
quedarnos en las utilidades mundanas de la religión. Crees es un modo
de ser, antes que raíz de un modo determinado de obras y camino para
conseguir algunos bienes concretos.
- presentar con claridad el momento definitivo del juicio de Dios, la
necesidad y primacía de su salvación, prevista, aceptada, vivida
como punto de apoyo, criterio y fuerza decisiva para la vida presente.
Reencontrar a quienes se apartaron
Teniendo en cuenta la condición de muchos de nuestros fieles,
alejados y fríos, pero no enteramente desvinculados de la Iglesia es
muy importante aprovechar los encuentros ocasionales que tenemos con
ellos en verdaderos acontecimientos de evangelización. En concreto
deberíamos estudiar el modo de convertir los encuentros de
“conveniencias sacramentales” en verdaderas ocasiones de anuncio,
de invitación, de renovación de fe y de vida de nuestras familias.
Hay que intentar que estos encuentros no sean esporádicos y
pasajeros, sino que se conviertan en el inicio de una relación nueva,
el arranque de un proceso nuevo de maduración espiritual.
Necesitamos también buscar y promover oportunidades para
establecer contactos con las personas que no vienen a la Iglesia, con
las que no creen, por medio de encuentros, acercamientos,
convocatorias, visitantes de enfermos, diferentes obras de
misericordia, presencia habitual en los medios de comunicación, en
los foros de diálogo y debate, que nos permitan llegar a descubrir y
anunciar el significado actual del evangelio, de la persona de Cristo,
publicaciones y otros medios de comunicación mediante los cuales se
superen las fronteras habituales y se produzcan nuevos acercamientos,
se creen encuentros personales con personas nuevas, que permitan
anunciarles la revelación de Dios en sus contenidos básicos y
fundamentales.
Hay que evitar ciertas actitudes muy frecuentes entre nosotros que
resultan incompatibles con una actividades verdaderamente
evangelizadora. Evitar las condenas, las actitudes impositivas. Y
evitar también las condescendencias que suponen indiferencia y falta
de confianza en nosotros mismos. El testigo tiene que irradiar
seguridad, paz, afecto, solicitud, respeto, ofrecimiento de algo
importante. Todo esto con humildad, con realismo, con paciencia, con
perseverancia y con unidad.