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No
obstante, si bien una mentalidad cerrada a la trascendencia
puede sucumbir al espejismo de la muerte dulce, en la cultura
contemporánea no faltan mecanismos de defensa, fuertemente
anclados en la sensatez, que se oponen eficazmente a la tentación
de la eutanasia.
Veamos
estos mecanismos en concreto:
1)
La repugnancia a que el médico pueda desempeñar un papel
activo y deliberado en el asesinato de cualquier paciente.
Se
trata de una actitud heredada de la tradición hipocrática. El
médico es la persona en quien se confía justo en el momento en
que la enfermedad y el sufrimiento minan las fuerzas
espirituales y corporales y ponen en peligro la vida. A un médico
no se le pide que juzgue, ni que decida quién debe vivir y quién
debe morir; la confianza que el enfermo le concede se basa en el
presupuesto tanto de su profesionalidad como de la inequívoca
actitud pro vita que debe adoptar. Si se generalizara la
carencia de estas dos cosas, el daño en la relación médico-paciente
sería incalculable. La cuestión, como se ve, es muy grave, y
por este motivo la Asociación Médica Mundial se ha pronunciado
categóricamente en dos ocasiones estos últimos años contra
toda forma de eutanasia, también contra la solución adoptada
en Holanda (Declaraciones de Madrid, octubre de 1987, y de
Marbella, octubre de 1992).
2)
El temor a los abusos, es decir, el miedo a entrar en una
pendiente resbaladiza de la que ya no se puede salir.
Todos
experimentamos espanto y compasión ante el deseo de morir que
formula una persona como nosotros, e incluso llegamos a
comprender su decisión; pero la indulgencia no puede prescindir
de consideraciones que no carecen de importancia, como el temor
a haber entendido mal, la sospecha de encontrarse ante una mente
enferma, el riesgo de ocasionar un daño irreparable, etc. Estos
aspectos son demasiado reales para podernos considerar
autorizados a satisfacer semejante deseo.
Hay
que añadir también que los abusos no son una eventualidad
remota. Basta pensar en el programa de los profesores K. Binding
y A. Hoche, dirigido a eliminar las vidas consideradas indignas
de vivir (Die Freigabe der Vernichtung Lebenunswerten Leben
[cf. R.J. LIFTON, The Nazi Doctors (Basic Books, New York
1986)]) y llevado a la práctica por el régimen nazi más allá
de toda previsión, o la propuesta del doctor Brody de hace
pocos años sobre el suicidio asistido (H. BRODY, "Assisted
Death. A Compassionate Response to a Medical Failure": New England
Journal of Medicine, (1992) 327, 1384-138), o los no raros
episodios que de vez en cuando aparecen en los medios de
comunicación social.
3)
Las convicciones religiosas.
La
idea que un creyente recibe de los convencimientos religiosos
propios sobre el origen y el destino del hombre le lleva a
reaccionar con inquietud, y no sólo ante la perspectiva de los
abusos introducidos de contrabando por la muerte dulce. La
llegada y la partida de esta tierra de los hijos de Adán son
acontecimientos demasiado importantes y misteriosos para que
cualquier autoridad humana pueda entrometerse. Nadie elige
nacer, y nadie puede evitar su muerte. El creyente recibe con un
sentido de seguridad y de alivio la persuasión de que sólo el
Creador de la vida es el Señor que domina la muerte
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