La
familia es una respuesta antropológica
Max
Silva Abbott
msilva@ucsc.cl
El
autor es Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho en la
Universidad Católica de la Ssma. Concepción, en Chile
Recientemente
ha concluido el VI Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en
ciudad de México.
A
decir verdad, actualmente existe una completa oposición entre la
importancia objetiva de la familia y la actitud que ha ido gestándose a
su respecto por parte de las políticas públicas y diversos modos de
pensar y de sentir en los últimos 40 años. Dicho de otro modo: hoy
asistimos a una avalancha de situaciones que la están debilitando
notablemente, sin darnos cuenta que esto equivale a tirar piedras sobre
nuestro propio tejado.
De
hecho, aun cuando ha sido repetido infinito número de veces, la familia
es una institución fundamental e irreemplazable para cualquier
sociedad, de toda época y lugar. Y la razón es simple: obedece a
nuestra antropología.
En
efecto, como seres humanos que somos, nuestra propia forma de ser nos
revela sin mucha dificultad, como dice Spaemann, que somos
“engendrados, no hechos”. Lo anterior significa, aunque sea de
perogrullo, que para que comencemos a existir (desde la fecundación, se
entiende), requerimos ser concebidos por otros seres humanos, puesto que
nadie puede dar lo que no tiene, el efecto no puede ser desproporcionado
a su causa.
Pero
además, para lo anterior es indispensable la complementación de un
hombre y de una mujer. Ahora, si seguimos con este simple ejercicio
mental, también parece evidente que la tarea no acaba con engendrar a
los hijos, sino que en cierta medida, ello es sólo el comienzo: se
requieren años –y a decir verdad, décadas– para que esos hijos
crezcan, maduren y se desarrollen, precisamente porque son seres vivos,
no artefactos o máquinas. Mas para lo anterior son indispensables sus
padres, ambos, hombre y mujer, cada uno aportando desde su particular
perspectiva, de manera conjunta y complementaria.
Este
y no otro es el fundamento natural y evidente, para quien quiera verlo,
del matrimonio y de la familia como instituciones naturales, no
inventadas, lo que explica su carácter universal. Y no es para menos,
puesto que aquí está en juego, literalmente, el futuro de cualquier
sociedad, que requiere del recambio generacional: contar con nuevos
miembros, mínimamente formados. Por eso, como se trata de una tarea de
largo aliento y esencial para el todo social, necesita y exige una mínima
protección jurídica y política por parte del Estado y ser valorada
como corresponde por la sociedad civil.
Por
eso la actual situación es absurda y peligrosa: porque se nos inculcan
ideales de vida tremendamente individualistas, pretendiendo que nuestras
sociedades se agotan únicamente en el presente, y considerando además,
a la familia como algo prescindible, moldeable a nuestro antojo o
incluso como la fuente de todos los males. ¿Estaremos en lo correcto?
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