La
fe que cimentó e impulsó la cultura occidental (II)
Hombres,
nombres y hechos
Jorge
Enrique Mújica
jem@arcol.org
El
nacimiento de la universidad bajo la protección e impulso del Papado,
la contribución técnica, muchas veces sencilla, pero hondamente
enriquecedora de varias órdenes religiosas y monasterios, así como el
ambiente académico sostenido y estimulado por numerosos intelectuales
católicos cuya fe complementó perfectamente la razón, fueron caldos
de cultivo donde la ciencia, contrariamente a lo que muchos suponen, fue
secundada a lo largo de los siglos.
Quizá
una de las formas más claras de evidenciar la contribución del genio
católico, sea el de traer a colación el nombre de tantos hombres de
ciencia que la impulsaron.
Profesor
de la universidad de Oxford en el siglo XIII y admirado por sus
contribuciones en matemáticas y óptica, al franciscano Roger Bacon se
le considera el precursor del método científico moderno. Otro
sacerdote, aunque éste danés y converso del luteranismo, Nicolaus
Steno (Niels Stensen en danés, 1638-1686), estableció la mayoría
de los principios de la geología actual al grado de ser llamado, en
ciertos ámbitos, padre de la estratigrafía y de cristalografía.
Aunada a su labor científica, Steno también fue un modelo de santidad.
Por este motivo Juan Pablo II lo beatificó en 1988.
Fue
también un monje quien “inventó” la comunidad científica. Marin
Mersenne (1558-1648) estudió en el colegio jesuita de La Flêche
y fue compañero de René Descartes con quien mantuvo después una
copiosa correspondencia epistolar. Tras su paso por La Flêche,
la Sorbona y el Collage de France, Mesenne abrazó la vida
religiosa ingresando en la orden de los mínimos fundada por san
Francisco de Paula. Fue ahí donde desarrolló su fecundo apostolado de
oración y ciencia realizando valiosas aportaciones al enunciar leyes
pendulares y oscilatorias que siguen vigentes en la actualidad. Fue
Mersenne quien desarrolló importantes investigaciones sobre la
propagación del sonido y la introducción de los “números primos de
Mersenne”, tan importantes en matemáticas. También se considera
valiosa su contribución como musicólogo.
En
torno a su celda del convento situado a mitad de París, se aglutinaron
Roberval, Descartes, Pascal y Gassendi, hombres de ciencia dispuestos a
compartir sus conocimientos al servicio de la verdad en una época histórica
donde no eran tan común la conciencia del transmitir el saber. La
materialización del sueño que congregaba a sabios de aquella época se
llamó inicialmente Academia Mersenne y luego Academia Parisiense. Más
tarde, tomando la idea de Mersenne, nacería la Academia de las Ciencias
de Francia (1666) y la Royal Society de Londres.
Nacido
el 1401 en la ciudad alemana de Krebs (Cusa en latín), el cardenal
Nicolás de Cusa sostuvo antes que Copérnico que la tierra no era el
centro del universo, basándose en la observación de eclipses, y afirmó
el movimiento de los planetas y estrellas, además de influir en otros
sabios como Leonardo Da Vinci y Giordano Bruno. En De docta
ignorantia expuso una epistemología y teología distintas a las
enseñadas hasta entonces propugnando, a partir de la idea de que el
mundo es una imagen de Dios uno y trino, la infinitud del espacio que, más
tarde, René Descartes propondrá con la idea de un espacio-tiempo
infinito. A Nicolás de Cusa debemos perfeccionamiento en el sistema de
medición de relojes y balanzas y la creación del barómetro. Hombre de
confianza de papas como Nicolás V, Eugenio IV y Pío II, fue también
obispo de profunda vida eclesial.
Pero
quizá la congregación religiosa católica que más aportaciones
estrictamente científicas haya dado a la humanidad, sea la de los
jesuitas. No sin razón, Jonathan Wright recuerda en su libro Los
jesuitas: una historia de “soldados de Dios” (Debate,
Barcelona, 2005) que “científicos tan influyentes como Fermat,
Huygens, Leibniz y Newton no fueron los únicos para quienes los
jesuitas figuraban entre sus más valiosos corresponsales” (Cf. p.
189).
Fue
un hijo de san Ignacio, el padre Christóforo Scheiner, quien descubrió
las manchas solares en enero de 1612 (Galileo las descubrió en marzo
del mismo año) y quien fabricó el primer telescopio terrestre, además
de los interesantes estudios sobre el ojo, la retina y la luz, recogidos
luego en la obra Oculus. El padre Atanasius Kirchner, conocido
también como el creador de la geología moderna, defendió que las
enfermedades eran causadas por micro-organismos, mucho antes que el
también católico y padre de la microbiología, Luis Pasteur
(1822-1895), lo hiciera e inventara la vacuna contra la rabia. Físico,
matemático, filósofo, poeta y diplomático, el padre Rudjer Joseph
Boscovich es el precursor de la teoría atómica e incluso de la misma
teoría de la relatividad. No por nada sir Harold Hartley, de la Royal
Society, le calificó en pleno siglo XX como “uno de los más grandes
intelectuales de todos los tiempos”.
El
historiador de las matemáticas, Charles Bossut, incluyó a 16 jesuitas
entre los primeros 303 matemáticos más eminentes, del siglo X antes de
Cristo al siglo XIX después de Cristo. En el siglo XIX los jesuitas
construyeron importantes observatorios astronómicos, geomagnéticos y
de medición sísmica en América central y del sur, proporcionando
avances notorios en estas disciplinas a nivel regional. De hecho, fue un
jesuita, el padre Frederick Louis Odenbach, quien planteó en 1908 la
idea de lo que luego convertiría en el Servicio Sismológico Jesuita y
que actualmente lleva el nombre de Asociación Sismológica Jesuita.
Pero sin duda el más famosos sismólogo de la Compañía de Jesús es
el padre J.B. Macelwane, S.J., quien con su Introduction to
Theoretichal Seismology ofreció a todo el continente americano, en
1936, el primer libro de texto sobre sismología. El padre Macelwane fue
presidente de la American Geophysical Union y de la Seismological
Society of America. La primera concede desde 1962 una medalla en
honor del religioso a los geofísicos más jóvenes.
Pero
no es todo. Treinta y cinco cráteres lunares recibieron su nombre de
miembros de la Compañía de Jesús mientras que otro sacerdote, Nicolas
Zucchi, es quien inventó el telescopio reflectante. En China, India, África
y Latinoamérica, fueron los jesuitas quienes aportaron sus
conocimientos para la creación de una infraestructura que mejoró la
condición de vida de los nativos.
La
economía no ha estado exenta del enriquecimiento que la fe católica le
ha brindado. En History of Economic Analysis (Oxford
University Press, Nueva York, 1954), el reconocido economista Joseph
Schumpter dice, refiriéndose a los escolásticos católicos de la Edad
Media, que fueron ellos “quienes merecen más que nadie el título
de “fundadores de la economía científica” (Cf. p. 97).
El
franciscano Pierre de Jean Olivi (1248-1298) postuló una teoría del
valor basada en la utilidad subjetiva y, siglos más tarde, otro fraile,
san Bernardino de Siena, tomó prácticamente los postulados de Jean de
Olivi. Años después confluyeron en la misma posición grandes
pensadores católicos como los jesuitas Juan de Lugo (1583-1660) y Luis
de Molina (1535-1600). A otro religioso, aunque éste abad, Ferdinando
Galiani, se le considera como el creador de las ideas de abundancia y
escacés como factores que determinan el precio.
Jean
Buridan (1300-1358) destacó en pleno siglo XIV por su contribución
sobre la teoría del dinero. Rector de la universidad de París, Buridan
explicó cómo el dinero no había emanado de un decreto del gobierno
sino de un proceso de intercambio libre simplificado notablemente
precisamente en la moneda. Jean Buridan fue el iniciador de los
“manuales” de dinero y banca (hasta que el oro dejó de ser el patrón
hacia 1930). Pero Buridan dejó escuela. Nicolás Oresme, su discípulo,
escribió un tratado sobre el origen, la naturaleza, las leyes y las
alteraciones del dinero que le valió el título de “padre de la
economía monetaria”.
En
el campo de la teoría económica es loable el trabajo y contribución
de Thomas de Vio (1468-1534), mejor conocido como el Cardenal Cayetano.
De él escribió Murray N. Rothbard en su Economist Thougth Before
Adam Smith: puede considerarse al Cardenal Cayetano, un príncipe de
la Iglesia del siglo XVI, como el fundador de la teoría de las
expectativas económicas” (Cf. p. 100-101). ¿En qué consistían
esas expectativas? Thomas Woods nos los explica: “el valor del dinero
en el presente podía verse afectado por las expectativas de mercado en
el futuro. Así, el valor del dinero en un momento dado puede verse
afectado cuando se prevén acontecimientos perturbadores y nocivos,
desde una mala cosecha hasta una guerra, o cuando se esperan variaciones
en las reservas monetarias” (Cf. Cómo la Iglesia construyó la
civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2007, p. 198).
Ciertamente
no todo mundo fue sacerdote católico ni perteneció a una orden o
congregación religiosa. Ha habido y siguen habiendo laicos cuya fe les
ha dado el impulso para expresar mejor su pensamiento o plasmar mejor su
arte. En su obra Civilización (Alianza Editorial, Madrid,
1979), Kenneth Clark nos dice respecto a las grandes obras y autores
del Renacimiento: “Guercino dedicaba muchas mañanas a la oración;
Bernini realizaba frecuentes retiros y practicaba los Ejercicios
Espirituales de san Ignacio; Rubens iba a Misa todos los días antes de
comenzar su trabajo. Esta conformidad no obedecía al miedo a la
Inquisición, sino a la sencilla creencia de que la vida de los hombres
debía regirse por la fe que inspiraba a los grandes santos de la
generación precedente”.
Así,
por ejemplo, a un eminente católico francés del siglo pasado debemos
el descubrimiento de los cromosomas que causan el síndrome de Down, Jerónimo
Lejeune. Es también a tres hombres de política, Robert Schuman
(1886-1963), Alcide de Gasperi (1881-1954, fundador del partido de la
Democracia Cristiana en Italia) y Konrad Adenauer (1876-1967,
primer canciller federal de la República Federal de Alemania y miembro
del partido católico del Centro, Zentrumspartei), a
quienes debemos sobremanera la gestación de la actual Unión Europea.
Pero
ni las universidades, ni la preservación del acervo greco-latino, ni
las enseñanzas académicas, el impulso y la contribución científica
han sido lo más decisivo que ha aportado el cristianismo ya no solo a
la cultura occidental. De hecho, hay que remontarse a los primeros
siglos de nuestra era, a la epístola de san Pablo a los gálatas (capítulo
3, versículo 28) para entender y sopesar la valía de la novedad que
Cristo aportó al mundo en temas específicos como el derecho
internacional, los derechos humanos, la caridad cristiana y la educación.■
|