La
fe que construyó y cimentó la cultura occidental (y III)
Caridad
que transforma Jorge
Enrique Mújica Ni
las universidades, ni la preservación del acervo greco-latino, ni las
enseñanzas académicas, ni el impulso y la contribución científica
han sido lo más decisivo que ha aportado el cristianismo a la cultura
occidental. De hecho, hay que remontarse a los primeros siglos de
nuestra era, a la epístola neo testamentaria de san Pablo a los gálatas,
para entender y sopesar la valía de la novedad que Cristo aportó al
mundo en temas específicos como los derechos humanos, el derecho
internacional, la educación y la caridad. La
primera carta magna de los derechos humanos no se remonta al 10 de
diciembre de 1948, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas
aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Fue
san Pablo quien en el versículo 28 del capítulo III de su carta a los
gálatas recordó que “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni
libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.
Corría el primer cuarto del siglo I de nuestra era. Comenzaba así la
revolución cristiana de la igualdad de derechos y obligaciones para
todos. Los
griegos y los romanos no conocieron la dignidad de la persona. Son bien
conocidas las prácticas de selección humana que aplicaban estos
pueblos a los neonatos, la condición de la mujer en un Estado donde no
tenía voz ni voto y las situaciones de esclavitud que el cristianismo
reprobaba. Como afirma Giovanni Reale, “el concepto de persona es un
concepto que los griegos, pese a la nobleza de la noción de psyche
(que también iba en esa misma dirección), no poseían; en cuanto al
cuerpo, tenían de él un concepto negativo” (Cf. Raíces
culturales y espirituales de Europa, Herder, Barcelona 2005, p. 97). La
palabra persona deriva de la máscara del actor (persona, etimológicamente,
viene del latín personare, resonar) que identificaba el papel
que le tocaba desempeñar en escena. Los estoicos tardíos aplicaron el
término al hombre, personaje movido por el destino, mientras que el
derecho romano llamaba persona al sujeto de derechos, en oposición al
esclavo y a las cosas. Pero
el sentido filosófico de persona, con sus consiguientes implicaciones
en la vida de la sociedad, proviene propiamente de las discusiones teológicas
trinitarias y cristológicas del cristianismo primitivo, que debían
precisar en qué sentido hay un sólo Dios en tres sujetos distintos o
en qué sentido puede decirse que Dios se ha encarnado. Como
recuerdan Cortés y Martínez Riu: “Al concepto latino de persona y
griego de prósopon, se añade el de hypóstasis o sujeto
subsistente en una naturaleza. El concilio de Nicea (325) sostuvo que en
Cristo hay dos naturalezas (humana y divina) pero una sola persona
divina subsistente, y en la Trinidad, una sola naturaleza (divina) y
tres personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo). El término griego de hipóstasis
(sustrato, subsistencia o supuesto) se tradujo al latín por suppositum,
pero los latinos continuaron aplicando el término persona, dado que suppositum
significaba tanto «subsistencia», esto es, sujeto, como «esencia»,
esto es, naturaleza, indefinición o ambigüedad que llevaba a herejías.
Boecio, introductor de términos filosóficos y teológicos al latín de
la Escolástica, formuló la primera definición formal de persona: «Persona
es la sustancia individual de naturaleza racional». A esta definición
se añade otra igualmente clásica, de Ricardo de Saint Victor: intellectualis
naturae incommunicabilis existentia [existencia incomunicable de
naturaleza intelectual] (De Trinitate, IV, 22, 24). Ambas
definiciones destacan principalmente, junto con la naturaleza racional,
el carácter de individuo y la autonomía de aquello que llamamos
persona” (Cf. J. Cortés- A. Martínez Riu, “Persona”, en
Herder ed., Diccionario de filosofía en CD-ROM, Barcelona). Sería
éste el bagaje con el que siglos más tarde el conocido filósofo alemán
Emmanuel Kant desarrollaría su noción de “persona”, insistiendo en
su autonomía, su libertad, su dignidad y su pertenencia al “reino de
los fines”, donde cada ser racional es siempre sujeto y nunca objeto
de fines. Es
a un fraile católico español, al sacerdote dominico Francisco de
Vitoria (1486-1546), a quien debemos las bases del Derecho
Internacional. En su lección De Indis abordó el asunto de los
derechos de la corona española, en la conquista de América, y los
derechos de los nativos. Como recuerda Carl Watner, Vitoria “defendió
la doctrina de que todos los hombres son libres, y, sobre la base del
estado de libertad natural, proclamaron su derecho a la vida, a la
cultura y a la propiedad” (Cf. All Mankind Is One: The Libertarian
Tradition in Sixteenth Century Spain, Journal of Libertarian Studies, 8,
verano, 1987, pp 295-296). Otra de las contribuciones que debemos al
“padre del Derecho Internacional”, aunque quizá más estrictamente
hemos de atribuirla a Tomás de Aquino (1225-1274), es la costumbre de
hacer tomar apuntes a los estudiantes universitarios a quienes impartía
clases. Fray
Bartolomé de las Casa, también dominico español, y quien llegó
incluso a obispo de Chiapas, México, fue un gran defensor de los
derechos indígenas al grado de ser considerado universalmente como uno
de los precursores, en la teoría y en la práctica, de los derechos
humanos. El código moral que emanaba de su arraigada fe católica le
llevó a dignificar la vida de los nativos chiapanecos. Pero
para entender la caridad cristiana, que no surgió de la nada, hemos de
remontarnos a las enseñanzas de Jesucristo mismo. En el capítulo 13,
versículos 34 y 35, el evangelista san Juan recoge las siguientes
palabras de su Maestro Jesús: “Un nuevo mandamiento os doy: que os améis
los unos a los otros como yo os he amado. Así todos sabrán que sois
mis discípulos”. Y en la carta de san Pablo a los romanos (Cf. capítulo
12, versículos14 al 20; o también en Gal 6, 10) el apóstol de los
gentiles explica que aquellos que no pertenecen a la comunidad
cristiana, también se les debe la caridad, aun si son enemigos de la
fe. Fue
la caridad cristiana la que sorprendió al Emperador Juliano el Apóstata
quien en una de sus cartas reconoce: “Mientras que los sacerdotes
paganos desprecian a los pobres, los odiados galileos [es decir, los
cristianos, ndr] se entregan a obras de caridad y, en un alarde
de falsa compasión, establecen y cometen los más perniciosos errores.
Ved sus banquetes de amor y sus mesas dispuestas para los indigentes.
Esta práctica es común entre ellos y provoca desprecio hacia nuestros
dioses” (Cf. Cajetan Baluffi, The Charity of the Church, Gill and
Son, Dublín, 1885, p. 16). “Con
el paso de los años y de la difusión progresiva de la Iglesia
–escribe Benedicto XVI en la Encíclica Deus Caritas est–
el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos
esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio
de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los
presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su
esencia tanto en el servicio de los Sacramentos y el anuncio del
Evangelio” (Cf. n. 22). Son
muchos los historiadores que han puesto en duda la existencia de
hospitales en la Grecia y Roma antiguas. En Charity and Charities
(Cf. Catholic Enciclopedia, 2ª ed., 1913) John A. Ryan recuerda
que existen casos documentados de que la Iglesia en el siglo IV
patrocinó hospitales a gran escala en buena parte de Europa. De hecho,
muchos monasterios, especialmente los benedictinos, se convirtieron en
dispensarios médicos. Pero
de una manera más institucional, es quizá a la actual Orden de Malta
(sobre la historia de la Orden, véase nuestro artículo en el siguiente
enlace)
a quien debemos la propagación de los hospitales. Conocida también
como Orden Hospitalaria de san Juan de Jerusalén, los hospitalarios
dieron amparo y medicina a los peregrinos que iban a Jerusalén durante
las Cruzadas. En
el siglo XII los hospicios-hospitales iniciaron el proceso de
transformación especializándose en el tratamiento de enfermedades
específicas (posibilitado a su vez por las investigaciones del
momento). Para el siglo XIII, los hospitalarios contaban con cerca de 20
hospicios y leproserías. Si
bien no fue la única congregación (ahí están también los
lasallistas, los maristas, los salesianos y tantos otros), los jesuitas
respondieron como nadie más lo había hecho hasta entonces a una
necesidad acuciante en pleno siglo XVI: la educación. A pocos años de
su fundación, establecieron una red educativa que se amplió en
relativamente corto tiempo a toda Europa, luego pasó a América y, más
recientemente en la línea del tiempo, llegó al resto del mundo. Hoy
por hoy, las instituciones de enseñanza básica, media y superior
jesuita, la inmensa mayoría fieles al Magisterio católico, son las más
numerosas alrededor del mundo. “El
uso del término "solidaridad" fue conceptualmente
desarrollado inicialmente por Lerou en el ámbito del socialismo
originario. Fue concebido como un concepto laico opuesto a la idea
cristiana del amor-caridad. En ese contexto, la solidaridad fue pensada
como una nueva respuesta, efectiva y racional, a los problemas sociales. »Carlos
Marx lanzó la idea de que había llegado el momento de dar una solución
práctica a la pobreza en el mundo. Según él, el cristianismo había
tenido milenio y medio para mostrar su eficacia, y no la había logrado.
Era hora de recorrer otros caminos. »Así,
el socialismo se presentó como solidaridad, como una forma del todo
original y a-religiosa por la que la igualdad entre todos los hombres,
la paz y el final de la pobreza, serían logradas. ¿Sucedió
efectivamente así? Hoy conocemos la tristeza y la desolación que una
teoría sin Dios y una praxis atea dejaron en los países que abrazaron
o a los que se les impuso el socialismo marxista. »¿Qué
falló? ¿Efectivamente el cristianismo había sucumbido y se había
mostrado ineficaz? No cabe duda que el discurso socialista plasmado en
el concepto de solidaridad en su forma parecía justo. Sin embargo,
carecía de una base y de una visión más amplia del hombre mismo. Marx
“indicó cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos
dijo cómo se debería proceder después. Suponía […] que […] con
la socialización de los medios de producción, se establecería la
Nueva Jerusalén. En efecto, por fin el hombre y el mundo habrían visto
claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo
por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían
lo mejor unos para otros” (Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi n. 21).
»En
este campo, el error del marxismo estribó en el olvido de que “el
hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su
libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para
el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría
solucionado. Su verdadero error es el materialismo” (Cf. Benedicto
XVI Spe Salvi n. 21). »Esa
base que le faltaba al concepto de solidaridad estaba ya en la idea
cristiana de amor-caridad. Fue precisamente por este motivo que la
solidaridad pudo ser acogida dentro del catolicismo y mostrarse como una
consecuencia de esa caridad que es médula de toda la fe cristiana. Fue
así que la solidaridad fue bautizada. »El
amor o caridad cristiana, más que ineficacia, había puesto de
manifiesto la necesidad y urgencia de ser comprendida correctamente y
asumir con responsabilidad sus implicaciones. La caridad ya llevaba implícito
el efecto de “dar” sobre el que giraba la solidaridad. Pero el
“dar” cristiano de la caridad no se vinculaba exclusivamente al
aspecto material, lo comprendía pero partía y tendía a otro más
necesario y de acuerdo a la naturaleza del hombre, el espiritual. »Desde
el momento en que la solidaridad entró a formar parte del discurso
cristiano, su significación se enriqueció al ampliarse. Ahora,
“solidaridad significa que uno se hace responsable de los otros, el
sano del enfermo, el rico del pobre, los países del norte de los países
del sur. Significa que se es consciente de la responsabilidad mutua y
que somos conscientes de que recibimos en tanto que damos, y que siempre
podemos dar sólo lo que nos ha sido dado y que por eso jamás nos
pertenecemos solamente a nosotros” (Cf. J. Ratzinger, Caminos de
Jesucristo, Cristiandad, p. 117). »La
solidaridad cristiana es mucho más que un dar materialista pero tampoco
permanece en un acompañar pasivo sin hechos concretos que influyan
positivamente en alguien, de acuerdo a su dignidad de ser humano. La
solidaridad cristiana es acción porque parte de la contemplación; es
palabra pero también es obra. Es compañía, es presencia, pero también
es consecuencia hecha acción que repercute para bien” (Cf. J.E. Mújica,
De cómo la solidaridad de concepto marxista a valor cristiano, Arbil,
revista de pensamiento y crítica, n. 17, 2008). “¡Cuántos
testimonios de caridad pueden citarse en la historia de la Iglesia!
–continúa Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas est–.
Particularmente todo el movimiento monástico, desde sus comienzos con
san Antonio Abad, muestra un servicio ingente de caridad hacia el prójimo
[…] Así se explican las grandes estructuras de acogida, hospitalidad
y asistencia surgidas junto a los monasterios. Se explican también las
innumerables iniciativas de promoción humana y de formación cristiana
destinadas especialmente a los más pobres de los que se han hecho cargo
las Órdenes monásticas y mendicantes, primero, y después los diversos
institutos religiosos masculinos y femeninos a lo largo de todas la
historia de la Iglesia. Figuras de santos como Francisco de Asís,
Ignacio de Loyola, Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente de Paúl,
Luisa de Marillac, José B. Cotolengo, Juan Bosco, Luis Orione, Teresa
de Calcuta –por citar sólo algunos nombres– siguen siendo modelos
insignes de caridad social para todos los hombres de buena voluntad” (Cf.
n. 40). Kierkegaard
decía que el cristianismo descubrió al hombre. Y es que “El
cristianismo no sólo tiene en sí algo que el hombre no se ha dado por
sí mismo, sino que contiene cosas que nunca se le habrían ocurrido al
hombre, ni siquiera como deseo ideal” (Cf. S. Kierkegaard, Diario,
tercera edición revisada y ampliada, a cargo de Cornelio Fabro,
Morcelliana, Brescia 1980-1983, vol. II, p. 178). Es verdad que habría
mucho más que escribir. Los datos, hechos y nombres referidos en este
ensayo tratan de proyectarnos a partes de ese pasado que, sobremanera,
ha posibilitado mucho de lo bueno de nuestro presente. Sería una
injusticia olvidar estos acontecimientos. Un hombre sin pasado es un hombre sin historia. No es sectarismo tener vivas y sentirse orgulloso de esas raíces cuyo legado nos atañe hoy. Quizá, “La verdadera razón por la que el hombre se escandaliza del cristianismo es porque es demasiado elevado, porque su medida no es la medida del hombre, porque quiere hacer del hombre algo tan extraordinario que supera cualquier mente humana” (Cf. S. Kierkegaard, Malattia mortale en Diario, cit., vol. III, p. 95; en español existe la versión La enfermedad mortal, Alba Libros, Madrid 1998).
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