La
fuerza de una cultura
Max
Silva Abbott | msilva@ucsc.cl
En
la tranquila Suiza, hace algunos días, se ha producido un encendido
debate debido a los resultados de un referéndum, en el cual se decidió
prohibir de ahora en adelante la construcción de minaretes, esto es,
las torres de las mezquitas, al parecer, fruto de un creciente temor por
parte de la Comunidad Helvética de verse invadidos por la inmigración
musulmana.
De
hecho, la decisión ha tomado por sorpresa incluso a las autoridades,
quienes no se esperaban, ni de broma, un resultado semejante. También
la decisión ha sido criticada por todos los sectores religiosos, al
considerar que ella atenta contra la libertad de culto. Sea como fuere,
lo interesante es que el aludido referéndum toca un problema no menor
que se está produciendo en Europa ante nuestros ojos.
En
efecto, no se requiere mucha astucia para darse cuenta que el Viejo
Continente está sufriendo desde hace medio siglo, una peligrosa baja de
su natalidad;
tanto, que su propia subsistencia se encuentra hoy en entredicho.
Y
aunque parezca una perogrullada, una cultura sólo puede subsistir en el
tiempo si consigue mantener su población. Si bien esto es evidente,
conviene recordarlo hoy, puesto que una serie de valores e ideales de
vida que actualmente están en el ambiente, parecieran haberse olvidado
de esta cuestión elemental, encadenados en un ‘ahora’ que pareciera
presa de un curioso inmovilismo, lo que se manifiesta, entre otras
cosas, en la notable baja de la natalidad aludida.
Mas,
dado lo anterior, y tomando en cuenta además que Europa necesita
desesperadamente de la inmigración para mantener funcionando las ruedas
de la economía, ¿de qué se extraña si los inmigrantes quieren
mantener su propia cultura? Recuérdese que Europa ha renegado de sus raíces
cristianas desde hace tiempo, pretendiendo borrar dos mil años de
historia. En consecuencia, si una cultura se olvida de su pasado, si se
vuelve contra sus raíces, ¿de qué se sorprende llegan sujetos de otra
cultura, y viendo la oportunidad, buscan imponer o al menos introducir
sus propias creencias?
El
problema de los minaretes refleja, en realidad, algo mucho más profundo
que los alcances de un referéndum o el tema de la libertad religiosa:
parece mostrar la lenta toma de conciencia de una cultura del olvido de
su propia alma, que una vez renegada, comienza a ser sustituida por la
de otra cultura que aún conserva su fuerza vital. Pese a que se trata
de una medida discutible, al menos muestra una inquietud por el futuro
europeo.
¿Será
capaz Europa de volver a sus raíces y salvar su propia cultura? Sólo
el tiempo lo dirá. Lo importante es tener claro que ello depende no
tanto de las leyes o de las estructuras, sino de los valores que
profesen quienes pertenecen a dicha cultura.
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