Después de la polvareda que han levantado los obispos
españoles estimulando el ejercicio responsable del voto, cuestión que la verdad
no entiendo, porque además pienso que tienen la obligación y el firme derecho,
como pastores de su credo, de orientar a sus fieles en el discernimiento moral
cuando han de tomarse decisiones importantes, como la de elegir a nuestros
representantes en tareas de gobierno y de potestad legislativa, tengo noticia
de un congreso que
Confieso que a mi la nota de
Partamos de un hecho tan histórico como real. Detrás de
las conquistas del hombre por la paz y el bien, por las libertades y la
justicia, siempre coexiste la acción perseverante de una mujer, aunque sea
desde la retaguardia o desde donde le hayan dejado hacer. Parece que ha llegado
la hora en que la mujer se planta y pide su sitio, el que por otra parte le
corresponde por dignidad y vocación. Reconocer su valor y valía de
complementariedad con el hombre, sin que para ello la mujer deba constituirse
en antagonista del hombre, cae por su propio peso. Sin embargo, esto que parece
estar claro en una sociedad avanzada democráticamente, no es así en la vida
real, puesto que siguen creciendo el número de víctimas por la violencia de
género. La supremacía de uno u otro sexo, pienso que todavía es la gran
asignatura pendiente en el mundo, el gran fracaso social de una humanidad que
no ha sabido encajar los avances sociales ni proteger a los más indefensos. A
veces todo queda en el espíritu de la ley, no en el espíritu humano.
Ante la falsa idea de que la liberación de la mujer exige
una crítica a la misma Iglesia, alegando concepciones patriarcales alimentadas
por una cultura esencialmente machista, creo que hace bien el Vaticano en
volver a dar luz donde haya sombras o se atisbe alguna duda, hablando profundo
y claro sobre aquello por lo que ha apostado y escrito en su milenaria
historia, la activa colaboración que ha de darse entre los géneros, desde el
reconocimiento a la diferencia misma, lo que no es óbice para restar derechos y
deberes a ambos. Aunque la misma maternidad es un elemento clave de la identidad
femenina, y que por ende han de proteger todas las legislaciones, tampoco
pienso que autoriza a nadie, y menos a poder político o religioso alguno, a
considerar a la mujer exclusivamente bajo el aspecto de la procreación
biológica. Hay otras formas de realización que también deben ser protegidas y
no lo están.
No es bueno para nada ni para nadie que la relación
hombre-mujer, (o mujer-hombre), se convierta en una especie de guerra
permanente, de contraposición desconfiada y a la defensiva. La historia nos
dice que la contribución de la mujer al bienestar y al progreso de la sociedad
es incalculable; hoy su activa presencia hay que hacerla valer, quizás más que
nunca, si queremos salvar a la sociedad del antiestético virus del interés, de
la degradación moral y de la violencia sin precedentes, sobre todo por parte
del hombre. Congresos como el del Vaticano, y otros que pudieran darse en otros
ambientes no eclesiales, son más que necesarios para reencontrarnos en esa
complementariedad de géneros, en la que nadie sobra y en la que todos somos
necesarios. Sin ir más lejos, está visto que toda sensibilización social en
materia de igualdad es poca, tanto en términos generales como en relación con
los agentes implicados en la puesta en marcha de los procesos, a pesar de que
ha mejorado considerablemente en los últimos años, continúa siendo deficiente
según diversos indicadores sociales. Una cosa es predicar y otra muy distinta
dar trigo.
Frente a los desafíos de nuestro tiempo, donde el egoísmo
campea a sus anchas y el desamor se sirve en bandeja a diario, tan avaro de
ternura y tan lleno de violencias, pienso que es más urgente que nunca la
genialidad femenina para poner en estética el corazón del hombre. Ya Machado, en
su tiempo, lo refrendó: «Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su
nombre de labios de una mujer». En la misma línea, Rubén Dario, nos legó otra
clarividencia suya: «Sin la mujer, la vida es pura prosa». Seguiríamos con
citas y más citas, puestas en boca de los hombres. Ellas, al fin y al cabo,
para bien o para mal, son las únicas que pueden hacernos cambiar y hacer
cambiar el rumbo del mundo.