La
Iglesia católica, el preservativo y el SIDA
Fernando
Pascual Desde
hace años algunos grupos critican a la Iglesia por su actitud ante el
preservativo (el condón). Estos grupos dicen que el preservativo reduce
enormemente el número de contagios de SIDA y de otras enfermedades de
transmisión sexual, por lo que la Iglesia debería recomendar el uso de
este instrumento para evitar contagios en millones de personas. Ya que
la Iglesia no sigue este consejo, algunos la critican con dureza como
irresponsable y como culpable de la difusión del SIDA (o, según sus
siglas en inglés, AIDS). Detrás
de esta petición se esconde un presupuesto quizá no siempre explícito.
La Iglesia católica es una realidad mundial a la que pertenecen más de
1000 millones de personas. Desde luego, no todos esos católicos viven
fielmente las enseñanzas cristianas, y no pocos de ellos viven incluso
de espaldas a los mandamientos fundamentales de la Ley de Dios y de la
moral católica. De todos modos, es de suponer que la Iglesia sea
escuchada por millones de católicos cuando habla de algunos temas de ética,
especialmente en el ámbito de la ética sexual y sanitaria. Los
críticos de la Iglesia suponen una enorme autoridad moral de la jerarquía,
del Papa y los obispos. Pero esta autoridad moral necesita estar fundada
sobre algo. Para los católicos, la autoridad de la Iglesia, su
capacidad de enseñar y de promover un estilo de vida ético, viene de
Dios Padre, a través de Cristo, en el Espíritu Santo. No es posible
entender a la Iglesia sin reconocer este punto. Los católicos
consideran que la Iglesia no es una simple institución humana, sino que
ven en ella una obra divina, una comunidad que nace de la acción de
Dios en la historia humana. Sin esta relación con Dios la Iglesia no
tendría ningún sentido, y su autoridad sería sumamente débil. Por
lo tanto, cuando la Iglesia habla de comportamientos correctos y de
comportamientos equivocados, lo hace desde su convicción de ser una
sociedad que viene de Dios, y de interpretar en cada momento histórico
lo que pueda ser la voluntad de Dios para llevar una vida coherente con
la fe cristiana. Si
algunos piden a la Iglesia que hable sobre la conveniencia del uso del
preservativo, significa que suponen (o deberían suponer) esta autoridad
de la Iglesia. Y suponer esta autoridad de la Iglesia es lo mismo que
reconocer que Cristo es Dios y que el Espíritu Santo actúa en la
Iglesia, fundada por Cristo hace casi 2000 años. Si
negamos lo anterior, si algunos creen que la Iglesia se engaña a sí
misma y engaña a los demás cuando dice que viene de Dios y que Cristo
resucitó y envió al Espíritu Santo para estar con la Iglesia,
resultaría que la Iglesia sería una mentira gigantesca. ¿Y puede
tener valor que una organización basada sobre mentiras hable sobre lo
que sea mejor o peor para combatir contra el SIDA, para detener su
difusión? La
Iglesia, por lo tanto, cuando ofrece su juicio sobre cuál sea el mejor
modo para prevenir del SIDA, lo hace o como una institución que viene
de Dios o como una secta inventada por los hombres y basada en el engaño.
En el primer caso, hay que tratar con mucho respeto a la Iglesia cuando
dice que lo mejor para evitar la difusión del SIDA no son los
preservativos, sino la abstinencia de relaciones fuera del matrimonio y
la fidelidad conyugal. En el segundo caso, no vale la pena esforzarse ni
hacer presión para que la Iglesia (que sería una gran mentira) cambie
su punto de vista y empiece a decir que el condón es eficaz contra el
SIDA. Atacar
a la Iglesia por su postura respecto al SIDA no es, por lo tanto, algo
que tenga mucho sentido. Muchos que la atacan no creen en el origen
divino de la Iglesia, por lo que lo mejor sería no preocuparse por una
organización basada (según ellos) en una mentira secular. En cambio, si creemos en el origen divino de la Iglesia, deberíamos respetarla. En este caso, lo más correcto sería preguntarse, con honestidad, cuáles son los motivos por los que la Iglesia católica enseña lo que enseña sobre el SIDA, sobre la sexualidad y sobre el matrimonio, y por qué ve como algo incorrecto el promover el uso del preservativo como medio para disminuir la difusión del SIDA
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