LA INCREÍBLE VIDA DE MICHELA, DE «NUOVI
ORIZZONTI»
De
pertenecer a una secta satánica a consagrada, tras intentar
asesinar a la que hoy es su fundadora
Michela, en la actualidad religiosa de la
Comunidad Nuovi Orizzonti, tiene una vida de película. Abandonada
por su madre cuando era un bebé, atrapada por una peligrosa secta
satánica, convencida de la necesidad de asesinar a una monja por
indicación de la sacerdotisa, que a la vez era su psiquiatra...
Cuenta su testimonio en ReL con una intensidad y pasión, que a más
de uno le dejará pensativo...
Actualizado 15 febrero 2010
Jesús García/ReL
Cuando se experimenta el amor de
Dios, se aprende que no se puede guardar para uno mismo. Yo
llevo diez años viviendo esta forma de amor. Llevando el amor a
quienes no conocen el amor de Dios.
«Chiara, sácanos
de este infierno»
La comunidad a la que pertenezco nació en 1984, fundada por
Chiara Amirante, que comenzó a llevar la palabra de Dios a los
puntos de muerte de la ciudad de Roma. Tantos jóvenes que no
conocían la palabra de Dios le pedían: «Chiara, sácanos de
este infierno».
No creía
absolutamente nada en Dios
Yo llevo doce años en la comunidad. Tengo 40, pero cuando entré,
no creía absolutamente nada en Dios. Creía que los sacerdotes
y las religiosas se hacían sacerdotes y religiosas por falta de
trabajo. Veía una Iglesia que solo daba reglas. Una Iglesia que
prohibía todo.
Además, yo me hacía una pregunta: «Si es verdad que Dios es amor,
¿por qué en el mundo hay sufrimiento?». Me lo preguntaba porque
con el sufrimiento tuve contacto apenas nací. Mi papá y mi mamá
me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros
seis años de vida en un orfanato. Dos meses después de que
saliese de allí, el instituto fue clausurado por maltrato a
menores. Yo había conocido todo menos el amor, y cuando un niño
no conoce el amor, es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí
rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para
los profesores.
El dinero era el
dios de mi vida
A los 18 años ya eres mayor de edad en Italia, así que me fui
de la casa en que vivía. Pude hacerlo porque tenía un trabajo,
una ocupación. Yo era chef de cocina internacional, muy
reconocida. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa y
el dinero empezó a ser el dios de mi vida. Cuanto más tenía,
mas quería tener, pero a fin de mes no me quedaba nada.
Novios de usar y
tirar
En lo referente a todo lo que pertenece al mundo de la
afectividad, era un desastre. Tenía novios según la estación
del año. Uno para el invierno, otro para el verano…. Y me decía:
«Yo el corazón no lo meto en esto». Eran novios de usar y
tirar, pero cada historia que pasaba, era una herida más que
dejaba mi corazón muy lastimado.
Un novio católico-convencido
Finalmente me enamoré de una persona que todas las madres de
familia soñarían para su propia hija. Era inteligente, bueno,
perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un chico católico,
un católico convencido. Esto, para mí, solo suponía un
defecto por una razón, porque cuando yo le preguntaba cuando
nos íbamos a ir a la cama, él me respondía: «Después del
matrimonio». Él empezó a hablarme de Dios, pero yo le dije:
«Escucha Luca, las relaciones de tres no funcionan. Somos tú y
yo. Punto. Dios debe quedar fuera». Él fingió seguirme la
corriente.
¿Quieres
casarte conmigo?
Cuando ya llevábamos dos años saliendo, vino sin avisar una
noche a mi casa. Era la primera vez en ese tiempo que vino a mi
casa, por lo que pensé: «Hoy lo hacemos». Pero él tenía
otras razones muy diferentes en su cabeza y me dijo: «Escucha
Michela, hablé con mi padre espiritual, porque tengo intención
de casarme contigo». Yo me le quedé mirando un poco perpleja,
pero por un solo motivo: no sabía qué era un padre espiritual.
Yo le respondí: «Vamos al registro civil, pedimos una cita,
estampamos nuestras firmas y ya estamos casados». Y me dijo: «No.
Para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la
posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares
ser no creyente, pero yo pueda casarme contigo dentro de la
Iglesia». Entonces mi siguiente pregunta fue: «¿Y esto cuanto
cuesta?». «Nada», respondió mi chico. Pensé que si no
costaba nada y no perdía mi imagen de atea, podía aceptarlo. Sólo
le puse una condición: «Organiza tú la boda».
Murió antes de
la boda
Pusimos una fecha y él comenzó a organizar todo. Era bonito,
porque de verdad que Luca era un chico fantástico. Pero nunca
me llegué a casar con él. Falleció cuatro días antes de la
fecha escogida.
Poco después de comenzar los preparativos, contrajo el VIH por
culpa de una transfusión de sangre contaminada. Ahí entré en
contacto con la primera verdad de mí vida. Porque yo, con el
dinero, hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero
descubrí que había una cosa que no podía comprar: la vida de
mi novio. Eso para mí fue una derrota. Luca partió para el
paraíso cuatro días antes de nuestra boda y ahí se me derrumbó
el mundo.
«Dios, empeñaré
mi vida en destruirte»
Me enfadé con Dios por haberme quitado a mis padres. Me enfadé
con Dios por haber sufrido tanta violencia desde pequeñita. Me
enfadé con Dios por la muerte de Luca. La noche de su funeral,
me marché a la playa y allí mismo hice un juramento: «Dios,
si tú no existes, pasaré toda mi vida diciéndoselo a todo el
mundo. Pero si existes de verdad, empeñaré mi vida en
destruirte».
New Age y el
Reiki
Ahí empezó mi guerra con Dios. Para buscar a Dios y saber si
existía, me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la
New Age y el Reiki. Pero ahí no encontré nada de la presencia
de Dios. A todo esto, mi vida era triste y angustiosa. Hasta que
un día me propusieron comenzar psicoterapia. Yo pensé que si
había probado ya tantas cosas, podía probar eso también. Así
que comencé a ir un día a la semana. Poco a poco me iba
sintiendo mejor en la consulta de aquella doctora. Empecé a ir
en vez de un día a la semana, dos días, luego tres, y acabé
teniendo cuatro sesiones semanales con ella. La psicoterapia se
convirtió en mi droga. Yo no lo sabía, pero no tenía la
facultad de decidir nada de mí vida.
Una sacerdotisa
satánica
Un tiempo después la doctora me dijo que tal vez necesitase
sesiones de hipnosis: «Tenemos que entrar a lo más profundo de
tus heridas». Le dije que sí. Desafortunadamente no estaba en
grado de tomar ninguna decisión. No se lo que hicieron conmigo,
pero el problema fue que esta doctora era en realidad una
sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de
Italia. Y yo entré a formar parte de ella, de la mano de mi
doctora.
Dos años en la
secta
Pasé ahí dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a
perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Allí he
visto muerte y violencia. Llegué a alcanzar la muerte del alma.
Me convertí en una auténtica marioneta manejada por manos satánicas.
«Mata a Chiara»
La noche de Navidad de hace catorce años (1996), durante
un rito, me dijeron que existía la posibilidad de ser la
sacerdotisa de una secta, en una ciudad de Italia. En ese mundo
solo importa el poder, el tener, por lo que yo acepté, pero
para ser la sacerdotisa tenía que afrontar una prueba de
filiación, de pertenencia. Me dijeron: «En Roma hay una joven,
de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad.
Está muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo,
porque acerca a muchos jóvenes a Dios. Si tú verdaderamente
quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una
cosa: mata a Chiara». Y acepté.
Decidida al
asesinato
La noche del 5 de enero partí hacia Roma. Me habían dado toda
la información de donde encontrar a Chiara y yo me dirigí a su
casa, a la sede de la comunidad. A las 20.00 horas llegué hasta
la puerta y sin dudar, convencida de lo que iba hacer, toqué el
timbre.
«Por fin has llegado a tu casa» Lo que ocurrió entonces lo tengo que contar
desde el testimonio de Chiara, quien no me conocía
absolutamente de nada, como es obvio.
Chiara cuenta siempre que, en ese momento, en su corazón escuchó
una voz, la voz de la Virgen María que le decía: «Abre tú la
puerta, que es una hija mía que tiene una gran necesidad».
Chiara se levantó, caminó apresurada hasta la puerta a cuyo
otro lado la esperaba yo, y cuando abrió la puerta hizo una
sola cosa. Me abrazo y me dijo: «Bienvenida hija mía. Por fin
has llegado a tu casa».
Con el cuchillo
en la mano
Ese abrazo cambió mi vida. Fue un abrazo indeleble que llegó a
mi corazón. Fue más allá de mi cuerpo, de mis brazos. Yo no
pude reaccionar, no pude moverme, no pude hacer nada. Chiara me
desarmó absolutamente con ese abrazo, con su mirada.
Me llevó dentro, a su pequeña habitación y comenzamos a
hablar. Ella me preguntó cómo estaba, y yo sin decir ninguna
palabra le entregué el arma con el que la iba a matar. Se lo
conté y le dije: «Chiara, para mí ya no hay esperanza». Ella
me respondió: «¡Sí, sí que hay esperanza, porque el amor ha
vencido a la muerte! ¡Hay esperanza para ti porque hubo quien
dio la vida por ti! ¡Y Jesús te ama!».
«Me matarán y
te matarán a ti también»
Yo le contesté: «Chiara, yo les conozco. Sé como son. Tengo
poco tiempo. Me matarán y te matarán a ti también». «No
Michela –respondió Chiara muy firme-. No lo harán, porque
María te quiso en esta casa». Y en aquella casa me quedé.
Sesión de
exorcismos
Obviamente, la primera cosa por hacer era una buena
confesión. Llamaron a un sacerdote, pero debido a las
actividades en las que había estado involucrada no me pudieron
dar la absolución. Hubo que escribir a la Santa Sede, a la
Congregación para la Doctrina de la Fe, toda mi historia. Un
cierto cardenal Ratzinger , respondió en pocos días: «Hoy la
Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa».
También tuve que pasar por varias sesiones de exorcismo.
Obviemos los detalles.
Comunión y
consagración
Con un permiso muy especial, la noche del 27 de enero, en la
capilla de las hermanas de la Madre Teresa, en Roma, pude
recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón
Inmaculado de María, y hacer los votos de pobreza, obediencia y
castidad, más el cuarto voto propio de la comunidad de Chiara,
que es el voto de ser y llevar la alegría de Cristo Resucitado.
Un nuevo camino
Ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación, un camino en el
que nunca nadie antes pudo sanar mis heridas, y donde sí que
las pudo sanar Jesús.
Pero pasado un tiempo, hubo una herida que no había podido
sanar. Esa herida era la falta de una madre, porque a mí me
faltaba una madre. Me faltaba en Navidad, cuando todas la madres
telefonaban a las demás y yo no recibía una llamada. Me
faltaba el día que celebraba mi cumpleaños... Esa ausencia de
mi madre, cada vez que pasaba esto, reabría las viejas heridas
y había que empezar de nuevo.
Un grito de
dolor
Un buen día, a Chiara se le ocurrió enviarme a un centro de
ayuda para la vida. Se me había encargado abrir una casa de
acogida para madres solteras y jóvenes embarazadas con riesgo
de someterse a un aborto por miedo o por dificultad. Allí las
podríamos acoger. Pero al poco tiempo empecé a recoger un
grito de dolor. Era el grito de dolor de aquellas mujeres que
habían abortado y que me decían: «¿Sabes? Hoy tendría un
hijo de ocho años, pero lo llevé a matar».
Aprendí a no
juzgar
Por las noches llegaba a casa y me ponía delante de Jesús, en
el sagrario, y le entregaba todo ese dolor que llevaba de las
mujeres. Una de esas noches, empecé a escuchar en mi corazón:
«Michela, si hoy existes tú, es porque tu madre dijo sí a la
vida». Os tengo que decir que cuando se experimenta la
misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no
juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre.
Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un
gran dolor.
A la busqueda de
la madre
En ese momento comenzó a despertar en mi interior la necesidad
de buscar a mi madre, no para juzgarla ni regañarla, sino para
darle las gracias por mi vida.
La ley italiana permite obtener información del propio origen y
después de las investigaciones pertinentes localicé a mi
madre. Comenzamos a telefonearnos, y un día me sugirió
conocernos personalmente. La fecha concertada fue el 2 de Junio
de 2004. Esa misma mañana partí hacia la ciudad donde ella vivía
para encontrarme con ella, como habíamos quedado.
«Sal de mi vida»
Yo iba sola y en ese viaje había dos partes dentro de mí. Una
parte era esa parte humana que se sentía entusiasmada por poder
decirle por fin a alguien «mamá». Pero había otra parte más
racional que me decía: «Michela, no sabes qué puedes
encontrar allá». Mi error fue que en aquella duda venció la
parte más humana. Pero el hombre propone y Dios dispone, porque
pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no
le deseo ni a mi peor enemigo, mi madre me dijo: «Tú para mí
no has existido nunca, no has existido hasta ahora, no existes
hoy. Sal de mi vida». Yo no sé que siente una madre cuando un
hijo dice no a su amor, pero les puedo decir lo que siente un
hijo cuando una madre le dice no a su amor…
«¿Qué le
hecho de malo a Jesús?»
Fue un gran dolor. Regresé a Roma, cogí a Chiara y sujetándola
contra un muro le dije: «¿Pero yo qué le hecho de malo a Jesús?
Trabajo para Él, ¿por qué no me puede ayudar?».
A mí pregunta de por qué Jesús me trata así, Chiara me
contestó: «¿Sabes, Michela? Santa Teresa de Ávila le preguntó
lo mismo a Jesús, y Jesús le dijo que así trataba Él a sus
amigos». Ya sabéis lo que Santa Teresa le respondió a Jesús:
«Ahora entiendo por qué tienes tan pocos».
Unas vacaciones
para reflexionar
Era una situación dolorosa, de la que era difícil salir, por
lo que entonces Chiara me propuso unos días de vacaciones. Yo
pensé: «Estupendo, me iré a la playa y tomaré el sol», pero
Chiara ya había pensado en todo: «Hay un lugar al que puedes
ir. Es un pueblo en Bosnia que se llama Medjugorje. Cógete unas
vacaciones y vete allí». Yo le dije a Chiara: «A Medjugorje
yo no voy, Chiara. Mejor me pagas las vacaciones en Croacia, que
está muy cerca y tiene un mar estupendo. Ya cuando esté allí,
un día me acerco a Medjugorje. Pero yo no me voy a meter entre
las colinas, las piedras y el calor. Eso no son vacaciones».
Chiara me respondió: «Te recuerdo que hiciste un voto de
pobreza y otro de obediencia. Elige por cual de los dos quieres
ir a Medjugorje». Así que elegí el de la obediencia, y
voluntariamente vine a Medjugorje.
Medjugorje
Llegué a Medjugorje ¡Me daban una pena los peregrinos!
Porque yo pensaba que yo estaba allí porque me habían
obligado, pero no entendía por qué ellos no iban al mar,
pudiendo hacerlo.
En fin, los primeros diez días fueron un desastre. Yo no quise
saber nada de peregrinos, ni del fenómeno de Medjugorje, ni de
nada.
Una vidente y la aparición
El día decimoprimero, estaba tras la explanada, cerca de la
carpa verde. Estaba tumbada en mi toalla, tomando el sol. En
serio, pasaba de todo. Y ahí tirada me vio Marija, una de las
videntes. No nos conocíamos de nada, pero a ella le llamó la
atención, no sé si verme tumbada tomando el sol, o mi toalla
verde chillona.
Se acercó a mí y me dijo: «Hola, ¿qué haces?». «Estoy
esperando a que comience la Misa». Entonces Marija, sin más,
con toda la naturalidad, me dijo: «Vente mañana conmigo a una
aparición».
¡Imagínate! Era ridículo. Tanto que me dio la risa y le
contesté: «Mira, va a ser mejor que la Virgen María venga a mí,
porque yo de aquí no me muevo». Marija me miró un poco
sorprendida, en silencio. Al cabo de unos segundos, cuando se me
quitó la sonrisa de la cara, me dijo: «Tú vente mañana».
Unos días
aburridos
En Medjugorje, si no vives el fenómeno, tampoco es que haya
mucho que hacer. Mis primeros diez días allí fueron tan
aburridos, que por muy absurdo que pareciese, asistir a una
aparición suponía algo distinto en medio de aquel
aburrimiento, así que el día siguiente aparecí a la hora que
me había dicho Marija en el Oasis de la Paz, donde iba a vivir
su aparición. Al llegar allí, aquello estaba lleno de gente.
Yo llegué a las seis y cuarto de la tarde y allí había gente
que llevaba más de tres horas, con todo el calor. Yo pensé: «Qué
tontería llegar tan temprano, si de toda formas a la Virgen
solo la ve la vidente, pero bueno».
Al cabo de unos minutos llegó Marija. Me vio en el jardín, me
cogió de la mano y me llevó dentro de la capilla con ella,
delante del todo, a su lado. Me llevó hasta allí a rastras y
de un empujón me puso de rodillas. Todo el mundo rezaba y yo
pensaba: «Qué buenos todos estos peregrinos, mira cómo rezan»,
pero mi corazón estaba muy cerrado y no quería participar con
ellos.
Recuerdo el momento en que comenzó la aparición. Todo el mundo
se quedó en silencio y Marija se quedó mirando extasiada hacia
arriba.
En medio de la
aparición
En ese momento pensé: «Cualquiera desearía estar aquí a su
lado, ¿cómo es posible que a mí no afecte?». La miré a
Marija y vi que, sin emitir ningún sonido, movía sus labios,
¿y saben cual fue mi pensamiento en ese momento?: «Pero ella,
con la Virgen, ¿habla en croata o en italiano?». Os prometo
que lo pensé, de verdad, incluso quince días después de
aquello se lo pregunté a ella. Me dijo que hablaban en croata.
¿Un trasplante
del corazón?
Bromas a parte, en cierto momento de la aparición ocurrió
algo. Y se lo cuenta la persona más racional que existe. Empecé
a sentir un calor en el cuerpo. Era un calor que llegaba hasta
la punta de mis dedos, hasta mis pies. Era un calor maravilloso.
Sentí como si algo me abrazara, me rodeara y me cubriese
entera, y entonces ocurrió lo más increíble, y es que sentí
como si me hiciesen un transplante de corazón. Digo trasplante
porque sentí como si algo se metía en mi pecho y me arrancara
una piedra de dentro. Era un corazón herido, enfermo, y sentí
como si me colocasen un corazón nuevo ahí dentro, en su lugar.
Subrayo la palabra transplante, porque no fue un corazón
curado, sino un corazón nuevo, que me llenaba de paz el alma,
la mente y el cuerpo.
«Algo bellísimo»
Al acabar la aparición yo no entendía nada de lo que estaba
sintiendo, pero era bellísimo. Empecé a darme cuenta de que
tenía que marcharme y comencé a repetirme a mí misma que en
realidad no pasaba nada, para ver si me calmaba, pero qué va,
cada vez que lo decía mejor lo sentía.
Entonces Marija se levantó e hizo lo que hace siempre. Explicó
a todos lo sucedido: «He presentado a la Virgen María todas
vuestras intenciones de oración. La Virgen María ha orado por
ustedes y les ha bendecido». A todo esto yo seguía de rodillas
a su lado. Entonces ella, delante de todos me miró y dijo: «La
Virgen María ha hecho suyo el dolor de tu corazón. A partir de
hoy solo ella será tu madre».
«La Virgen te
vió»
Salí de la capilla. Marija no sabía nada de mi historia.
Cuando ella salió yo estaba en el jardín, desconcertada. Me
cogió de nuevo por el brazo y, sin estar yo todavía muy
convencida de lo que suponía que había pasado, le pregunté:
«Marija, tu estabas ahí, ¿me viste durante la aparición?»,
y ella me respondió: «No, yo no te vi. Pero la Virgen sí».
«María me coge
de la mano»
Desde aquel día hasta hoy he sentido a María en mi vida. La he
sentido de una manera muy concreta. He descubierto que cada vez
que tengo el rosario en las manos, es María quien me coge de la
mano.
Modelo de
santidad
Aquella tarde aprendí otra cosa. Era cierto que hasta ese día
había trabajado para Dios, pero María quería que yo trabajase
con Dios. Y otra cosa bellísima fue que si yo quería ser
santa, debía tomar a la Virgen María como modelo de santidad.
Os aseguro que eso, para un carácter como el mío, no es nada fácil.
No es fácil vivir la obediencia. No es fácil vivir la
humildad. No es fácil vivir el silencio de María. El silencio
de María bajo la cruz. Pensad que María estaba bajo la cruz.
Un dolor
transformado en amor
Aquella fue una experiencia bellísima, porque descubrí que el
dolor puede ser transformado en amor por la humanidad.
Os digo que si aquella tarde del entierro de Luca dije que Dios
no existía, después de doce años puedo deciros que Dios sí
que existe.
Ocho años de
silencio
Durante ocho años he vivido en silencio. Durante ocho años he
estado escondida. Pero hace dos años, en un capítulo general
de la familia salesiana, Chiara y algunos otros me pidieron que
contara mi historia. Al principio tuve miedo. Pero cuando
aprendes que la vida no te pertenece a ti, que la vida es un
regalo, el miedo puede ser canjeado. Yo hice este pacto con Jesús:
«Jesús, si mi vida, mi historia, sirve a un solo joven a
encontrar tu misericordia, yo daré mi vida por esto».
No tener miedo
del sufrimiento
Queridos jóvenes, no tengáis miedo del sufrimiento. El
sufrimiento existe, sí. El mundo nos dice que no existe, nos
enseña cómo cubrirlo, cómo barnizarlo con capas de cosas sin
importancia. Pero Jesús nos enseña a vivirlo con Él. Lo que
tiene a Jesús clavado en la cruz no son los clavos, sino el
amor especial que tiene por cada uno de nosotros. Por eso os
ruego, por favor, que como decía san Francisco de Asís, no
permitáis que el Amor de los amores no sea amado. ¡Llevemos el
amor de Dios a todas partes! Podemos hacerlo, Jesús nos ha enseñado
cómo. Somos pequeños, pero seamoslo como decía la madre
Teresa de Calcuta: como las gotas del mar, que hacen un océano.
Dios nos ama
hasta morir
Queridos jóvenes, estáis todos callados. Hay un gran silencio,
pero como decía san Pedro, yo no tengo oro ni plata. ¡Lo que
yo tengo me llega de la Providencia! Mirad, ni si quiera este
rosario que llevo en el bolsillo es mío. Me lo han dado.
Queridos jóvenes, yo no tengo nada, y a diferencia de san Pedro
yo no hago milagros. Pero os puedo decir una cosa: ¡Que hay un
Dios que ha dado su vida! ¡Que hay un Dios que nos ama hasta
morir! ¡Que debemos experimentar la alegría de Cristo
resucitado!
Los satanistas
creen más que nosotros
Mirad ese pedazo de pan. Ese pedazo de pan que nosotros
adoramos, ese pedazo de pan blanco con el que nos nutrimos… ahí
está realmente el cuerpo de Jesús. Y esto os lo digo con un
gran dolor, porque los satanistas creen más que nosotros que ahí
está el cuerpo de Jesús. Nosotros tenemos que empezar a creer.
Tenemos que empezar a vivir a Jesús. Mirad san Pablo. Él decía:
«No soy yo quien vive, es Jesús quien vive en mí» .
Utiliza el sufrimiento, pero no huyas de él
Os lo repito, no huyáis del sufrimiento, utilizarlo. Levádselo
a Jesús y ese sufrimiento se transformará en amor.
Me despido con una frase de Edith Stein . Cuando Edith Stein se
convirtió, le preguntaron por qué se había convertido al
catolicismo, y ella respondió: «Yo busqué el amor. Y encontré
a Jesús».