La mayoría silenciosa

Matthew Brock

jem@arcol.org

 

 Richard Nixon fue el primero en reconocerlo, y los medios de comunicación nunca lo perdonaron. Nixon se dio cuenta que una “mayoría silenciosa” de americanos eran personas sencillas, trabajadores, que amaban a Dios, a sus familias, a su patria, y no compartían los puntos de vista de la élite de los medios de comunicación.

 

“Silenciosa” porque esa gente de pueblo, de campo, que vivía en las vastas llanuras y montañas entre las dos costas, parecía que no tenía voz. “Mayoría” porque cuando hablaban, ganaban elección tras elección, a pesar de todo lo que decían los medios.

 

En los últimos cuarenta años, los que no fueron apoyados por los medios de comunicación han sido presidentes durante veintiocho de ellos. ¿Cómo? Durante todo este tiempo los medios de comunicación y entretenimiento han sido dominados por un pequeño porcentaje de personas que asisten a las mismas universidades, que frecuenten los mismos círculos, que leen los mismos libros y toman las mismas vacaciones. Viven agrupados en las ciudades grandes de la costa este: Washington, New York y Boston, o en los paraísos artificiales de Hollywood y Beverly Hills. Tienen poco en común con el resto de América, pero controlan el poder de la prensa, televisión y cine, y por tanto, controlan la manera en que América es vista por el resto del mundo.

 

Por eso el mundo europeo y latinoamericano pensaba que iba a ganar McGovern, luego Carter, luego Mondale, luego Dukakis, luego Gore, luego Kerry… y no dejan de sorprenderse de que no ha sido así. Es la misma sorpresa con que algunos turistas exclaman cuando visitan las partes más rurales de América: “Oye, pero los americanos no son tan malos como se ve en las películas.”

 

Y esta vez también todo el mundo occidental piensa que va a ganar la elección presidencial Barack Obama, el benjamín de los medios. No estaría mal recordar la historia. Suelen participan en las elecciones presidenciales sólo el 60% de los que pueden votar, entonces gana el que puede excitar más pasión en el poblado. De hecho, parecía que ganaba este reto Barack Obama, pero todavía no había hablado la mayoría silenciosa. Hasta la llegada de Sarah Palin.

 

Palin importa porque es una de esa mayoría. Es un recuerdo para esposas, novias, hijas: mujeres fuertes y sensatas que no tienen que rendir culto al altar feminista para sentirse realizadas en la vida. Palin importa porque es pro-vida en un país donde el 60% se declaran contrarios al aborto, y vive de acuerdo con sus creencias. No puede haber más contraste con Barack Obama, que votó en contra de una ley que hubiera dado protección legal a los niños que nacieron después de abortos fallidos. Y cuando la hija de Sarah Palin resultó embarazada fuera del matrimonio, Sarah y su esposo Todd dijeron que estaban orgullosos de la decisión de su hija de llevar adelante su embarazo y casarse con su novio. ¿Obama? Dijo que apoya el aborto porque no querría que sus hijas fuesen “castigados” por semejante “error”.

 

Palin importa porque es reformista en un país que necesita de mucha reforma. Es sensata, como McCain, sobre la inmigración y el mercado libre con los países de latinoamérica.  Tiene un record de acción, no de discusión, y sabe trabajar con personas de los dos partidos para llevar adelante una legislación práctica y ética. Y aunque dicen que tiene tan poca experiencia para ser vicepresidente, tiene más experiencia ejecutiva que Barack, Biden, y McCain combinados, que no es poca cosa.

 

La élite de los medios reconoce todo esto y tiene pavor. Esta elección estaba ganada por los demócratas desde hace dos años, pero de repente viene una desconocida de Alaska (¿acaso puede venir algo bueno de Alaska?) y el partido cambia. Por eso los que viven fuera de los Estados Unidos no van a escuchar ni una palabra buena sobre Sarah Palin de ahora en adelante. Cada error va a ser magnificado por mil, cada tartamudeo será interpretada como una prueba de que no está lista para ser vicepresidenta. Quizá el mundo les va a creer, pero la mayoría silenciosa no.

           

El día en que John McCain eligió a Sarah Palin, hizo la mejor opción. Y algunos medios de comunicación no lo van a perdonar