La mirada de misericordia

, por Guillermo Juan Morado

En un sobrecogedor Via Crucis, mientras el Papa luchaba con la muerte, el Cardenal Ratzinger comentaba, en el Coliseo, la novena estación: “Jesús cae por tercera vez”: “¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz?” Y como un dardo certero, el Cardenal apuntaba como mayor dolor del Redentor a la traición de los discípulos y a la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre. Y no evitaba una referencia explícita al sacerdocio: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!”.

La exclamación podemos hacerla nuestra. No sólo por los escándalos que hayan podido protagonizar – ayer y hoy – algunos sacerdotes, sino por un “escándalo” más radical: que algunos hombres, nacidos pecadores como los demás hombres, hayan sido elegidos, por voluntad de Dios, para ser ministros e instrumentos de su gracia. No habría escándalos si no hubiese pecados, y no habría pecados sin pecadores ni, en el mundo visible al menos, habría habido pecadores si no hubiese hombres, hijos de Adán.

 

En uno de sus discursos, Newman se asombra del contraste patente entre la santidad que rodea a Jesús, y todo lo que tiene que ver con Jesús, incluida su Madre Inmaculada, y la condición humana, y por consiguiente pecadora, de sus ministros: “Sólo los ángeles parecen aptos para anunciar el nacimiento, los dolores y la muerte de Dios”. Y, detallando más la misión sacerdotal, añade: “Si se trata de ofrecer el sacrificio que el Señor ofreció, continuarlo, repetirlo y aplicarlo; si ha de tomarse entre las manos la Sagrada Víctima; si hay que atar y desatar, bendecir y censurar, recibir las confesiones del pueblo cristiano y absolverle de sus pecados; si hay que enseñar los caminos de la verdad y de la paz, únicamente un habitante del cielo puede desempeñar el encargo”.

¿Por qué, pues, Dios quiso que hombres y no ángeles fuesen los sacerdotes del Evangelio? ¿Por qué aquel que ofrece la Hostia ha de decir, antes de la consagración, como se sigue diciendo en la forma extraordinaria del rito romano: “Acepta, Padre Santo […] esta inmaculada hostia, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, por aquellos que me acompañan y por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos”?

La respuesta la encuentra Newman en la misericordia de Dios. Los sacerdotes son hombres a fin de que puedan “sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, puesto que ellos están también envueltos en flaqueza”. La gracia hace por ellos, a través de ellos, lo que la naturaleza sería incapaz de hacer por sí misma. Y ésta es la verdad profunda del sacramento: Hacer y dar lo que, por uno mismo, no se puede hacer ni dar.

La mirada de la misericordia no es una mirada de complicidad con el pecado, pero sí de paciencia y de esperanza con el pecador: “No hay pecador – ni siquiera el más recalcitrante – que no pueda convertirse en un santo. No hay santo que no haya sido, o pudiera haber sido, un gran pecador. La gracia – sólo la gracia – vence la naturaleza”.

Los sacerdotes no son, por naturaleza, mejores que los fieles a quienes deben servir. Y por eso no pueden hablar “desde arriba”, desde la distancia de los impecables, sino desde la certeza de que, también ellos, dejados a sí mismos, “se habrían movido por la tierra como los animales”. Dios usa así, en su benevolencia, “el pecado contra el pecado mismo”.

Ahora que vivimos el Año Sacerdotal, con el magnífico testimonio del Santo Cura de Ars como ejemplo de que, en verdad, la gracia vence la naturaleza herida, es bueno hacerse eco de una petición de Newman: “No os olvidéis […] de quienes han sido instrumentos de vuestra reconciliación”. Toda una invitación a orar por los sacerdotes “para que obtengan el gran don de la perseverancia y permanezcan hasta la muerte en la gracia que confían poseer ahora, no sea que después de predicar a otros vayan a ser reprobados”.

Confianza en la gracia y misericordia. Cuando falla lo primero, cuando se cree que el hombre puede serlo plenamente sólo por sí mismo, se cae a la vez –al mirar al otro y al juzgarlo, sobre todo en su desgracia - en la dureza fría de un rigor sin alma.

Guillermo Juan Morado.