En un sobrecogedor Via Crucis, mientras el Papa luchaba
con la muerte, el Cardenal Ratzinger comentaba, en el Coliseo, la
novena estación: “Jesús cae por tercera vez”: “¿Qué puede
decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz?” Y
como un dardo certero, el Cardenal apuntaba como mayor dolor del
Redentor a la traición de los discípulos y a la recepción indigna
de su Cuerpo y de su Sangre. Y no evitaba una referencia explícita al
sacerdocio: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por
su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!”.
La exclamación podemos hacerla nuestra. No sólo por los escándalos
que hayan podido protagonizar – ayer y hoy – algunos sacerdotes,
sino por un “escándalo” más radical: que algunos hombres,
nacidos pecadores como los demás hombres, hayan sido elegidos, por
voluntad de Dios, para ser ministros e instrumentos de su gracia. No
habría escándalos si no hubiese pecados, y no habría pecados sin
pecadores ni, en el mundo visible al menos, habría habido pecadores
si no hubiese hombres, hijos de Adán.
En uno de sus discursos, Newman se asombra del contraste patente
entre la santidad que rodea a Jesús, y todo lo que tiene que ver con
Jesús, incluida su Madre Inmaculada, y la condición humana, y por
consiguiente pecadora, de sus ministros: “Sólo los ángeles parecen
aptos para anunciar el nacimiento, los dolores y la muerte de Dios”.
Y, detallando más la misión sacerdotal, añade: “Si se trata de
ofrecer el sacrificio que el Señor ofreció, continuarlo, repetirlo y
aplicarlo; si ha de tomarse entre las manos la Sagrada Víctima; si
hay que atar y desatar, bendecir y censurar, recibir las confesiones
del pueblo cristiano y absolverle de sus pecados; si hay que enseñar
los caminos de la verdad y de la paz, únicamente un habitante del
cielo puede desempeñar el encargo”.
¿Por qué, pues, Dios quiso que hombres y no ángeles fuesen los
sacerdotes del Evangelio? ¿Por qué aquel que ofrece la Hostia ha de
decir, antes de la consagración, como se sigue diciendo en la forma
extraordinaria del rito romano: “Acepta, Padre Santo […] esta
inmaculada hostia, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios
vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y
negligencias, por aquellos que me acompañan y por todos los fieles
cristianos, vivos y difuntos”?
La respuesta la encuentra Newman en la misericordia de Dios. Los
sacerdotes son hombres a fin de que puedan “sentir compasión hacia
los ignorantes y extraviados, puesto que ellos están también
envueltos en flaqueza”. La gracia hace por ellos, a través de
ellos, lo que la naturaleza sería incapaz de hacer por sí misma. Y
ésta es la verdad profunda del sacramento: Hacer y dar lo que, por
uno mismo, no se puede hacer ni dar.
La mirada de la misericordia no es una mirada de complicidad con el
pecado, pero sí de paciencia y de esperanza con el pecador: “No hay
pecador – ni siquiera el más recalcitrante – que no pueda
convertirse en un santo. No hay santo que no haya sido, o pudiera
haber sido, un gran pecador. La gracia – sólo la gracia – vence
la naturaleza”.
Los sacerdotes no son, por naturaleza, mejores que los fieles a
quienes deben servir. Y por eso no pueden hablar “desde arriba”,
desde la distancia de los impecables, sino desde la certeza de que,
también ellos, dejados a sí mismos, “se habrían movido por la
tierra como los animales”. Dios usa así, en su benevolencia, “el
pecado contra el pecado mismo”.
Ahora que vivimos el Año Sacerdotal, con el magnífico testimonio
del Santo Cura de Ars como ejemplo de que, en verdad, la gracia vence
la naturaleza herida, es bueno hacerse eco de una petición de Newman:
“No os olvidéis […] de quienes han sido instrumentos de vuestra
reconciliación”. Toda una invitación a orar por los sacerdotes
“para que obtengan el gran don de la perseverancia y permanezcan
hasta la muerte en la gracia que confían poseer ahora, no sea que
después de predicar a otros vayan a ser reprobados”.
Confianza en la gracia y misericordia. Cuando falla lo primero,
cuando se cree que el hombre puede serlo plenamente sólo por sí
mismo, se cae a la vez –al mirar al otro y al juzgarlo, sobre todo
en su desgracia - en la dureza fría de un rigor sin alma.
Guillermo Juan Morado.