La
mujer y el futuro humano
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
La
mujer tiene entre sus manos un “poder” insustituible para que
permanezca la vida humana en el mundo: su apertura a la acogida, al
amor, al servicio.
Esa
apertura se vive de modo especial en la maternidad. Ser madre implica
una invitación que afecta a la mujer en todas sus dimensiones: física,
psicológica, espiritual.
Cuando
inicia el embarazo, el cuerpo de la mujer acoge los mensajes que lanza
el hijo para asegurar su propio bienestar. El embrión, en cierto modo,
“gestiona” a su madre. A la vez, el hijo depende en todo de su
madre, de lo que hace, de lo que toma, incluso de lo que siente.
La
psicología materna también entra en el mundo del hijo. No es lo mismo
llevar adelante un embarazo entre esperanzas y alegrías que llevarlo
entre miedos y angustias. Los estudios sobre esta temática son
recientes, pero no hacen falta muchas pruebas para convencerse de esto.
El
influjo espiritual llega mucho más lejos. La madre que recibe al hijo
como un regalo, como una señal de amor, como una esperanza, como una
tarea que comparte con su esposo, penetra, de un modo íntimo, en el
corazón del hijo, y recibe ella misma un influjo desde la vida que
inicia gracias al cariño materno y paterno.
Si
algunas sociedades han desarrollado el “miedo a la maternidad” es
debido, en buena parte, al hecho de que no conocen esa maravillosa
vocación humana a la acogida y a la entrega de uno mismo para el bien
del otro. Acogida y entrega que llegan a niveles casi sublimes en la
experiencia de la maternidad y de la paternidad.
Otras
veces nos sorprende la presión continua de grupos ideológicos que
buscan destruir o marginar la apertura al amor propia de la mujer.
Promueven la difusión de métodos anticonceptivos y el acceso a los
mismos como un camino para “liberar” a las mujeres de pesos que las
atarían, en el pasado, a la “pesada carga” de los hijos, según
dicen.
Otros
grupos han llegado a defender el “derecho” al aborto, a ese acto
homicida que destruye la vida de un hijo, como si fuese una “solución”
para casos de emergencia. Otros, ante el silencio de no pocas
asociaciones que se atribuyen el título de “feministas”, marginan o
excluyen a las mujeres que desean tener hijos, incluso impidiéndoles
contratos laborales.
Divulgar
y promover este tipo de ideas lleva a la destrucción del mundo. Porque
las sociedades que no saben amar al hijo y que no valoran la generosa
donación de la mujer en la maternidad no pueden madurar en el bien ni
en la justicia. Serán sociedades anquilosadas. Muchas veces, darán
mayor importancia al placer que a la responsabilidad, a los bienes
materiales que a la vida, a la salud y belleza física que a la grandeza
de alma.
En
sociedades así no hay esperanza. Poco a poco apagan la vida y ahogan la
alegría. El aumento del placer aparente y pasajero genera, a la larga,
angustias escondidas y penas destructoras. Si el hombre y la mujer
tienen una vocación constitutiva al amor, la pretensión de vivir para
uno mismo y de renunciar a la entrega a los hijos en el matrimonio es
avanzar hacia el fracaso y hacia la ruina de las personas y de los
pueblos.
En
las manos de hombres y mujeres de todas las razas, de todos los pueblos,
de todas las religiones y de todas las clases sociales está la
posibilidad de romper esquemas de muerte promovidos por pseudoprofetas
del progreso, para promover un mundo donde el dinamismo femenino de la
donación y la entrega genere sociedades abiertas a la vida, capaces de
relanzar el futuro humano.
Sólo
así algunos países mal llamados desarrollados recuperarán un
dinamismo profundo que llenará las calles de bebés felices y de madres
y padres decididos a gastar lo mejor de su tiempo y de sus vidas en la
misión más hermosa: amar y transmitir amor a las nuevas generaciones
humanas
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