La revancha de la oración, en un mundo que la quiere proscribir
Desde Montecasino el Papa relanza el lema de san Benito: "Ora et
labora". Y el cardenal Ruini explica cómo el rezar es la respuesta
segura a las modernas crisis de fe. También se discutió sobre ello en
un Festival de teología
por Sandro Magister
ROMA, 29 de mayo de 2009 – En la visita que ha realizado a la abadía
de Montecasino el domingo de la Ascensión, Benedicto XVI ha relanzado
el célebre lema del santo del cual ha tomado el nombre: "Ora et
labora et lege". Trabaja y estudia, pero ante todo reza.
Y ha unido a este lema el otro que el Papa ha puesto varias veces en el
origen de toda la civilización occidental: "quaerere Deum",
buscar a Dios.
En la visión de Benedicto XVI, rezar a Dios no es una parte sino la
completa vocación del hombre. La tesis puede parecer audaz, en una época
en la que la oración es frecuentemente devaluada, contestada,
proscrita. Pero encuentra aliento en señales de renovada atención a
este acto capital de la vida no sólo cristiana.
***
Por ejemplo, en los mismos días de la visita a Montecasino del Papa
Joseph Ratzinger, más al norte, en Bolonia, en una de las ciudades más
secularizadas de Italia, la fiesta de la Virgen de San Lucas ha visto
correr a la oración a una multitud mucho más numerosa que en el
pasado. Así como pocas semanas antes, en la misma ciudad, la inmensa
basílica de San Petronio no se daba abasto para contener a la gran masa
de jóvenes en una vigilia de oración, que llenó también la plaza
frente a la basílica.
Todavía más al norte, siempre hace pocos días, en Plasencia en la
rivera del Po, hombres de Iglesia, teólogos, filósofos y artistas,
creyentes y no creyentes, decidieron debatir precisamente sobre este
tema: "Oración y experiencia de Dios".
El encuentro, organizado como un "Festival de teología", se
inició y terminó el 22 y 24 de mayo con dos "lecciones
magistrales": la primera del cardenal Camillo Ruini, la segunda del
más célebre de los teólogos evangélicos alemanes, Jürgen Moltmann.
Entre otros, tomaron la palabra Philippe Némo y Mario Botta, PierAngelo
Sequeri y Elmar Salmann, Massimo Cacciari y Guido Ceronetti.
La lección del cardenal Ruini la reproducimos aquí a continuación,
con subtítulos de redacción.
De particular interés son los pasajes en los cuales analiza las
objeciones que la cultura de hoy pone en acto contra la oración y,
viceversa, el sentido profundo de la oración como "caso
serio" sobre el que la fe cristiana se mantiene o cae.
El horizonte de la oración: en camino hacia Dios
por Camillo Ruini
Comenzamos con una clásica definición de Santo Tomás de Aquino:
"Oratio est proprie religionis actus", la oración es
propiamente el acto de religión ("Summa Theologiae" II-II, q.
83, a. 3). Esa definición es comúnmente reconocida también hoy como
universalmente válida en el ámbito de la historia de las religiones,
en términos paradójicamente más amplios que el mismo reconocimiento
de la relación de la religión con un Dios personal […].
El budismo sigue siendo el caso más relevante de una gran religión que
no deja espacio a un Dios personal sino que reconduce todo a la no
distinción de la "Nada", en la cual se disuelve cada
"yo" y cada "tú", incluido un presunto "Tú"
divino.
En este caso la oración cambia, por decir así, su naturaleza y se
convierte en una "mística" (en el sentido mucho más
diferente a la mística cristiana), es decir, el camino que conduce de
la distinción a la in-distinción y finalmente se presenta como la
experiencia misma de la in-distinción, que contribuiría a la realidad
suprema y decisiva, la única realmente vinculante, en el ámbito
religioso.
Pero en la perspectiva de la historia de la fenomenología de las
religiones esta no parece la aproximación espontánea y originaria a la
oración, que es – por el contrario – el de dirigirse a lo divino
como a un "Tú", aunque sea radicalmente superior, misterioso
e inefable, con el cual podemos entrar en relación – y él con
nosotros –, para hacérnoslo propicio y ser protegidos de las amenazas
y de las insidias de la vida, pero también para honorarlo en su
grandeza y reconocer nuestra deuda radical con él, o sea para adorarlo.
La función de la oración consiste precisamente en hacer posible y
realizar esta misteriosa relación. El mito, o mejor dicho los mitos,
ante todo los mitos de los orígenes, pueden ser considerados como el
contexto que explica e interpreta, en el cual la humanidad ha
estructurado y justificado por muchos milenios tal relación con lo
divino.
LA CRÍTICA GRIEGA AL MITO
Pero ya cinco o seis siglos antes de Cristo se desarrolló en Grecia,
una crítica racional y filosófica del mito, que tiende a sustituirlo
con el "logos", el discurso racional, como el conocimiento de
la realidad de nosotros mismos y del mundo, aunque dejándole un espacio
para guiar la vida de aquellos que no están en grado de valerse
plenamente del "logos", y también – en parte – para
aproximarse a aquellas realidades más elevadas a las cuales el "logos"
del hombre no puede llegar con certeza.
De todos modos, la filosofía griega no es "atea", al menos en
sus formas más prevalentes y más significativas. Al contrario, se
califica a sí misma también como "teología": pero una
teología ya no mítica, sino "física", natural, en el
sentido que ella aprehende racionalmente la verdadera naturaleza de lo
divino. Sería demasiado apresurado afirmar que esta teología filosófica
sea propiamente monoteísta, pero ella concibe de todos modos la
realidad suprema como unitaria, o sea como el Uno en la cima de la
realidad. El problema es más bien que este Uno o Absoluto como tal no
lo podemos "interpelar": precisamente por su trascendente
condición de absoluto no podemos entrar en relación con él y por lo
tanto la oración, acto y actitud fundamental del hombre religioso, no
puede dirigirse a él. Ella puede encontrar un significado y una
justificación sólo en un plano diferente, en relación a nuestras
necesidades existenciales y sociales, dirigiéndose en concreto a
aquellos dioses que son en realidad solamente imágenes del Absoluto,
construidas por nosotros y en vistas a nuestra necesidad.
Es interesante notar que en la misma época, el siglo VI a.C., en un área
geográfica y cultural muy diferente nacía el budismo, el cual puede
también entenderse como una crítica a las anteriores formas de religión
mítica e igualmente no deja espacio a la oración como relación
personal con un Tú divino.
LA REVELACIÓN BÍBLICA
Pero, siempre en el mismo periodo, una crítica igualmente radical del
politeísmo fue desarrollada por los profetas de Israel, en particular
por el Segundo Isaías (Is 40-50), en relación con el fin de la monarquía
davídica y el exilio en Babilonia. Pero se trata de una crítica
profundamente diferente, no basada en la razón humana como la de la
filosofía griega, y tampoco en la experiencia mística como la del
budismo, sino en la directa revelación del único Dios que a través
del profeta se dirige al pueblo de Israel.
La fe en Jahwè único Dios verdadero y la relación exclusiva con Él
tienen ciertamente raíces muy antiguas, teniendo que ver con el origen
mismo de Israel como pueblo, pero precisamente la gravísima crisis
constituida por el exilio en Babilonia y por el fin de la independencia
nacional, que de por sí tendía a poner en discusión la potencia del
Dios de Israel – derrotado, según la mentalidad de aquel tiempo, por
los dioses de Babilonia –, fue en cambio la ocasión para reaccionar
desarrollando y profundizando más la fe en Él como Creador del
universo y único Dios verdadero de todas las naciones.
Podemos decir además que sólo en Israel encontramos el monoteísmo en
sentido propio y pleno, cuya esencia consiste no simplemente en la
afirmación de la unicidad del Ser supremo, sino también en su "interpelabilidad",
en el poder relacionarnos a Él para rezarle, y en la consiguiente
exclusión del culto de otras divinidades.
Así la revelación bíblica superaba desde el inicio la separación que
padeció la religión en la antigüedad clásica, reunificando en el único
Dios que se revela a nosotros el Ser absoluto al que habían llegado de
alguna manera los filósofos y las divinidades a las que se podía
rendir culto, pero que ya habían sido reducidas por la crítica filosófica
a un mito privado de verdad y de sustancia.
En una perspectiva histórico-religiosa un divorcio en algunos aspectos
similar parece haber ocurrido hace ya muchos milenios antes: en efecto,
la creencia en un Ser supremo se encuentra presente prácticamente en
todos los pueblos y los mitos arcaicos, pero progresivamente este Dios
supremo parece alejarse del mundo y de los hombres, parece
desinteresarse de ellos y abandonar el propio poder a divinidades
inferiores, convirtiéndose así un "Deus otiosus", un Dios
ocioso, como tal siempre menos objeto de oración. La revelación bíblica
se pone pues como un grande y decisivo vuelco en la historia de la
religión y de las religiones: el Dios supremo ahora toma la iniciativa,
irrumpe en la escena del mundo y en la vida del hombre, presentándose
como el "Dios celoso", que quiere la oración, el culto y la
adoración únicamente para sí, porque solamente él es Dios y todo el
resto es su creatura.
Por lo tanto, en el Antiguo Testamento en la base de la oración está
la iniciativa de Dios que habla al hombre, el cual a su vez responde:
"Habla, Señor, que tu siervo escucha", dice el joven Samuel
(1Sam 3,9). La oración es pues un presentarse ante Dios vivo y su razón
fundamental es la alianza que Dios ha concluido con su pueblo y que
requiere la coherencia de vida, el fiel cumplimiento de la ley que Dios
ha dado. Las dimensiones ética y comunitaria están por lo tanto en
primer plano: pero cuando, como he señalado, la comunidad nacional
entre en crisis – a causa de su malvada infidelidad a la alianza –
asume mayor relevancia el carácter personal de la oración, como se
puede ver en muchos salmos.
LA ORACIÓN DE JESÚS
Con Jesús de Nazaret – y sobre todo con su oración personal, en la
cual se expresa su relación con Dios Padre – se tiene un ulterior
vuelco en la oración, más aún, un vuelco definitivo: una relación única
que nos hace penetrar de algún modo en el misterio de Dios porque el
hombre Jesús de Nazaret es y sabe que es el Hijo totalmente orientado
al Padre, el Hijo cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre (Jn
4,34), el Hijo que es verdaderamente conocido solamente por el Padre y
que a su vez es el único que conoce de verdad al Padre (Mt 11, 27), por
último, el Hijo que en la unidad del amor recíproco es una sola cosa
con el Padre (Jn 10,30). La Iglesia primitiva conservó en su forma
original aramea la palabra clave con la que Jesús se dirigía a Dios en
la oración, "Abba", que significa Padre con una nota de
profunda intimidad unida a un gran respeto y dedicación.
Jesús mismo introdujo a sus discípulos en su propia oración y en su
propia relación con el Padre, hasta enseñarles aquella oración
– el "Padre nuestro" – que será para siempre la oración
fundamental y característica del cristiano.
De ella nos limitaremos a observar que sus primeras tres frases se
refieren a Dios mismo, el reconocimiento y la adoración que, como
hijos, le debemos, mientras las otras cuatro se refieren a nuestras
esperanzas, a nuestras necesidades y a nuestras dificultades. En el
Nuevo Testamento como en el Antiguo la oración implica y exige pues
coherencia de vida, en concreto al unidad entre el amor a Dios y el amor
al prójimo, unidad que en el Nuevo Testamento viene radicalizada:
"todo lo que habéis hecho a uno solo de estos mis hermanos más
pequeños a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Como ha escrito
Benedicto XVI en su "Jesús de Nazaret": "Rezaremos mejor
cuanto más profundamente esté enraizada en nuestra alma la orientación
hacia Dios. Cuanto más sea ésta el fundamento de nuestra existencia, más
seremos hombres de paz. Seremos capaces de soportar el dolor, de
comprender a los demás y de abrirnos a ellos". (p. 163).
LA ORACIÓN DE LA IGLESIA
En la historia y en la vida de la Iglesia la oración ha ocupado y ocupa
un lugar de primer plano, que se hace plenamente visible sólo a quien
hace experiencia personal de la misma, o estudia directamente los
documentos históricos al respecto.
Esta oración se estructura ante todo como liturgia, oración pública y
comunitaria de la Iglesia que unida a Jesucristo se dirige en el Espíritu
Santo a Dios Padre. Aquí emerge en toda su riqueza de significado el
carácter específicamente trinitario de la oración cristiana, como
participación e introducción en la relación que Cristo tiene con Dios
Padre en el vínculo de amor del Espíritu Santo. Estamos inmersos, o
elevados, en una vida que no es la nuestra de hombres, de creaturas,
sino en la vida de Dios, y el Dios al cual nos dirigimos en la liturgia
no es un Dios genérico, y tampoco propiamente el Dios uno y trino, sino
el Dios Padre de Jesucristo y en Cristo Padre de todos nosotros.
En la oración cristiana, además, la dimensión pública y comunitaria
y aquella íntima y personal remiten una a la otra y crecen juntas: el
"nosotros" de la oración de la Iglesia se acompaña a la
escucha de aquel Dios que ve en el secreto y que estamos llamados a
encontrar en el nuestra habitación cerrada y en el secreto de nuestro
corazón (Mt 6, 5-6). En el curso de los siglos este carácter personal
de la oración ha encontrado muchas expresiones, no pocas veces
sublimes, que constituyen un tesoro precioso, como son también
preciosas las humildes expresiones de la piedad popular.
Una ulterior gran característica de la oración cristiana se refiere a
su dimensión "mística". No me refiero solamente a las
figuras de los grandes místicos de los que el cristianismo es rico de
manera excepcional, sino más radicalmente al carácter específico de
la mística cristiana, como lo podemos ya individuar en los escritos de
los apóstoles Pablo y Juan.
Ella se relaciona directamente a lo que hemos señalado de la oración
de Jesús y de su relación con Dios Padre. La fórmula joánica del recíproco
"permanecer en", por la como el Padre está en el Hijo y el
Hijo en el Padre, así también los creyentes están llamados a
permanecer en el Padre y en el Hijo, mientras el Padre y el Hijo
permanecen en ellos (Jn 17,21), expresa en manera insuperable aquella
unión con Dios que es el corazón de toda mística auténtica.
Pero aquí la unión con Dios es consecuente al don de sí que Cristo ha
cumplido históricamente en la cruz y exige la concreción ética del
amor por los hermanos que se expresa en obras: " Si nos amamos unos
a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a
su plenitud… Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar
a Dios a quien no ve" (1Jn 4, 12.20).
No es pues una mística cerrada en sí misma. Al contrario, está
inmersa dentro de la historia y exige conversión, el cambio de vida.
LAS OBJECIONES MODERNAS
Pero en este punto debemos tomar en consideración las múltiples
dificultades que ha encontrado la oración a partir de la época
moderna, especialmente en los países de religión cristiana. Algunas de
ellas tienen que ver con las ideas y convicciones y por largo tiempo han
tenido una menor difusión a nivel popular. Son fundamentalmente de tres
tipos.
Las primeras dificultades nacen de la negación de la existencia de
Dios, o al menos de una imposición agnóstica: piénsese por ejemplo en
el materialismo ya presente en algunos filones del iluminismo del siglo
XVIII, luego en Feuerbach y en el marxismo. Pero también las formas de
panteísmo que se representan ya a partir de Spinoza no dejan un espacio
real a la oración.
El segundo tipo de dificultad no pone a Dios en discusión, es decir el
"Tú" al que la oración se dirige, sino que lo considera
inaccesible a una relación personal con nosotros. Por ejemplo Kant, que
aunque conserva en buena parte el concepto cristiano de Dios, considera
la oración una "ilusión supersticiosa" ("La religión
en los límites de la sola razón", curada por M. M. Olivetti,
1993, p. 217), y con él varios otros, que consideran verdadera y auténtica
solamente una religión natural y común a todos los hombres, no una
religión revelada.
Llegamos así a la tercera causa de dificultad, que consiste en la
contestación del cristianismo. Primero esta se refería a la Iglesia
como institución y su poder social, pero luego se extendió mucho más
a poner en discusión los elementos centrales de la fe, como la
divinidad de Cristo y la posibilidad misma de una intervención de Dios
en la historia.
Al respecto pensamos espontáneamente en el iluminismo, sobre todo francés,
pero quizá más radical y más eficaz históricamente ha sido la crítica
al cristianismo conducida en Alemania a lo largo del siglo XIX, como
muestra muy bien el libro de K. Löwith "De Hegel a Nietzsche. La
fractura revolucionaria en el pensamiento del siglo XIX". En
particular esta crítica involucró la credibilidad histórica de la
figura de Cristo que nos es presentada por los Evangelios.
Se comprende fácilmente cuánto todo ello haya podido y pueda
obstaculizar la relación confiada y filial con Jesucristo y con Dios
Padre que es propio de la oración cristiana.
EL DESAFÍO DE LA SECULARIZACIÓN
Pero las dificultades que han tenido más amplio impacto sobre la gente
común dependen no de las ideas y de las teorías, sino de los enormes
cambios que han ocurrido en los últimos siglos, a un ritmo siempre más
insistente, como de las condiciones concretas de nuestra vida.
Me refiero a las revoluciones industriales y luego a las grandes
transformaciones que siguieron, que tienen su motor en el desarrollo de
las ciencias modernas y de las tecnologías a ellas relacionadas. El
mundo que deriva de ello y del que tenemos experiencia directa se
presenta a nosotros siempre más como obra del hombre y siempre menos
como "naturaleza", que remite a su Creador.
Más aún, el proceso de cambio es todavía más amplio, porque abraza
progresivamente las relaciones sociales y las instituciones, las
ciencias y en general el uso público de la razón. Estos son
reconducidos exclusivamente a la inteligencia y a la libertad del
hombre, sustrayéndolo al influjo de Dios y de la religión.
Este macro-proceso, que es denominado "secularización", ha
encontrado su expresión clásica ya en 1625 con la fórmula acuñada
por un gran jurista holandés, personalmente muy creyente, Ugo Grozio:
"etsi Deus non daretur", también si Dios no existiese.
El sentido de la fórmula es que el derecho natural, y en general los
ordenamientos del mundo, mantengan su validez también en la hipótesis
– para Grozio absolutamente impía – de que Dios no existiese. La
consecuencia práctica es la tendencia a reducir la relación con Dios a
su ámbito personal y privado, lo que hoy es teorizado a través de una
interpretación restrictiva del concepto de "laicidad".
Para ser concretos debemos agregar el gran y casi sofocante influjo
negativo que ejercitan el ruido intenso cotidiano, la idolatría del
dinero y del éxito, la ostentación de la sensualidad como finalidad en
sí misma. Así la oración corre el riesgo de ser sofocada no sólo a
nivel público sino también dentro de nuestro corazón.
En el dinamismo de la historia estos diferentes factores necesariamente
interactúan entre ellos y a veces confluyen en el intento de eliminar
la religión y la oración del horizonte de la humanidad. Los dos
mayores intentos de este tipo pertenecen uno a un pasado reciente pero
que en algunas partes del mundo opera todavía fuertemente, y el otro a
los años que estamos viviendo.
El primero es el ateísmo de estado promovido sistemáticamente por regímenes
comunistas. Se observa justamente que este intento ha fracasado, ya que
la fe y la oración han sobrevivido a su ataque y más todavía, en
ciertos aspectos, muestran una nueva vitalidad en los países que
pasaron a través de aquella experiencia. Pero esta es solamente una
parte del discurso: los daños y las destrucciones que causaron, dejaron
consecuencias profundas, respecto a la consistencia humana y moral de
tantas personas y de sociedades enteras, y también, específicamente,
respecto a su estar enraizados en el cristianismo.
De todos modos hoy nuestra atención debe dirigirse sobre todo a un fenómeno
mucho más complejo, sutil e impalpable que el ateísmo de estado.
Se trata del intento de presentar la religión y la oración por una
parte como algo que carecería de fundamento objetivo, porque Dios no
existe, o de todos modos no lo podemos conocer, o menos tiene un carácter
personal que haga que nosotros lo podamos interpelar. Por otra parte, en
cambio, la religión y la oración se explicarían muy bien cómo
nuestra función psicológica, que se radica en determinadas áreas de
nuestro cerebro, busca compensar nuestras necesidades de protección y
de seguridad y puede quizá haber desarrollado en el pasado un rol
positivo para la supervivencia y la evolución de nuestra especie.
Hago notar de paso que de este modo se descuida un carácter fundamental
de la experiencia religiosa, así como moral: cuando ella es auténtica
se relaciona con el Absoluto y por lo tanto no puede ser totalmente
explicada en función de descubrimientos relativos y contingentes sin
ser desconocida y negada en su verdadera esencia. Se les proponen otros
fines a la oración y a la experiencia religiosa, de modo consciente o
inconsciente, y pueden contribuir a alcanzarlo, pero sólo según la lógica
del "buscar primero el reino de Dios y su justicia y todas estas
cosas se os darán por añadidura " (Mt 6, 33).
En concreto, hoy frecuentemente se considera nefasto el influjo de la
religión y en particular de la fe en el único Dios.
De hecho, tendría un rol público propio, para comprimir la libertad de
los comportamientos y también para enfrentar entre sí a hombres
y pueblos según los diferentes credos que profesan, hasta convertirse
en matrices de violencia.
También en el plano personal las religiones serían causa de
infelicidad, provocando sentimientos de culpa y reprimiendo la alegría
de vivir.
LA ORACIÓN COMO CASO SERIO DE LA FE
No es este el lugar para afrontar los múltiples problemas que
obstaculizan el ejercicio de la oración en nuestro tiempo. Es justo
reconocer que estos no han pasado sin dejar huella y que muchas
personas, también de algún modo creyentes, han extraviado el sentido y
el gusto por la oración, además de su práctica: si bien después, a
veces, piden espontáneamente a otros que recen por ellos, mostrando así
que ha quedado en ellos al menos un pequeño aprecio y quizá alguna
nostalgia por la oración.
No faltan sin embargo los testimonios de un fenómeno inverso: aumentan
las personas, en particular entre los jóvenes, que tienen sed de oración
y toman decisiones valientes para satisfacerla. Una confirmación viene
del aumento, también en Italia y en Europa, de las vocaciones
contemplativas, muy significativo en un periodo en el cual – por el
contrario – las vocaciones sacerdotales y religiosas de vida activa
lamentablemente están disminuyendo en estos países.
En todo caso, más allá de los números de las estadísticas, y también
de todas las dificultades y condicionamientos que pueden provenir del
contexto socio-cultural, la oración, como la fe, es una opción
personal, en la cual la última palabra la tiene nuestra libertad. O
mejor, en una visión cristiana, en la oración y en la fe entran en
juego dos libertades, primero la de Dios y subordinadamente la del
hombre.
Por ello, aún siendo útil y necesario disipar cuanto sea posible la
niebla que actualmente vuelve el horizonte de la oración poco visible
en nuestra cultura, la cosa más importante es, para cada uno de
nosotros, la realidad y la calidad de nuestra oración personal. En el
plano personal, es casi confidencial, quisiera deciros que en mi
experiencia el ejercicio mismo de la oración hace crecer el deseo de
esta y hace a la fe más fuerte, segura y alegre.
En su "Introducción a la fe", un pequeño libro de hace casi
cuarenta años, el teólogo y hoy cardenal Walter Kasper escribió
algunas páginas sobre la oración que siguen siendo de gran actualidad.
Su título es "La oración como caso serio de la fe". En ella
se expresa en la forma más concreta la esencia del acto de fe y
convergen también, como en un punto crucial, todos los motivos de
crisis de fe de hoy en día.
En la oración, ante todo, tratamos de "tú" a Dios. ¿Pero
tiene sentido todavía, hoy, entender a Dios como persona? Es esta la
razón de fondo por la cual, hace cuarenta o cincuenta años, unos teólogos
protestantes, e incluso el obispo anglicano John A.T. Robinson, en el
libro "Honest to God", consideraron que la oración entendida
en sentido propio ya debía ser sustituida por la dedicación al prójimo.
En realidad, si hay algo de evidente en toda la Biblia, desde el Génesis
al Apocalipsis, es que Dios es sumamente inteligente y libre y toma Él
mismo la iniciativa de dirigirse personalmente a nosotros. No es pues
impersonal sino eminentemente personal, en un modo que, cierto, supera
infinitamente el modo humano de ser persona, así como toda otra categoría
puede ser aplicada a Dios solamente superando infinitamente las medidas
de nuestros conceptos.
Más aún, el Dios de Jesucristo es amor interpersonal, comunión de
personas, y precisamente así es perfecta unidad. Pero también en el
plano racional negar que Dios sea persona significa reducirlo a un fondo
oscuro y necesario del ser, y por tanto, paradójicamente significa
negar su trascendencia, que se quería en cambio proteger. Por lo demás,
si en la raíz del ser no hay una inteligencia y una libertad, el
universo entero no puede sino ser ciega necesidad y por tanto no puede
haber espacio ni siquiera para nuestra inteligencia, libertad y
personalidad.
Podemos agregar, con Walter Kasper, que la personalidad de Dios y su
distinción del mundo, constitutivas de la fe, tienen su correspondiente
práctico en la distinción de la oración del resto de la vida. Ello no
significa de hecho que la oración se indiferente a nuestras
situaciones, necesidades y expectativas, y tampoco que toda nuestra vida
no deba ser orientada hacia Dios y constituir en tal modo una forma de
oración, sino que la oración misma, para enraizarse en nosotros, tiene
necesidad de una autonomía respecto a los otros momentos de la vida y a
toda acción nuestra.
Precisamente en la autonomía de su relacionarse directamente a Dios la
oración nos hace libres y capaces de acoger con mirada purificada todas
las realidades de la vida, para afrontarlas no en una óptica egoísta
sino en la luz del amor misericordioso de Dios Padre. La oración es
pues la confutación vivida de un pensamiento puramente inmanente, que
ya no sabe encontrar el camino hacia el Creador, como también de una
idolatría de la acción y de sus resultados, que no deja espacio a la
experiencia de la gratuidad y al descubrimiento del lado más bello de
la vida.
Si de Dios pasamos al otro polo de la oración, o sea a nosotros mismos,
nuestro tiempo se nos presenta caracterizado por una auténtica explosión
de la subjetividad: cada uno de nosotros quiere ser ante todo uno mismo
y decidir por sí mismo los caminos de la propia vida, aunque
frecuentemente se termina prisionero de un bien orquestado conformismo.
La oración cristiana requiere la apertura de esta subjetividad nuestra,
ante todo a Dios, el encuentro con quien amplía nuestros horizontes
hasta el infinito, sanándolos una vez más del riesgo de una falsa
absolutización de nosotros mismos.
El hecho de que Dios se haya revelado a nosotros y, en Jesucristo, nos
haya mostrado su rostro – como dijo Jesús al apóstol Felipe,
"quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,9) – da a
nuestra subjetividad un punto de referencia decisivo, que no puede no
representar una orientación precisa para quien cree de verdad en el
revelarse de Dios.
Especialmente en la liturgia aprendemos a unir nuestra subjetividad e
interioridad al carácter objetivo del credo y del culto de la Iglesia.
En realidad precisamente por esto es un punto crucial, en la situación
actual de la fe: en ámbito religioso la explosión de la subjetividad
se hace muy frecuentemente un eclecticismo, que toma indiferentemente de
uno y de otra tendencia religiosa y espiritual lo que le parece que
conviene mejor a las necesidades y a los gustos de las personas. Pero de
este modo descuidamos el dato fundamental de que Dios mismo, en Israel y
luego plenamente en Cristo, se ha revelado personalmente a nosotros y
por lo tanto, quizá sin darnos cuenta de ello, nos alejamos de nuestra
fe. Rezar a la manera cristiana es pues esencial para ser y seguir
siendo cristianos.
HACIA UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA
Queda aún frente a nosotros, es más, dentro de nosotros, la dificultad
fundamental que nace no de teorías o contestaciones, sino del cambio de
nuestra situación en el mundo, por el cual en las circunstancias
normales de la vida hacemos experiencia de los resultados de nuestra
acción más que de la obra de Dios creador.
La indicación fundamental para encontrar en esta nueva situación el
sentido y los caminos de la oración ya nos la ha ofrecido Santo Tomás
de Aquino. Con el redescubrimiento de Aristóteles en Occidente él se
encontraba en confrontación con el aporte innovador y podemos decir
"moderno" del pensamiento aristotélico, que proponía una
interpretación a su modo "científica" del mundo, buscando
explicar los fenómenos a través de causas intramundanas y no mediante
referencias a influjos superiores y divinos, como hacía en cambio la
interpretación "religiosa" del mundo que había dominado
hasta entonces en el Medioevo.
Santo Tomás acoge plenamente esta nueva aproximación, pero no la ve
para nada como alternativa a la anterior: propone de hecho una "vía
intermedia" ("Q.D. de Veritate, q. 6, a. 2) que distingue un
espacio propio y complementario para cada una de las dos
interpretaciones: o sea, los fenómenos del mundo tiene sus causas
inmanentes, que han de ser buscadas con método racional, pero tienen
también, todas juntas, su raíz en la acción creadora de Dios, que se
refiere no solo el origen sino toda la existencia y el devenir del
universo, y del hombre en este.
Hoy el cuadro es ciertamente más complejo y la puesta en práctica de
la "vía intermedia" es pedida no sólo a los filósofos, sino
al hombre común, dado que tenemos que ver con otra "ciencia"
respecto a la de Aristóteles: una ciencia capaz de transformar el
mundo, y en alguna medida también a nosotros mismos.
Pero la indicación de fondo que nos ofrece Santo Tomás sigue siendo válida
y ha sido retomada por el Concilio Vaticano II, en particular en la
Gaudium et spes", 36. Se trata pues de desarrollarla y afinarla
conceptualmente, en relación a las realidades y a las ciencias de hoy,
y sobre todo de interiorizarla y concretizarla, haciendo de ella una línea
guía de nuestra personal relación con Dios, que en tal modo podrá
insertarse armónicamente en nuestra actual experiencia de vida. Hay aquí
una tarea muy demandante para la comunidad eclesial que, como ha escrito
Juan Pablo II en la "Novo millennio ineunte", 33, está
llamada a ser "escuela de oración".
Pero el Vaticano II ("Gaudium et spes" 37) nos ha ofrecido
también una indicación ulterior, que me parece particularmente
preciosa para vivir nuestra actual situación en el mundo con auténtica
alegría cristiana.
Por una parte debemos ser muy concientes que todas las actividades
humanas son puestas cotidianamente en peligro por la soberbia y por el
amor desordenado de nosotros mismos y por lo tanto tienen necesidad de
ser purificadas mediante la cruz y la resurrección de Cristo.
Pero por otra parte, el hombre redimido por Cristo y vuelto "nueva
creatura" por obra del Espíritu Santo (Gal 6, 15) puede y debe
amar las cosas que Dios ha creado, guardándolas y honorándolas como si
estuvieran apenas salidas de sus manos. Él da gracias por ellas a su
Autor y "usando y disfrutando" de las creaturas en pobreza y
en libertad de espíritu, es introducido en la verdadera posesión del
mundo, como si nada tuviera y todo poseyera (2 Cor 6,10): "Todo es
vuestro, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios" (1 Cor
3, 22-23).
El Concilio, para describir la aproximación cristiana a las cosas de
mundo, une al verbo "usar", que caracterizaba una
espiritualidad orientada a la fuga y al desprecio del mundo, la palabra
"disfrutar", que realiza una apertura hacia una nueva
espiritualidad cristiana, que podríamos llamar específicamente
moderna.
En ella encuentran plena legitimidad el compromiso con el mundo y la
simpatía por el mundo, como camino de acogida del amor de Dios por
nosotros y de ejercicio del amor a Dios y al prójimo: sin justificar
por esto alguna invasión del espíritu del mundo en la Iglesia y en el
alma del cristiano, sino permaneciendo siempre anclados a la cruz y
resurrección de Cristo, por tanto a la renuncia a nosotros mismos para
poder dar lugar al amor de Dios y del prójimo.
Queridos amigos, pidamos al Señor que podamos dirigirnos confiadamente
por este camino.
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El programa de la segunda edición del Festival de la Teología sobre
"La Palabra, las palabras. Oración y experiencia de Dios",
tenida en Plasencia del 22 al 24 de mayo:
> Festival della teologia. Programma 2009
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Las homilías y los discursos del Papa en visita a los lugares de san
Benito:
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Visita a Cassino y Montecassino, 24 de mayo de 2009
Y la exposición sobre el "quaerere Deum" efectuada por él en
París, en el Collège des Bernardins, el 12 de setiembre de 2008:
> "Buscar a Dios y dejarse encontrar por Él"
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En la ilustración bajo el título: obispo en oración, en el mosaico
absidal de la basílica de Santa Apolinaria en Classe, Ravena, siglo VI.
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Traducción en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú.
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29.5.2009
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