La
revolución ergonómica
Arturo Guerra
aguera@arcol.org
Cada mañana, desde sus
laboratorios, las empresas silleras se enzarzan en singular batalla por
sacar a la luz la silla más ergonómica del mercado...
Sillas con capacidad
giratoria. Sillas con respaldo móvil y adaptable a todo tipo de
espaldas, incluida la del jorobado de Notre Dame. Sillas con
sistema hidráulico o neumático de altura ajustable a cada cual.
Sillas que congenian anatómicamente con el ángulo de inclinación de
la pantalla de la computadora y la posición de las manos en el teclado.
Sillas reductoras del estrés lumbar. Poltronas modernamente
acojinadas que permiten a cualquier oficinista trabajar 18 horas
seguidas sintiéndose sobre una celestial nube. Sillas que anulan
cualquier elemento tosco y esconden tan bien los tornillos que luego no
hay quien las desarme. Sillas con cantos redondeados y
homologados, claro, por los ingenieros del CIME (Comité Internacional
de Mueblistas por la Ergonomía).
Sillas tapizadas con
piel de cocodrilo que -científicamente comprobado- logran que el
inquilino se transporte en la imaginación a un emocionante pantano del
Amazonas, casi sin darse cuenta de que se encuentra metido en la oficina
modificando meticulosas, interminables e insufribles fórmulas de Excel.
Sillas con ruedas,
claro. Ya es cosa del pasado oscurantista la incomodidad de
levantar o arrastrar una silla. Ruedas que te llevan al último
rincón de la oficina en fracciones de segundo: al armario, al
archivo, al pequeño refrigerador (quien tenga) o hasta el umbral de la
oficina contigua para compartir el último chisme de la vecindad; perdón,
de los Headquarters.
En fin, que la silla
ergónomica perfecta nunca llega pues siempre se le puede ergonomizar
algo más.
Y esto de la ergonomía
no se contenta con el mercado de las sillas. Puedes toparte con un
tenedor ergonómico: medida y volumen perfectos, distancia ideal entre
los pinchos, que, desde luego, son redondeados para evitar accidentes de
mal pulso o de fatales distracciones que desvíen el bocado de su
objetivo natural y lo lleven a estamparse contra la nariz o la
mejilla... Más que nada para evitar que a algún listillo se le
ocurra demandar a la compañía cubertera por no cumplir con los niveles
mínimos de ergonomía.
Y de los tenedores nos
vamos a los clips, inoxidables, cubiertos de plástico, que no pican, y
con la parte central ligeramente levantada para hacer más ergonómica
la operación de sujetar unos papeles.
¡Ay!, la ergonomía no
hay quien la detenga. Entra a los coches, y a los aviones, y a los
zapatos, y a las casas, y hasta a los parques naturales, y a la vida y a
la amistad, y a la fe...
Una fe cómoda.
Un cristianismo que no hace ruido, que no molesta a nadie, que no duele.
O sea, cristianismo ergonómico...
El Evangelio te pide
amar a Dios sobre todas las cosas.
“Bien. Sí. Sobre
todas las cosas menos sobre mi juguete preferido.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te pide
tomar la cruz.
“Bien, de acuerdo,
pero pásame un buen cojín para el hombro, contrátame tres ayudantes
fieles para que la carguen por mí, y que la cruz sea de la madera más
ligera del mercado”.
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te dice
que los limpios de corazón son los que verán a Dios.
“Bien pero no es para
tanto, tranquilo, no hay que ser exagerado, si todo el
mundo lo hace no tiene que estar tan mal.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te pide
amar a tu enemigo.
“Sí. Estoy de
acuerdo. Sólo a este desgraciado lo odiaré toda mi vida.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te pide
perdonar setenta veces siete.
“Bien, pero a éste,
no. Es que es un caso especial. Lo que me hizo es imperdonable.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te pide
desapegarte de tus posesiones.
“Sí. Lo que pasa es
que estamos en el siglo del consumismo, y por lo mismo tengo que
comprar y comprar, da igual si no lo necesito.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te invita
a la oración.
“Sí, es importante,
pero no hay tiempo, ¿no ves que soy una persona muy ocupada? El
tiempo libre debe ser más bien para un café, un cigarro, una
fiesta.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te pide
interrumpir tu camino para curar al que está tirado en la calle.
“Lo sé. Pero
hoy en día es peligroso. No sabes lo que puede pasar. Igual le ayudas y
luego no te agradece.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te pide
fidelidad.
“Bien pero uno debe
tener sus propias ideas, yo comparto muchas cosas de las que dice Jesús,
pero no estoy de acuerdo en algunos puntos de la moral.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
El Evangelio te dice
que estás de paso, que la vida es un soplo, que la aproveches minuto a
minuto.
“Sí, bien, pero
tampoco hay que amargarse, hay que aprovechar la vida haciendo lo que a
uno le gusta, no sabes lo bien que yo me llevo con la pereza.”
O sea, cristianismo
ergonómico.
Pero Cristo no metió
su Evangelio en el laboratorio de la ergonomía. O se vive tal
cual es o no es cristianismo.■
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