La sacralidad de la vida humana, o la debilidad de una ética sin Dios


La sacralidad de la vida humana, o la debilidad de una ética sin Dios

Desde diversos sectores de la cultura contemporánea se escuchan voces que insisten en la necesidad de “desacralizar la vida humana” . Despojada de su halo sacro, la vida humana se presenta como un bien del que se puede disponer libremente, conforme a criterios discrecionales de conveniencia. La Iglesia, sin embargo, en fidelidad a la revelación, considera que la vida humana “ha de ser tenida como sagrada” .

En este post indicaremos las principales razones por las cuales la Iglesia defiende la sacralidad de la vida humana; a saber: el respeto al Creador y la dignidad de la persona humana. Veremos cómo en el culto y en la oración, particularmente en la adoración, el hombre descubre su relación constitutiva a Dios, relación en la que se fundamenta tanto la sacralidad de su vida como su dignidad personal.

1. El respeto al Creador

Las razones que encuentra la Iglesia para considerar sagrada la vida humana son esencialmente dos: el respeto al Creador y la dignidad de la persona humana (cf Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, 466). De estas razones deriva un imperativo práctico: “No quites la vida del inocente y del justo” (Éxodo 23, 7).

La vida humana “es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una relación especial con el Creador, su único fin” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2258). Es decir, la vida humana es una realidad que es contemplada en toda su hondura sólo desde una mirada teológica; desde una mirada que deje a Dios ser Dios, y que comprenda todas las cosas en su relación con él.

Dios es, a la vez, el origen y el fin de la vida humana. Las dos cuestiones, la del origen y la del fin – con las que se inicia la Sagrada Escritura, tal como leemos en los primeros capítulos del Génesis - , son inseparables y “decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y de nuestro obrar” (Catecismo de la Iglesia Católica, 282).

No es casualidad que la desacralización de la vida humana vaya unida al exilio de Dios de la conciencia cultural contemporánea. Si no hay Dios, o si hemos de vivir como si Dios no existiese, entonces nada es creación suya, y ninguna realidad – tampoco la vida humana – guarda relación con Él, considerado como origen y como destino. Si no hay Dios, ni somos criaturas, entonces nuestra presencia en el mundo no parece obedecer a un porqué ni a un para qué, más allá del azar, del destino ciego o de una anónima necesidad (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 284).

Privada de su vínculo con Dios, desprovista de “esa especial relación con el Creador”, en la que consiste su singularidad, la vida humana se devalúa, pierde consistencia y densidad .

J. Ratzinger ha analizado agudamente esta conexión entre la pérdida de la relevancia de Dios y el menosprecio de la vida. En su libro “La Europa de Benito en la crisis de las culturas” dedica un capítulo a reflexionar sobre “el derecho a la vida y Europa”, en el que afirma:

“El reconocimiento ético de la sacralidad de la vida y el empeño por su respeto tienen necesidad de la fe en la creación como su horizonte: así como un niño puede abrirse con confianza al amor si se sabe amado y puede desarrollarse y crecer si se sabe seguido por la mirada de amor de sus padres, del mismo modo también nosotros conseguimos mirar a los otros respetando su dignidad de personas si hacemos experiencia de la mirada de amor de Dios sobre nosotros, que nos revela cuán preciosa es nuestra persona” .

El texto relaciona tres realidades: la sacralidad de la vida, la fe en la creación y la dignidad de la persona. Y sitúa estas realidades en la base de una ética del reconocimiento del otro. La mirada sobre el otro, particularmente sobre el débil, será una mirada atenta y respetuosa si nosotros mismos nos sentimos mirados por Dios, nuestro Creador. La ética prometeicamente humanista no basta, porque, sin Dios, termina por convertirse en una moral sin horizonte. Y cuando el horizonte se pierde, la mirada queda detenida en lo inmediato y comienza un declinar deslizante desde la consideración de lo valioso en sí mismo a la apreciación de lo meramente útil. Y de lo inútil, no valioso en sí mismo, uno puede deshacerse si le conviene.

2. La dignidad de la persona humana

Es en la relación fundante a Dios donde la persona descubre últimamente no sólo el valor de la vida humana, sino su propia condición de sujeto, de realidad irreductible a lo útil. El hombre, porque se descubre creado a imagen de Dios, se sabe persona, fin en sí mismo y nunca medio, dotado de una dignidad inalienable (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 357).

La vida humana es sagrada porque es siempre la vida de una persona, creada a imagen de Dios, y llamada a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 356). Nuevamente, nos encontramos con la cuestión del origen y del fin: el hombre es persona porque ha sido creado por Dios, “a imagen de Dios” (Génesis 1, 27), y para Dios, para conocerle y amarle. Ésta es “la razón fundamental” de su dignidad.

Sin Dios, no solamente la ética pierde su horizonte, sino que también la dignidad de la persona humana se ve privada de su razón fundamental. Cuando Dios no es tenido en cuenta, es muy fácil pensar que la dignidad de la persona se sustenta en la capacidad actual de ejercitar la autoconciencia, la libertad y la relación con los demás, cuando no en las meras disposiciones de un código legal puramente positivo.

Si no se reconoce que la raíz de la dignidad de la persona humana y, en consecuencia, de sus derechos inherentes, deriva “del acto creador que la ha originado” , entonces se han dado los primeros pasos para que los derechos de la persona pasen a ser, simplemente, los derechos del más fuerte, de aquel que puede hacer valer, por la fuerza, sus derechos; bien sea por la fuerza de los votos, por la fuerza de la ley, o por la fuerza de los intereses económicos.

Nuestra sociedad es testimonio elocuente de cómo un “Estado de derecho” es compatible, en la práctica, con la privación de los derechos de los más débiles, si estos entran en contradicción con los derechos de los más fuertes. Existe una plena coherencia en la doctrina católica al indicar que el derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida ha de ser “un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación” (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2273). Donde este derecho no es respetado, el Estado “niega la igualdad de todos ante la ley” .

3. La adoración como reconocimiento del Creador

El testimonio y el anuncio de Dios en nuestro mundo exigen el recuerdo permanente de nuestra condición de creaturas. Anunciar a Dios supone reconocerse a sí mismo constituido por la relación fundante a Dios como origen y como fin.

Toda la historia de la salvación, cuyo comienzo es la creación, se orienta a hacer posible el retorno a Dios como fin último del mundo y del hombre. Este retorno a Dios se realiza por Cristo, mediador y plenitud de toda la creación (cf Colosenses 1, 16-17), y por el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida. La Iglesia se inscribe en este designio divino como convocatoria de salvación, en orden a la cual fueron creadas todas las cosas: “El mundo fue creado en orden a la Iglesia”, decían los primeros cristianos .

Si la creación está a la base de todos los designios salvíficos de Dios, el Misterio de Cristo - su Misterio Pascual, que supone el cumplimiento de una vez por todas del plan salvador de Dios - ilumina también con su luz el misterio de la creación (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 280). Esta verdad se ve reflejada en la Liturgia de la Iglesia. Así, en la Vigilia Pascual, que celebra la nueva creación en Cristo, la proclamación de las lecturas comienza siempre con el relato bíblico de la creación.

El culto y la oración avivan el recuerdo de la creación. El movimiento de salida de Dios y de retorno a Él se realiza en la celebración litúrgica, caracterizada por la bendición de Dios y por la alabanza, que integra las otras formas de oración, llevándolas, por Cristo y en el Espíritu Santo, a Aquel que es su fuente y su término (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2639).

De entre las formas de oración integradas en la alabanza, la adoración es “la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador” (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2682). Constituye, por ello, el primer acto de la virtud de la religión (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2096). La adoración restituye al hombre la verdad esencial, y liberadora, acerca de sí mismo: proviene de Dios y está orientado a Dios.

La defensa del valor de la vida humana es una consecuencia de la fe y del reconocimiento adorante de Dios Creador, porque es en la adoración donde el hombre descubre su religación a Dios, en la que radica tanto la sacralidad de su vida como su dignidad como persona.

Las ofensas a la vida humana se han tornado en nuestra cultura un fenómeno cotidiano, en buena parte pacíficamente asumido, sin capacidad ya de sorprendernos o maravillarnos. Asistimos, a veces pasivamente, al avance de una cultura – o mejor, anti-cultura - de la muerte que es efecto de dar la espalda al Dios de la vida, de la renuncia a adorar, de la voluntad engañosa de sustituir el reconocimiento de Dios como Creador por el repliegue en una libertad ilusoria, por la esclavitud del pecado o por la idolatría del mundo, en sus diversas variantes (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2097).

Sería un error convertir la causa de la defensa de la vida en un empeño puramente ético. Los cristianos sabemos que, sin el aliento de la oración, es imposible obedecer los mandamientos de Dios (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2098) y, en consecuencia, que sin adoración de Dios se oscurece el horizonte donde se asienta el reconocimiento del prójimo.

4. Orar por la vida

La proclamación, la vivencia y la celebración del Misterio de Cristo comprende el anuncio, el testimonio y la celebración del Evangelio de la vida, como ha enseñado el Papa Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae .

Celebrar el Evangelio de la vida supone desarrollar una mirada contemplativa que sepa venerar y respetar a todo hombre; pide celebrar al Dios de la vida, en la oración diaria y en las celebraciones del año litúrgico, particularmente en los sacramentos, así como en la existencia cotidiana, no exenta tantas veces de heroísmo.

En este sentido, Juan Pablo II propone en la encíclica Evangelium vitae, fechada el 25 de Marzo de 1995, la celebración anual de una Jornada por la Vida:

“acogiendo también la sugerencia de los Cardenales en el Consistorio de 1991, propongo que se celebre cada año en las distintas Naciones una Jornada por la Vida, como ya tiene lugar por iniciativa de algunas Conferencias Episcopales. Es necesario que esta Jornada se prepare y se celebre con la participación activa de todos los miembros de la Iglesia local. Su fin fundamental es suscitar en las conciencias, en las familias, en la Iglesia y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y del valor de la vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando particularmente la atención sobre la gravedad del aborto y de la eutanasia, sin olvidar tampoco los demás momentos y aspectos de la vida, que merecen ser objeto de atenta consideración, según sugiera la evolución de la situación histórica”.

En muchos lugares se ha elegido como fecha de esta Jornada por la Vida el día 25 de Marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor. La elección nos parece muy adecuada. Aunque se hubiese optado por otra fecha para la Jornada, creemos, no obstante, que sería muy oportuno celebrar, en la noche de la víspera de la Anunciación, una “Vigilia de oración por la Vida” .

La Solemnidad de la Anunciación celebra el misterio de la Encarnación del Verbo, el misterio por el cual el Hijo de Dios ha asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 461). Por obra del Espíritu Santo, Jesucristo fue concebido como hombre en el seno de la Virgen María: “Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” .

Los textos de la Misa de la Solemnidad de la Anunciación celebran la entrada del Señor en el mundo , confesándole “como Dios y como hombre verdadero” . En su Encarnación se cumple la señal dada a Acaz: “la virgen está encinta” (cf Isaías 7, 10-14, 8, 10; cf Lucas 1, 26-38), porque Dios ha preparado a su Hijo un cuerpo a través del cual iba a cumplir su voluntad (cf Hebreos 10, 4-10). La Liturgia canta también a María por ser la Virgen que “creyó el anunció del ángel” y llevó a Cristo hecho hombre “en sus purísimas entrañas con amor” .

La realidad divina de la salvación nos llega de este modo a través de la realidad, no por divina menos humana, de la concepción en el seno de María del “Dios-con nosotros”, del Hijo de la Virgen, que se hizo hombre por salvar a los hombres.

La Encarnación del Hijo de Dios significa la máxima proximidad de Dios a lo creado; entraña, por consiguiente, la máxima aprobación de todo lo que Él había hecho -“y vio Dios que era bueno” – , y marca el comienzo de la nueva creación en Cristo, “cuyo esplendor sobrepasa al de la primera” (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 359).

La vida humana pasa a ser, por la Encarnación, vida de Dios, ya que “todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina como a su propio sujeto” (Catecismo de la Iglesia Católica, 468).

La sacralidad de la vida humana, así como la dignidad de la persona, encuentran en la Encarnación del Hijo de Dios no sólo una confirmación, sino una verdadera exaltación. En Él, el hombre perfecto, “la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual” . Porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre, “en cada niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo” .

Conclusión

El culto cristiano es alabanza al Dios vivo y verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo. De Él recibimos todas las bendiciones, desde el haber sido creados hasta el don de la vida nueva que infunde en nosotros por la fe y el bautismo. La oración nos sitúa ante la verdad última sobre nosotros mismos: somos creaturas de Dios, hechos a su imagen, llamados a entrar en diálogo personal con nuestro Creador. La adoración nos da la capacidad de reconocer a Dios y de contemplar todas las cosas en relación con Él. Del reconocimiento de Dios brota el reconocimiento del otro como un sujeto indisponible, cuya dignidad no puede ser jamás vulnerada. La defensa de la sacralidad de la vida humana no es, en primer lugar, un empeño ético, sino una consecuencia de adorar a Dios “en espíritu y en verdad” (Juan 4, 24), de adorar a Aquel que envió al mundo a su Palabra para hacerse carne y acampar entre nosotros a fin de que pudiésemos contemplar su gloria (cf Juan 1, 14).

Guillermo JUAN MORADO.

religionenlibertad.com