La sociedad que desconoce el amor

 

 
Josep Miró i Ardèvol

 

El amor en sus diversas manifestaciones, ágape, eros, philia, xenia, que es el fundamento del ser humano, no existe para las ciencias sociales. ¿Cómo puede entonces entender la realidad? La sociología, la economía, la más colonizadora de las ramas del saber, la propia historia y la antropología, a duras penas la sociología, y ya en otro campo conexo, la psiquiatría, ignoran el amor. Escojamos la economía por ser ella quien en mayor medida marca la pauta. Desde la teoría neoclásica se ha enriquecido con diversos aportes y conceptos que operan en el desenvolvimiento económico, teorías endógenas, neo institucionales, capital humano, capital social, teoría de juegos, no hay ningún espacio para algún tipo de amor. En otros términos es lo que apuntaba Benedicto XVI en Caritas in veritate. Pero el amor está ahí, presente, seguramente cada vez menos, sin él no se explica el acto humano -el que precisamente estudia la economía-, no existe literatura, ni gran parte de las artes plásticas y cinematográficas. Amor de donación, de concupiscencia, de reciprocidad, de fraternidad, filial, al extraño, a los otros ciudadanos por ser miembros de la misma comunidad. Está pero no existe. ¿Cómo podemos construir algo real y sólido bajo ese absurdo?

En la política tal y como se practica, el concepto de amor es desconocido, pero para que pueda realizarse es necesario un fin compartido, el bien común, y el medio básico para alcanzarlo, se requiere de un medio, la concordia, la amistad civil aristotélica, pero tales cosas ni están ni se las espera. ¿Cómo se pueden solucionar así los grandes problemas? Al contrario, de esta manera solo se consigue multiplicarlos.

El amor puede tener un substituto menor, el deber, el deber-por–amor, pero en nuestra sociedad desvinculada solo existe la preferencia subjetiva y la realización del deseo, y esto es simplemente catastrófico, porque sin ambos no existen vínculos. La sociedad desvinculada es una contradicción en sus términos. Sin vínculos solo existe el recurso a la coacción y al formateado de las mentes. El régimen neoliberal actual actúa en la práctica bajo estos supuestos para imponer lo que considera correcto, que no bueno, porque tal cosa no existe.

Y esta ausencia de amor se extiende también al ámbito estrictamente personal. No podía ser de esta manera, porque el ser humano piensa y decide dentro de marcos de referencia, y en él nuestro el amor carece de existencia. Por eso el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han puede escribir: “Hoy el amor se positiva en sexualidad, sometida al dictado del rendimiento. El sexo es rendimiento. Y la sensualidad un capital que ha de aumentar. El cuerpo equivale a una mercancía. El otro es sexualizado como objeto excitante. Pero no se puede amar al otro despojado de su alteridad, solo se le puede consumir. Así la persona ha sido fragmentada en objetos sexuales parciales. No hay ninguna personalidad sexual. Y eso, sostengo, es una más de las grandes contradicciones de nuestro tiempo”. El sexo por si solo entendido como relación no confiere ninguna identidad, solo crea seres fragmentados, como escribe Byung-Chu, pero al mismo tiempo esta sociedad afirma la búsqueda de la identidad -este es uno de los principios de la ideología de género- en la relación sexual. Ese es el principio indiscutible -según ellos- de la afirmación gay y lésbica, de la justificación de la transexualidad, bisexualidad e intersexualidad como identidades humanas completas y distintas. Pero ahí no hay tal cosa, solo una vivencia fragmentada de lo humano, y como mucho un valor de cambio y de rendimiento sexual, de ahí la insatisfacción permanente por que no se realiza lo anunciado por mucho que se legisle.