Durante estas vacaciones he visto muy poca televisión, lo cual es
ciertamente muy recomendable para la salud espiritual. Sin embargo,
dediqué un par de días a echarle un vistazo a los programas del
corazón, para ver si la degeneración de los mismos seguía por el
camino habitual de los últimos años. Lo primero que me sorprendió
es que algunas caras siguen siendo las mismas. Por ejemplo, vi que
todavía están la tal Belén Esteban, uno de los Matamoros, la
irrepetible Karmele, el tipo ese que salió de un Gran Hermano, etc.
Es decir, si ves un programa de esos enlatado de hace 5 años y lo
comparas con uno emitido ayer, es exactamente lo mismo. La
misma basura si acaso con algunas arrugas y canas de más.
Una cosa es segura. Si ese tipo de programas se emiten es porque
tienen la suficiente audiencia como para hacerlos rentables. Y eso
supone que en este país hay el suficiente número de personas
interesadas en conocer de primera mano los adulterios,
fornicaciones, orgías, drogradicciones y degeneración moral múltiple
de personas famosas. De hecho, la fama de muchos personajes se
basa exclusivamente en su habilidad para cambiar de pareja cada cierto
tiempo. La crisis no les ha llegado. Para ellos siempre hay
dinero.
Lo que más gracia me hizo es cuando en uno de esos programas se
informaba de que una de las “señoritas” que aparecía en los
mismos se dedicaba a la prostitución de lujo. Todos se miraban a la
cara como diciendo, ¿has visto qué indecencia? O sea, los mismos que
venden su alma y su cuerpo al ídolo de las exclusivas del corazón, se
rasgan las vestiduras porque una de sus rameras se entrega en los
brazos de un jeque árabe rico.
Y yo me pregunto, ¿en qué se diferencia la prostituta de
lujo de los que venden su vida privada para que todos los
españoles sepan con quiénes se acuestan o dejan de acostar? Me
merece mucho más respeto la mujer que se ve obligada a prostituirse
en la calle que el señor que presume de sus conquistas delante de una
cámara o que la folclórica avejentada que se busca un maromo con el
que salir cogida del brazo.
En todo caso, como he señalado antes, ese mundillo no sobreviviría
sin la complicidad de la audiencia. Efectivamente, es necesario decir
que quienes disfrutan de esos programas son en cierta forma cómplices
de todos los pecados que en ellos se exhiben. Sería deseable
que los obispos españoles dedicaran un buen documento destinado a
pedir a los fieles que se abstengan de participar de las actividades
de esa Sodoma y Gomorra televisiva. Hemos de seguir el ejemplo de Lot
y apartarnos de esa bazofia. Nuestros púlpitos deben ser
también altavoces de denuncia de la degeneración moral que emana de
esa programación indecente. No se puede ser buen cristiano y
regodearse con el pecado ajeno. No creo que moralmente sea mucho menos
grave ver esos programas que ver una película pornográfica. Al fin y
al cabo, no hay mucha diferencia entre un actor pornográfico y los
personajes que aparecen en esa basura. Unos y otros le sacan
rentabilidad económica a sus cuerpos, a sus pecados, a su miseria
moral.
Luis Fernando Pérez