La teología que le agrada al Papa teólogo
Es la de los monasterios y catedrales de los siglos de oro del Medioevo.
Benedicto XVI ha desvelado sus maravillas a los peregrinos venidos a la
audiencia general. Ha querido dar así también una lección a los teólogos
de hoy
por Sandro Magister
ROMA, 2 de noviembre de 2009 – En la audiencia general del pasado miércoles,
Benedicto XVI ha hecho una excepción. No ha retratado la figura de un
Padre de la Iglesia o de un gran autor cristiano medieval, como lo
realiza desde hace tiempo de modo sistemático. El otro miércoles, por
ejemplo, había hablado de Bernardo de Claraval, y el miércoles
anterior de Pedro el Venerable, gran abad de Cluny.
No. Esta vez el Papa Joseph Ratzinger transformó su catequesis en una
lección de historia de la teología. La dedico por completo a describir
la teología latina del siglo XII, la que florecía en las abadías y en
las catedrales, la que tendrá su fruto maduro en el siglo siguiente con
las obras maestras de santo Tomás de Aquino y san Buenaventura de
Bagnoregio.
Como es la práctica, el texto escrito de las catequesis papales de los
miércoles es preparado por expertos de confianza, competentes en el
ramo. Benedicto XVI ve antes el texto, le pone sus anotaciones, lo
corta, lo integra. En suma, lo hace suyo. Y cuando finalmente lo lee a
los fieles, frecuentemente se separa de él, improvisando. El invierno
pasado www.chiesa reprodujo las cinco catequesis dedicadas por el Papa a
San Agustín subrayando en ellas los numerosos pasajes en los cuales se
había separado del texto escrito.
Para este periodo el experto principal es Inos Biffi, estudioso de la
teología medieval de rara profundidad y de nítida escritura, como se
puede constatar de la imponente bibliografía que la editora Jaca Book
está publicando íntegramente en espléndidos volúmenes. Con él
sucede más raramente que Benedicto XVI se separe del texto escrito
cuando predica a los fieles. La impresión es que hay un a fuerte
consonancia entre el Papa y su actual "ghostwritter", tanto en
el pensamiento como en el modo de exponer.
En la catequesis del miércoles pasado sobre el florecimiento teológico
del XII siglo, hubo una cita particularmente reveladora.
Es la cita de un ensayo del estudioso benedictino del siglo pasado Jean
Leclercq, dedicado a la teología medieval monástica, titulado así:
"L’amour des lettres et le désir de Dieu [El amor a las palabras
y el deseo de Dios]".
Este libro es muy querido por Ratzinger teólogo. Como Papa ya lo había
citado en una anterior ocasión, en uno de los discursos más
importantes de su pontificado, el pronunciado el 12 de setiembre en París
en el Collège des Bernardins, dirigiéndose al mundo de la cultura.
La grandeza de la teología monástica medieval, en la interpretación
que dan de ella Leclercq, Biffi y Ratzinger, está en unir la búsqueda
de Dios a las ciencias de la palabra, de la lengua, de las letras. Búsqueda
de Dios y cultura de la palabra hacen una unidad, no sólo en la teología
sino también en la elevación espiritual. Y fundan la civilización
europea.
Pero junto a la teología monástica, en el siglo XII floreció también
la teología escolástica, la de las escuelas de las catedrales. Con una
impronta potentemente racional, de diálogo fructuoso entre "fides
et ratio", entre fe y razón.
Con esta lección sobre la gran teología medieval, es como si Benedicto
XVI hubiera querido trazar una línea maestra para la teología de hoy.
Como Papa teólogo que es.
A continuación el texto completo de su lección.
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Teología monástica y teología escolástica
por Benedicto XVI
Audiencia general del miércoles 28 de octubre del 2009
Queridos hermanos y hermanas, hoy me detengo en una interesante página
de la historia, que atañe al florecimiento de la teología latina en el
siglo XII, gracias a una serie providencial de coincidencias.
En los países de Europa occidental reinaba por aquel entonces una paz
relativa, que aseguraba a la sociedad el desarrollo económico y la
consolidación de las estructuras políticas, y favorecía una intensa
actividad cultural, entre otras causas gracias a los contactos con
Oriente. En la Iglesia se advertían los beneficios de la vasta acción
conocida como "reforma gregoriana", promovida vigorosamente en
el siglo anterior, que había aportado una mayor pureza evangélica a la
vida de la comunidad eclesial, sobre todo en el clero, y había
restituido a la Iglesia y al Papado una auténtica libertad de acción.
Además, se iba difundiendo una amplia renovación espiritual, sostenida
por un fuerte crecimiento de la vida consagrada: nacían y se
expandían nuevas Órdenes religiosas, mientras que las ya existentes
vivían una prometedora recuperación.
La teología también volvió a florecer y adquirió una mayor
conciencia de su naturaleza: afinó el método, afrontó problemas
nuevos, avanzó en la contemplación de los misterios de Dios, produjo
obras fundamentales, inspiró iniciativas importantes en la cultura,
desde el arte hasta la literatura, y preparó las obras maestras del
siglo sucesivo, el siglo de santo Tomás de Aquino y de san Buenaventura
de Bagnoregio.
Los ambientes en los que tuvo lugar esta intensa actividad teológica
fueron dos: los monasterios y las escuelas de la ciudad, las
"scholae", algunas de las cuales muy pronto darían vida a las
universidades, que constituyen uno de los típicos "inventos"
de la Edad Media cristiana.
Precisamente a partir de estos dos ambientes, los monasterios y las
scholae, se puede hablar de dos modelos diferentes de teología:
la "teología monástica" y la "teología escolástica".
Los representantes de la teología monástica eran monjes, por lo
general abades, dotados de sabiduría y de fervor evangélico, que se
dedicaban esencialmente a suscitar y a alimentar el deseo amoroso de
Dios.
Los representantes de la teología escolástica eran hombres cultos,
apasionados por la investigación; "magistri" deseosos de
mostrar la racionabilidad y la autenticidad de los misterios de Dios y
del hombre, en los que ciertamente se cree por la fe, pero que también
se comprenden con la razón.
La distinta finalidad explica la diferencia de su método y de su manera
de hacer teología.
***
En los monasterios del siglo XII el método teológico estaba vinculado
principalmente a la explicación de la Sagrada Escritura, de la
"sacra pagina", como decían los autores de ese periodo; se
practicaba especialmente la teología bíblica. Todos los monjes
escuchaban y leían devotamente las Sagradas Escrituras, y una de sus
principales ocupaciones consistía en la lectio divina, es decir, en la
lectura orante de la Biblia. Para ellos la simple lectura del texto
sagrado no era suficiente para percibir su sentido profundo, su unidad
interior y su mensaje trascendente. Por tanto, era necesario practicar
una "lectura espiritual", llevada a cabo en docilidad al Espíritu
Santo. En la escuela de los Padres, la Biblia se interpretaba alegóricamente,
para descubrir en cada página, tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento, lo que dice de Cristo y de su obra de salvación.
El Sínodo de los obispos del año pasado sobre la "Palabra de Dios
en la vida y en la misión de la Iglesia" recordó la importancia
del enfoque espiritual de las Sagradas Escrituras. En este sentido, es
útil tomar en consideración la herencia de la teología monástica,
una ininterrumpida exégesis bíblica, como también las obras
realizadas por sus representantes, valiosos comentarios ascéticos a los
libros de la Biblia.
A la preparación literaria la teología monástica unía la espiritual;
es decir, era consciente de que no bastaba con una lectura puramente teórica
y profana: para entrar en el corazón de la Sagrada Escritura, hay
que leerla identificándose con el espíritu con el que fue escrita y
creada. La preparación literaria era necesaria para conocer el
significado exacto de las palabras y facilitar la comprensión del
texto, afinando la sensibilidad gramatical y filológica. El estudioso
benedictino del siglo pasado Jean Leclercq tituló así el ensayo con el
que presenta las características de la teología monástica: "L'amour
des lettres et le désir de Dieu [El amor por las palabras y el deseo de
Dios]". Efectivamente, el deseo de conocer y de amar a Dios, que
nos sale al encuentro a través de su Palabra que debemos acoger,
meditar y practicar, lleva a intentar profundizar los textos bíblicos
en todas sus dimensiones.
Hay otra actitud en la que insisten quienes practican la teología monástica:
una íntima actitud orante, que debe preceder, acompañar y completar el
estudio de la Sagrada Escritura. Puesto que, en resumidas cuentas, la
teología monástica es escucha de la Palabra de Dios, no se puede dejar
de purificar el corazón para acogerla y, sobre todo, no se puede dejar
de encenderlo de fervor para encontrar al Señor. Por consiguiente, la
teología se convierte en meditación, oración y canto de alabanza, e
incita a una sincera conversión. No pocos representantes de la teología
monástica alcanzaron, por este camino, las más altas metas de la
experiencia mística, y constituyen una invitación también para
nosotros a alimentar nuestra existencia con la Palabra de Dios, por
ejemplo, mediante una escucha más atenta de las lecturas y del
Evangelio, especialmente en la misa dominical. Es importante también
reservar cada día cierto tiempo para la meditación de la Biblia, a fin
de que la Palabra de Dios sea lámpara que ilumine nuestro camino
cotidiano en la tierra.
***
La teología escolástica, en cambio – como decía –, se practicaba
en las "scholae", que surgieron junto a las grandes catedrales
de la época, para la preparación del clero, o alrededor de un maestro
de teología y de sus discípulos, para formar profesionales de la
cultura, en una época en la que el saber era cada vez más apreciado.
En el método de los escolásticos era central la "quaestio",
es decir, el problema que se plantea al lector a la hora de afrontar las
palabras de la Escritura y de la Tradición. Ante el problema que estos
textos autorizados plantean, surgen preguntas y nace el debate entre el
maestro y los alumnos. En ese debate aparecen, por una parte, los temas
de la autoridad; y, por otra, los de la razón, y el debate se orienta a
encontrar, al final, una síntesis entre autoridad y razón para
alcanzar una comprensión más profunda de la Palabra de Dios. San
Buenaventura dice al respecto que la teología es "per
additionem" (cf. "Commentaria in quatuor libros
sententiarum", I, proem., q. 1, concl.), es decir, la teología añade
la dimensión de la razón a la Palabra de Dios y de este modo crea una
fe más profunda, más personal y, por tanto, también más concreta en
la vida del hombre.
En este sentido, se encontraban distintas soluciones y se formaban
conclusiones que comenzaban a construir un sistema de teología. La
organización de las "quaestiones" llevaba a la elaboración
de síntesis cada vez más extensas, pues se componían las diversas
quaestiones con las respuestas encontradas, creando así una síntesis,
las denominadas "summae", que eran en realidad amplios
tratados teológico-dogmáticos nacidos de la confrontación entre la
razón humana y la Palabra de Dios.
La teología escolástica tenía como objetivo presentar la unidad y la
armonía de la Revelación cristiana con un método, llamado
precisamente "escolástico", de la escuela, que confía en la
razón humana: la gramática y la filología están al servicio
del saber teológico, pero con mayor motivo lo está la lógica, es
decir, la disciplina que estudia el "funcionamiento" del
razonamiento humano, de manera que resulte evidente la verdad de una
proposición. Todavía hoy, leyendo las "summae" escolásticas
sorprende el orden, la claridad, la concatenación lógica de los
argumentos, y la profundidad de algunas intuiciones. Con lenguaje técnico
se atribuye a cada palabra un significado preciso, y entre el creer y el
comprender se establece un movimiento recíproco de clarificación.
Queridos hermanos y hermanas, retomando la invitación de la primera
carta de san Pedro, la teología escolástica nos estimula a estar
siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de
nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Sentir nuestras las preguntas y de
ese modo ser capaces de dar también una respuesta. Nos recuerda que
entre fe y razón existe una amistad natural, fundada en el orden mismo
de la creación. El siervo de Dios Juan Pablo II, al comienzo de la encíclica
"Fides et ratio" escribe: "La fe y la razón son
como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad". La fe está abierta al esfuerzo de
comprensión por parte de la razón; la razón, a su vez, reconoce que
la fe no la mortifica, sino que la lanza hacia horizontes más amplios y
elevados.
Aquí se introduce la perenne lección de la teología monástica. Fe y
razón, en diálogo recíproco, vibran de alegría cuando ambas están
animadas por la búsqueda de la unión íntima con Dios. Cuando el amor
vivifica la dimensión orante de la teología, el conocimiento que
adquiere la razón se ensancha. La verdad se busca con humildad, se
acoge con estupor y gratitud: en una palabra, el conocimiento sólo
crece si ama la verdad. El amor se convierte en inteligencia y la teología
en auténtica sabiduría del corazón, que orienta y sostiene la fe y la
vida de los creyentes. Oremos, pues, para que el camino del conocimiento
y de la profundización de los misterios de Dios siempre esté iluminado
por el amor divino.
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Los links a todas las audiencias generales de Benedicto XVI, en los
diferentes idiomas:
>
Audiencias
El discurso que el Papa tuvo el 12 de setiembre de 2008 en París en el
Collège des Bernardins, sobre el genio civilizador de la teología monástica
medieval:
>
"Buscar a Dios y dejarse encontrar por Él"
En www.chiesa, las cinco catequesis dedicadas por Benedicto XVI a san
Agustín, señalando los pasajes en los cuales se separó del discurso
escrito, improvisando:
>
Exclusivo. Las palabras que Benedicto XVI agrega improvisando cuando
predica a los fieles
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