La Verónica

 

Vamos ya casi llegando a los dos grupos femeninos anónimos que todavía aparecen en el Evangelio: las que le habían  seguido desde Galilea y las que le lloraron en el camino del Calvario.

Pero n antes de llegar a ellas, ya fuera del Evangelio, ya en plena tradición y leyenda, pero con más relieve que estos grupos anónimos, hemos de fijamos en la Santa mujer Veronica.

¿Es leyenda? ¿,Es historia? ¿Existio? ¿,No existio? Este es un pequeno problema que preocupaba mucho a nuestros abuelos. Sin embargo, la crítica ahora ha cambiado de postura. La crítica del siglo XIX, pedantona y racionalista, lo negaba todo; la crítica actual todo lo comprueba.

La Verónica de las tradiciones primitivas no es la que hoy se venera, según la sexta estación del <<Via Crucis>>: la que enjuga el rostro de Nuestro Señor, camino del Calvario. En las primitivas versiones —a partir del <<Acta Pilati>>— la Veronica es la misma mujer aquella a quien Cristo curó de su flujo de sangre. Esta mujer, según la tradición de Cesarea de Filipo, era pagana, y al recibir ese beneficio de Cristo mandó fundir en bronce una figura del Maestro, que colocó como monumento de gratitud sobre una columna. Ya está aqui el rasgo esencial que se mantiene incólume al través de las varias versiones: la Veronica es siempre la mujer que quiso tener la efigie de Nuestro Señor. Lo que varía luego es la forma, el modo y la ocasión. Más tarde, Veronica —a quien algunos llaman tambien <<Berenice>>—, en su afán de tener la verdadera efigie de Cristo, encargará a San Lucas que le pinte su retrato, y como el Apóstol torpea y no acierta, el mismo Jesus se aviene a ir a su casa a comer, y al lavarse previamente el rostro, según la costumbre judía, deja impresa su efigie en la toalla.

Después, la influencia de la iconografía, que empieza a representar en los patios llamados «veronicas» el rostro del Señor con expresion de dolor y huellas de sangre, hace que la leyenda busque ya en la Pasión el momento de la imprimación. Primero se cuenta que ésta tuvo lugar en el Huerto de las Olivas, al secarse el Señor sus sudores de sangre en un lienzo, que luego guardó como reliquia la Verónica. Después, ya en el siglo XIII, el episodio queda fijado definitivamente del modo que hoy todos conocemos en la sexta estación del <<Vfa Crucis», o sea, en el camino del Calvario.

Pero, inmovilizadas así las líneas externas del episodio, desde hace siete siglos ha variado todavía el juego de los afectos que en él se exteriorizan. Al nacer, en el siglo XIII, la versión del encuentro camino del Calvario, la Verónica era todavía, de acuerdo con el rasgo más constante de la tradición, la mujer que anhelaba tener la efigie de Jesús. Por esto le secaba el rostro y por esto Jesús pagaba su anhelo con su imagen. Luego, rodando el tiempo, es ya la compasión simplemente la que lleva a la Verónica a secar el sudor del condenado a muerte, y es esa compasión la que Cristo paga con el milagro de su faz. Creo que ha perdido algo, con esto, el episodio en sentido clásico, al ganar en sentido popular. Esta Verónica de Salzillo, con sus ropas de vecindona de pueblo y su paño sostenido en la punta de sus dedos casi con gracia torera, es tan sencillamente humana como esas mujeres de pueblo que gesticulan y plañen, con una conmiseración desbor
dada y verbosa, junto a la Guardia Civil que lleva al detenido. Pero aquella otra Verónica de la vieja leyenda, que quería tener la efigie de Cristo, era mas serenamente clásica. Era el mito del mundo antiguo al ponerse en contacto con la Belleza Nueva. ((Berenice», la pagana curada por Cristo, quería, por gratitud, tener su imagen; la quería, como querían los paganos agradecer en mármoles conmemorativos las efigies de los bienhechores. Y primero, en la versión más antigua, logra su imagen en bronce. Luego, andando el tiempo, no la logra sino impresa milagrosamente con sudor y con sangre. Y es que la nueva Belleza que <<Berenice>> anhelaba, estaba hecha de dolor, más allá de toda frivolidad.

 

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