| LA VIDA NO TERMINA: SE TRANSFORMA Quien haya leído Los viajes de Gulliver, recordará un genial capítulo en el que se describe uno de los países visitados por el célebre personaje. Resulta que en aquel lugar existían algunas personas que no morían nunca. En un primer momento, Gulliver siente una gran envidia, pero pronto le explican que tal destino no es nada apetecible. En efecto, los afectados por tal prerrogativa, a partir de los treinta años, comenzaban a sentirse progresivamente melancólicos y abatidos. A partir de los ochenta, no sólo tenían las deformidades, flaquezas y extravagancias de los demás viejos, sino muchas más nacidas de la perspectiva horrible de no morir nunca. Hasta tal punto que, cuando asistían al entierro de otra persona, se lamentaban y afligían de que los demás llegasen a un puerto de descanso al que ellos no podían tener esperanza de arribar nunca. Muchos caían en la chochez y perdían la memoria. A partir de los noventa años, perdían la vista y el gusto por las comidas, se les caían los dientes y el cabello, las enfermedades continuaban sin aumento ni disminución. Todo el mundo los despreciaba y rechazaba. Afortunadamente Dios nos tiene preparada una vida eterna, en la que no habrá sufrimiento, llanto, ni dolor. Una vida plena de felicidad, pero no aquí, sino en unos nuevos cielos y en una nueva tierra que ahora nos cuesta imaginar. Para llegar a esa vida definitiva y plena, hay que pasar el umbral de la muerte, y hacerlo con el pasaporte en regla: en amistad con Dios. Los cristianos morimos llenos de esperanza, confiados en las promesas seguras de Jesus: El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. En cierta ocasión, un periodista entrevistó a una anciana de 114 años, y le preguntó qué sentía a una edad tan avanzada. La viejita, con toda sencillez, comentó: Creo que Dios se olvidó de mí. Dios no se olvida de nadie, y tarde o temprano, llegará el momento en que venga a llamarnos porque quiere estar con nosotros para siempre. |