Laicismo
en las escuelas y en el Museo del Prado
Pedro
María Reyes Vizcaíno |
Editor
de IusCanonicum.org
Es
innegable que la reciente sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos
Humanos sobre la presencia de los crucifijos en las aulas escolares ha
producido un amplio debate entre los ciudadanos sobre el alcance y los límites
del derecho a la libertad religiosa.
Ciertamente
la presencia del crucifijo tiene que ver con la libertad religiosa. Pero
pienso que la auténtica libertad religiosa no consiste en expulsar los
símbolos religiosos cristianos de los lugares públicos. En efecto, la
presencia de un crucifijo en un lugar público puede tener muchos
contenidos: quienes defienden que se debe sacar el crucifijo de las
aulas cometen un error en su planteamiento, y es el de presentar como
demostrada la incompatibilidad entre aconfesionalidad del Estado y
presencia de los crucifijos en los espacios públicos, como si solo se
pudiera mirar un crucifijo por motivos religiosos.
Es
evidente que los crucifijos tienen un valor religioso para los
cristianos. Pero además de este significado, se deben considerar otros
contenidos. Todos los españoles estamos orgullosos de que en un lugar público
como es el Museo del Prado esté el Cristo de Velázquez. Esperemos que
los laicistas radicales no sean demasiado consecuentes sobre su
planteamiento, porque nos veríamos abocados a arrinconar en un desván
esta obra maestra del arte barroco y tantas otras que pueblan las salas
de nuestro mejor museo, las cuales tienen contenido explícitamente
religioso. Estoy convencido que si se preguntara al director del Museo
del Prado sobre la aplicación de la sentencia del Tribunal Europeo de
Derechos Humanos al museo, diría que no es aplicable porque es una obra
con un claro valor artístico.
Ya
suponemos que los laicistas radicales, a los cuales les molesta la
presencia de símbolos religiosos en los colegios, cada vez que visitan
el Museo del Prado y contemplan el Cristo de Velázquez, admiran el
genio artístico del pintor sevillano. Esto es compatible con la actitud
de los cristianos, los cuales cuando contemplan la misma pintura ven un
símbolo de su propia religión. Sería una manifestación clarísima de
intolerancia que un solo laicista radical protestara por la presencia de
un crucifijo en el Museo del Prado y obligara a retirar el Cristo de Velázquez,
privando así a tantos millones de personas del goce de disfrutar del
arte de Velázquez.
En
realidad no hay motivo para utilizar una argumentación distinta con las
escuelas públicas: los cristianos verán un símbolo religioso, pero
los no cristianos deberían ver la presencia de un símbolo que ha
marcado la historia de nuestro país y es muy importante para un
porcentaje mayoritario de nuestros compatriotas. Si alguien usa una
argumentación distinta, deberá demostrar por qué quiere hacerlo.
El
laicismo radical, como vemos, comete un error argumentativo al sentar
como demostrada la incompatibilidad de los crucifijos con la
aconfesionalidad del Estado: los crucifijos tienen muchos significados,
como saben los laicistas que visitan el Museo del Prado.
Hacer
caso a los padres de un solo alumno frente a los deseos de la mayoría
no es neutralidad. La verdadera neutralidad del Estado debería hacer
caso a la mayoría de los padres, los cuales están de acuerdo con la
presencia de los crucifijos en las aulas de los colegios. Los padres a
los que les moleste la presencia de los crucifijos deberían mirarlos
como símbolos de la historia de nuestro país y de lo mejor de nuestra
cultura.
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