SERVICIO CATÓLICO
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Las fábulas
 

 G.K. CHESTERTON

Título original: «Fairy tales»,en All Things Considered Traducción de Juan Manuel Salmerón, extraída de su pagina Web: juanmanuelsalmeron.com

 
 

                          

 

 

Ciertas gentes graves y superficiales (pues casi todas las personas superficiales son graves) han dicho que las fábulas son inmorales, fundándose en lances o incidentes lamentables de la lucha entre zagales y gigantes, en los que los primeros urden engaños y aun bromas poco plausibles. Sin embargo, la acusación no solo es falsa, sino exactamente contraria a la verdad.

Las fábulas no son solo morales en el sentido de inocentes, sino que lo son en el sentido de didácticas, de moralizantes. Muy bien está hablar de la libertad del mundo de las fábulas, pero a juzgar por los mejores relatos oficiales, libertad hay muy poca en ese mundo.

El señor W.B. Yeats y otras almas sensibles, considerando que la vida moderna es casi la más negra de las esclavitudes que jamás oprimieron al género humano (en lo que llevan mucha razón), describen el país de las fábulas como un mundo de pura holganza y albedrío, en el que cada cual puede campar a sus anchas, como el viento. La ciencia denuncia la idea de un Dios caprichoso; la escuela del señor Yeats mantiene que en ese mundo cada cual es un dios caprichoso. El mismo Yeats ha hecho cien veces, en ese estilo literario triste y espléndido que lo convierte en el primero de los poetas que hoy escriben en inglés (y no digo de los poetas ingleses porque los irlandeses son muy dados al ataque físico), ha hecho, digo, cien veces la pintura de la terrible libertad de las fábulas, que representan la última anarquía del arte: Donde nadie se hace viejo, flaco ni sabio, donde nadie se hace viejo, pío ni grave. Y, sin embargo (mucho me cuesta decirlo), dudo que el señor Yeats conozca la verdadera esencia de las fábulas. El señor Yeats no es lo bastante simple, no es lo bastante estúpido. Yo, aunque no debería decirlo, le gano en estupidez sana y humana. Yo gusto más a los duendes que el señor Yeats; a mí pueden engañarme mejor. Y tengo mis dudas sobre si este concepto de los espíritus libres y montaraces se corresponde con el del espíritu simple del folclore.

Creo que los poetas se equivocan: como el mundo de las fábulas es más bonito y variado que el mundo real, creen que también es menos moral; la verdad es que es más bonito y más variado porque es más moral. Supongamos que un ser humano naciese en una prisión moderna. Es cosa imposible, lo sé, porque nada humano puede ocurrir en una prisión moderna, aunque sí pudo ocurrir a veces en una antigua mazmorra; una prisión moderna es siempre inhumana, incluso cuando no es infrahumana. Pero bien; supongamos que un hombre naciese en una prisión moderna; supongamos que creciese habituado al silencio sepulcral y a la terrible indiferencia, y que de pronto lo soltaran en medio de la animación y las risas de Fleet Street. Sin duda pensaría que los literarios hombres de Fleet Street eran libres y felices; ¡mas qué triste, qué irónicamente es esto contrario a la verdad! Por lo mismo, esos laboriosos siervos de Fleet Street, cuando se figuran a los duendes, se los figuran como seres libérrimos. Pero, en esto como en muchas otras cosas, los duendes son como los periodistas; parecen seres llenos de encanto que viven en un mundo anárquico, y demasiado exquisitos para condescender al feo deber de cada día. Pero no es sino una ilusión, creada por la súbita gracia de su presencia.

Los periodistas viven sujetos a leyes, lo mismo que el mundo fabuloso. Si leemos detenidamente las fábulas, veremos que hay una idea que las recorre todas: la idea de que la paz y la felicidad solo pueden darse bajo ciertas condiciones. Esta noción, que es la clave de la ética, es la clave de los cuentos infantiles. Toda la dicha del mundo fabuloso pende de un hilo, de un único hilo. Cenicienta puede llevar un vestido tejido en telares prodigiosos y resplandecer de luz sobrenatural, pero ha de regresar antes de que den las doce. El rey puede invitar al bautismo a los duendes, pero ha de invitarlos a todos o sucederán cosas terribles. La mujer de Barbazul solo puede abrir una puerta entre todas. Incumplir la promesa hecha a un gato, o a un enano amarillo, es poner el mundo patas arriba. Una muchacha puede ser la novia del mismísimo dios del Amor, siempre que no lo vea; lo ve y él se desvanece. A una muchacha le dan una caja con la condición de que no la abra; la abre y todos los males del mundo escapan. A un hombre y a una mujer los ponen en un jardín con la condición de que no coman de un fruto; comen de ese fruto y pierden el derecho a disfrutar de todos los frutos de la tierra. Esta gran idea, pues, es el pilar de todo folclore: la idea de que la felicidad depende de una prohibición; todo goce positivo depende de uno negativo.

Hay muchas ideas filosóficas y religiosas afines a esta o por esta simbolizadas, pero ahora no voy a tratar de ellas. Lo que quiero dejar claro es que toda ética debe aprender de la fábula; que, si uno olvida lo que se le ha prohibido, se arriesga a perder lo que se le ha dado. El hombre que incumple lo prometido a su esposa debe recordar que, aunque ella sea un gato, el gato de la fábula enseña que su comportamiento es temerario. El ladrón que va a abrir una caja fuerte debe recordar que puede pasarle lo mismo que a Pandora: que si abre la tapa prohibida podrá dejar sueltos males desconocidos. El chaval que come una manzana del árbol ajeno debe saber que se halla en un momento místico de su vida, en el que una manzana puede costarle todas las manzanas. Esta es la profunda moral de los cuentos fantásticos: que, lejos de carecer de ley, apuntan a la raíz de toda ley. En vez de buscar un fundamento racional para cada uno de los mandamientos (como hacen los libros de ética corrientes), buscan el gran fundamento místico de todos los mandamientos.

Estamos en este mundo fabuloso a regañadientes; no nos corresponde a nosotros cuestionar las condiciones bajo las cuales disfrutamos de esta extraña visión del mundo. Las prohibiciones son tremendas, pero también lo son las concesiones. La idea de la propiedad, la idea de unas manzanas ajenas, son ideas peregrinas; pero no lo es menos la de que haya manzanas. Resulta extraño que no pueda beberme diez botellas de champaña sin que me pase nada; pero no menos extraño es el champaña mismo, bien mirado. Si he bebido la bebida de los duendes, no es sino porque debo beber conforme a las leyes de los duendes. Quizá no veamos el nexo lógico y directo entre tres preciosas cucharas de plata y un policía gordo y feo, mas ¿quién, en los cuentos fabulosos, ve el nexo lógico y directo entre tres osos y un gigante, o entre una rosa y una bestia gruñidora? No es solo que las fábulas puedan disfrutarse porque son morales, sino que la moral puede disfrutarse porque nos coloca en el mundo de las fábulas, mundo lleno a la vez de lucha y de maravilla.

 

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