Fuente:
el país .com 31/08/2010
Extracto
La
derecha más liberal y la izquierda más progresista están de
acuerdo en una misma reforma. Hay que legalizar la prostitución.
Para el liberal, el Estado no puede prohibir el intercambio
voluntario de servicios entre adultos a cambio de dinero. Para
la progresista, el Estado debe garantizar a las
"trabajadoras del sexo" la salvaguarda de sus
derechos. Para ambos, la regularización, al hacer aflorar una
economía sumergida, reduciría tanto el tráfico ilegal de
personas como los abusos y las condiciones de explotación en
las que viven muchas prostitutas. Y, de paso, podríamos
recaudar impuestos, que nos viene muy bien en tiempos de crisis.
¿Algo que objetar a esta conjunción de las mejores virtudes
del mercado libre y del Estado regulador-protector?
Me
temo que sí. La dificultad de obtener datos sobre un negocio
tan oscuro como la prostitución es la perfecta justificación
para que tanto el liberal como la progresista den rienda suelta
a sus teorías sin tener que ofrecer evidencia empírica. Para
el liberal, la bondad del mercado libre hará que mafiosos
esclavistas se conviertan de un día a otro en respetables
empresarios del sexo y puedan "contratar a las trabajadoras
en origen y pagarles el viaje de ida y vuelta, eliminando así
el negocio del traficante". Para la progresista, la bondad
del Estado actuará "promoviendo la existencia de espacios
sin amos, que despojen al proxeneta de su funcionalidad".
Pero
los datos disponibles señalan que tanto la legalización de la
prostitución (propuesta por liberales y progres) como la
situación actual de relativa alegalidad (y defendida de facto
por PSOE y PP) producen resultados peores que una tercera
alternativa con pocos padrinos en nuestro país: la
criminalización del cliente. Y es que tenemos evidencia cada
vez más sólida de que actuar sobre la demanda de la prostitución
(es decir, castigando al cliente) en lugar de sobre la oferta
(es decir, regulando la prostitución, como proponen liberales y
progresistas) tiene efectos positivos.
Liberales
y progresistas asumen que existe una demanda varonil elevada y
relativamente fija de servicios sexuales. Dicha demanda sería
el resultado de diferencias entre hombres y mujeres, ya sean de
índole biológica (para los liberales) o cultural (para los
progresistas). Por ello, prohibir la demanda solo conduciría a
un desplazamiento de la prostitución de la calle o del burdel a
lugares más siniestros. Pero la experiencia de otros países
desafía estas asunciones simplistas sobre la naturaleza
varonil, pues la demanda -oh, sorpresa- cae en picado cuando se
penaliza la compra de sexo. Por ejemplo, pocos años después de
la puesta en marcha, en 1999, de una política de penalización
al cliente en Suecia, se calcula que el número de prostitutas
se había reducido entre un 30% y un 50%, y el de clientes entre
un 75% y un 80%.
La
caída de la demanda en países prohibicionistas como Suecia
ahoga a la oferta, especialmente la que proviene del negocio más
sucio que prolifera en el mundo globalizado actual: el tráfico
de mujeres (y niñas) con fines sexuales -que representa, de
acuerdo con Naciones Unidas, un 87% de los cuatro millones de
seres humanos que son explotados como esclavos anualmente. Así,
mientras los traficantes de esclavas sexuales logran introducir
anualmente entre 400 y 600 víctimas en Suecia para saciar los
apetitos sexuales de aquellos ciudadanos que son capaces de
arriesgarse a una pena por comprar sexo, en las vecinas
Finlandia o Dinamarca, con la mitad de la población, pero con
leyes más permisivas hacia la prostitución, las mafias podrían
estar infiltrando hasta 15.000 víctimas al año. Empujados
por la elocuencia de estos datos, los políticos nórdicos,
sobre todo finlandeses y noruegos, están optando por la "vía
sueca", empezando a criminalizar la compra de sexo.
En
un análisis de 30 países, estos mismos autores señalan que
allí donde hay un mayor reconocimiento legal de la prostitución
también existe un mayor tráfico de esclavas sexuales. O sea,
exactamente lo contrario de lo que predicen el liberal y la
progresista.
Las
razones son obvias. Donde la compra de sexo es ilegal, los
costes en los que incurren las mafias esclavistas de mujeres
para garantizar a los clientes que no serán descubiertos y
penalizados se vuelven demasiado altos. En
conversaciones interceptadas por la policía, los propios
traficantes, que no dejan de ser hombres de negocios, admiten
que no vale la pena trabajar en los países prohibicionistas. Es
más sencillo operar en lugares como Holanda, Alemania o España,
donde, ya sea de forma legal o alegal, todo el que quiere
comprar sexo lo puede hacer en un instante, de forma sencilla y
sin riesgo a ser castigado.
Los
estudios también apuntan a que cuando la prostitución se
regula como una actividad económica más, los abusos sobre las
libertades individuales de las prostitutas no decrecen, como
pretenden hacernos creer liberales y progresistas, sino que
aumentan. Con la
regularización de la prostitución, los traficantes de seres
humanos, experimentados en tergiversar la voluntad de jóvenes y
de niñas, encuentran una fachada legal perfecta con la que
cubrir sus actividades delictivas. Por una parte, no les
cuesta "convencer" a muchas víctimas potenciales,
mediante las manipulaciones físicas y psicológicas más
perversas, para que se registren como trabajadoras del sexo. Por
otra parte, ¿alguien espera que el crimen organizado empiece a
pagar impuestos y declare sus actividades más lucrativas, como
la prostitución de menores o los depravados tratamientos
hormonales a los que son sometidos muchas prostitutas?
Encontramos ejemplos de legalizaciones de la prostitución con
resultados perversos en todo el mundo, desde Alemania a
Australia, pasando por Nevada en Estados Unidos. Una
consecuencia frecuente de regularizar la compra de sexo es que,
mientras el número de burdeles legales crece, los negocios
ilegales -por ejemplo, con prostitutas menores de edad- se
multiplican.
Un
estudio en nueve países encontró que del 60% al 75% de las
mujeres que ejercen la prostitución han sido violadas, del 70%
al 95% físicamente agredidas y un 68% presentan síndromes de
estrés postraumático similares a los de los veteranos de
guerra bajo tratamiento psiquiátrico. Si
alguien nos mostrara que alguna profesión reconocida produce
secuelas físicas, mentales y emocionales solo remotamente
similares, solicitaríamos la inmediata ilegalización de la
misma.
Por
todo ello, hay motivos para pensar que legalizar la actividad
contribuiría a que se violaran más derechos básicos de un
mayor número de mujeres. Siguiendo criterios serios para
evaluar políticas públicas, la única medida que parece
efectiva para combatir el tráfico y la esclavitud con fines
sexuales es criminalizar la compra de sexo. Ya es hora de que
esta medida se estudie seriamente en España.
Profesor
de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo, Suecia.
Autor: Víctor Lapuente Giné-
Fecha: 2010-09-03