Liturgia y piedad popular en torno al santo Triduo Pascual

Por  Juan Miguel Ferrer

A pocos días del inicio de la Semana Santa ofrecemos el siguiente artículo. En éste, después de mostrar un breve desarrollo histórico de la celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual, Mons. Juan-Miguel Ferrer, subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, –centrándose en la liturgia de la Semana Santa– explica cómo la piedad popular puede cooperar a la asimilación de los frutos de la Liturgia, siguiendo las orientaciones del Concilio Vaticano II (cfr. Sacrosanctum Concilium nn. 9-13)

 Juan-Miguel Ferrer, Liturgia y piedad popular en torno al santo triduo pascual, Tarragona, 14 de abril de 2011, en www.collationes.org

Al comienzo de cada año litúrgico elleccionario de la Venerable Liturgia Hispano-Mozárabe presenta el texto de Rom 15,24 en el que san Pablo anunciaba: “cuando me ponga en camino hacia España, espero veros al pasar...”. Tal perícopa, en ese contexto litúrgico, sirve para agradecer a Dios el don de la Fe, recibido por medio de la predicación apostólica. Una predicación, que como recordamos en el recientemente celebrado “Año Paulino”, comenzó en estas benditas tierras de la metrópoli tarraconense. Por eso es para mi una gran alegría poder seguir, una vez más, “el rastro” de san Pablo para venir de Roma a Tarragona, y compartir con vosotros, mis hermanos, estas reflexiones cuaresmales, en torno al nucleo de la Fe que el Apóstol comenzó a sembrar aquí mismo. Gracias, de corazón, a todos ustedes por su amable invitación. Vaya, por adelantado, mi cordial deseo de una feliz y revitalizadora Pascua para todos ustedes, sus familias y comunidades.

1. Las celebraciones del Misterio Pascual y el evangelio de san Juan.

Es sabido que desde época muy antigua la liturgia de Roma tomó como evangelio típico de la Cuaresma y el Triduo Pascual el evangelio de san Juan. Así se conservó hasta la reforma litúrgica del concilio Vaticano II y, en gran parte, en el ciclo “A” de las lecturas, tras dicha renovación conciliar.

El evangelio de Juan, entre otras peculiariedades redaccionales o de autor (humano), se caracteriza por presentar la vida terrena del Salvador, desde su Encarnación hasta su fin, como un camino ascendete de revelación y salvación. El “Verbo” eterno se esconde o vela al tomar nuestra “carne”, al hacerse verdaderamente hombre, pero luego, en todo su obrar, singularmente por medio de sus “signos” va revelando, a través de su humanidad, su condición divina, nos da a conocer al Padre y a su enviado Jesucristo, nos revela el “nombre de Dios”, en su propia persona. Y esta revelación corre intrínsecamente unida a la obra que el Padre quiere, nuestra salvación, la restauración de todas las cosas.

De este modo la Cruz se convierte en el punto focal de todo el Evangelio. Nada pierde de realismo y dramaticidad, pero se “desvela” mostrando en Cristo Crucificado a Dios que es amor misericordioso y perdonador en acción omnipotente e imparable. Con razón presenta en la Cruz, la muerte de Cristo como entrega del Espíritu, la verificación de la muerte mediante el traspasamiento del costado del Nuevo Adán, dormido en la Cruz, como el nuevo nacimiento, a partir de un rio de vida, que nace del nuevo templo y lo sana y revitaliza todo. Quien bebe de este “agua” ve brotar en sí un manantial impetuoso que salta hasta la vida eterna, la vida plena y verdadera. Con razón, fijo en Cristo, san Juan ve cumplida la profecía: “mirarán al que traspasaron”.

Recientemente nuestro papa Benedicto XVI nos ha ofrecido, en la segunda parte de su Jesús de Nazaret, una magnífica presentación de la riqueza del evangelio de san Juan, tan ligado a estos días.

Se ha acusado a la Piedad Popular de haber centrado toda la semana santa en el Viernes, de haber olvidado la Pascua. Tales acusaciones no son del todo verdaderas. Nuestras prácticas de pidad tienen su origen y principal desarrollo en el contexto de unas iglesias que celebraban el Misterio Pascual siguiendo la lectura de la pasión según san Juan (que se leía, no solo el Viernes, sino también en el Domingo de Ramos). Aquí todo va a la Cruz, es verdad, pero la Cruz, quitados los velos que la ocultan, muestra ya el misterio de la victoria del Salvador, su Resurrección, su Gloriosa Ascensión, el envío del Espíritu, el camino abierto para todos nosotros y para la creación entera. No falta la anticipación incruenta en la Cena del Señor, en la Eucaristía, del Jueves tarde. Ni queda en el olvido la luz, que del Crucificado brota inundandolo todo en el nacimiento de una nueva creación en la Vigilia Pascual. Pero queda, como signo del amor que da la Vida, la Cruz, el “signo” de Cristo. Por eso adorada, por eso alzada y entronizada. Por eso clavada en el centro de la iglesia, donde está el Altar, como recuerda elocuente el rito de La colocación de la Primera Piedra de una futura iglesia.

Hoy, como muestra en Santo Padre en su libro, este mensaje de la Cruz se hace acuciantemente necesario. Hoy tiene pleno sentido celebrar este misterio, procesionar manifestándolo a todos con humildad y paz y viviéndolo día a día.

Esta actualidad se debe a la presencia dolorosa de la cruz en nuestro mundo. La guerra, como suma de males, injusticias y muerte. Las guerras con su espiral irracional de odio y violencia, el conculcarese toda justicia, el esañamiento con los inocentes e indefensos. Eso que llena hoy nuestro mundo y levanta un grito de dolor y rabia,  que provoca, en buena medida, la blasfemia y la negación de Dios; hasta el odio a la idea misma de la existencia de un Dios que consiente tales cosas. Sí, cada guerra, con su espiral desencadenada de pecado, arranca a las gentes de Dios. Nuestra guerra civil, las dos grandes guerras mundiales, la guerra de Vietnam, las guerras incesantes en Asia, Africa y América central y del sur, algo diabólico, la causa más fuerte y universal del actual escepticismo y ateísmo de masas. No pretendo un análisis sociológico científico, señalo “la guerra” por sus dimensiones, detrás está cada acto de violencia gratuita, injusta, abusiva, sobre el pobre, sobre el o la, más débil, sobre los indefensos...

Y ante todo eso la respuesta de Dios, la que magistralmente presenta el Evangelio de Juan, la que celebraremos en la liturgia de los próximos días, la que contemplaremos en procesiones y Viacrucis, la Cruz de Jesucristo, donde derrama su purísima sagre: todo, perdón, todo, amor, todo, luz y vida, todo, expiación y Resurrección.

Hay que aprender a mirar al que traspasaron, Él es la única respuesta de Dios al clamor de tantos hombres y mujeres del mundo entero. Hemos de ayudar a que puedan ver y conocer al Traspasado. En torno a Cristo crucificado, ya en el gólgota, había bastante gente. Los Jefes se burlaban y le insultaban, la soldadesca se divertía, los discípulos y la gente, desilusionados, perdían la fe, como los de Emaús. La Virgen sufría en silencio, conservando vivo el rescoldo de su fe inquebrantable, Juan no podía separarse de María y Jesús, traspsado, como ellos, en su joven corazón. Un ladrón agonizante lo insultaba blasfemo, Gestas. Pero en medio de las tinieblas, otro ladrón, Dimás, vió, se le reveló Cristo en la Cruz, y comenzó la confesión de los pecados como confesión de Fe en Cristo, una confesión que sigue el Centurión, según Marcos, y a la que se van uniendo poco a poco los discípulos y luego generaciones de Cristianos. A Dimas y a todos ellos dice Jesús ... “estarás conmigo en el Paraíso...”.

2. El Misterio Pascual celebrado en la Liturgia: del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor al primer Domingo de Pascua (una de las expresiones más elocuentes del Misterio Pascual).

La “fiesta primordial” de los cristianos es el Domingo, como nos lo recordó el Concilio Vaticano II (Vid. SC n. 106), la Pascua semanal (Vid. SC n. 102), celebrado desde tiempos apostólicos. Entre todos los Domingos del año uno fue ganando una peculiar centralidad y fuerza, hasta convertirse en “centro focal” de todo el año cristiano, el Domingo siguiente a la fiesta judía de Pascua, celebrada el 14 de Nisán (con ocasión del Plenilunio de Primavera), el Domingo de Pascua.

Los cristianos hicieron de este Domingo, por sus peculiares riquezas simbólicas y su valor cristológico-soteriológico, el día de la incorporación de nuevos cristianos a la Comunidad, el día de los Sacramentos de la Iniciación, Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Siendo el primitivo modo de celebrar el Domingo, reunirse la comunidad al caer el sol, tras el sábado, en el momento en que para los judíos comenzaba ya el primer día de la semana (para los paganos el día del Sol, nuestro Domingo, Día del Señor), y pasar la noche escuchando las enseñanzas apostólicas, viviendo la caridad entre ellos, orando, tal y como les enseñó el Señor y “partiendo el pan”-es decir, celebrando la Eucaristía- (Cfr Hch 2, 42). El esquema de estas vigilias lo vemos en el trasfondo del relato lucano de la aparición a los de Emaús (Lc 24, 13ss): El Señor, al atardecer les explica “cuanto a Él se refiere en las Escrituras”, ellos abren su casa al Peregrino y comparten lo que tienen, al anochecer le reconocen, sentados a la mesa, al “partir el pan”. En este Domingo de Pascua se hacían estas mismas cosas, pero con una abundancia particular y con una alegría desbordante, aun en medio de las dificultades. Además, como ya hemos indicado, tras la primera parte de la celebración, se procedía a bautizar y confirmar a los catecúmenos que en esta noche se unirían por primera vez a toda la Iglesia para celebrar y comulgar la Eucaristía. Esta primitivísima celebración ha quedado sustancialmente recogida en nuestra gran celebración del Primer Domingo de Pascua, la Vigilia Pascual.

En esos primeros años del cristianismo (lo recoge la Didaké en torno al año 70) la entera comunidad, y especialmente los catecúmenos, se preparaban para esta gran fiesta con tres días de riguroso ayuno (“les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán” mis discípulos Cfr Mc 2, 20), tres días que se asocian a los “tres días” que Jesús tocó el sepulcro y que originan, por una parte, el ayuno mayor de la Cuaresma (40 días, imitando los de Cristo en el desierto y recogiendo toda la antigua tradición de la cuarentena; 40 días que serán preparación inmediata para la Iniciación de los catecúmenos, final de la expiación para los penitentes públicos, que reconciliados antes de Pascua en el “segundo bautismo” –el Sacramento de la Reconciliación–, volverían a participar en la Eucaristía en la Noche Santa de Pascua, y preparación de toda la Comunidad para celebrar la Pascua) y, por otra, el Triduo Pascual, (las celebraciones que acompañarán, más tarde, poco a poco, –posiblemente a partir de la 2ª mitad del siglo IV-, desde el jueves tarde, a la madrugada del Domingo, recorriendo la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor).

Lo cierto es que cuando llegamos a los primeros Libros Litúrgicos Romanos (Los Libelli Missarum, como el Sacramentario Leoniano o Veronense, o los ya propiamente sacramentarios como el Gelasiano antiguo o el Gragoriano), en los siglos VI, VII, ya nos encontramos estructurada, casi como hoy, la Semana Mayor de los cristianos, del Domingo de Pasión (Ramos en la Pasión del Señor) al Domingo de Pascua de Resurrección.

La liturgia del Domingo de Ramos tiene como elemento más antiguo y característico, 1º) la lectura de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Destaca esta lectura por su secular “proclamación dramática” (para favorecer la viveza y mantener la atención más facilmente). En esta época primitiva y unida a esta dramaticidad, ya el Domingo anterior (Vº de Cuaresma) se preparaba el ambiente velando todas las cruces y cubriendo las imágenes. La Pasión se comprende en el contraste entre el pecado, que no deja ver, que nos cierra el cielo y  nos  cubre de luto, y el amor de Dios, que entrega a su Hijo, que cargando con nuestro castigo, nos devuelve la vista, nos da la alegría y nos abre el cielo. El largo relato evangélico (ahora siguiendo a cada uno de los sinópticos en los ciclos de lecturas A, B y C, antiguamente, en Roma, siguiendo el evangelio de Juan) se ve cumplido en la Eucaristía de este Domingo que aparece singularmente como actualización del sacrificio de Cristo. Junto a este elemento primitivo se une más tarde 2º) la Bendición y Procesión de Ramos, la representación sacramental de la “entrada en Jerusalén” (el origen de este rito se halla en la Jerusalén de la segunda mitad del s.IV y lo trae a occidente la difusión del relato de La Peregrinación de Egeria ). La Procesión de Ramos es la gran invitación a unirnos, como discípulos, a Cristo, que cumple las antiguas profecías, que es el Mesías Salvador, pero que entra en Jerusalén como víctima expiatoria, dispuesto a entregarse por nosotros. El verdadero grupo de acompañantes de Cristo este día, lo vemos en el Apocalipsis, son los mártires que se unen a la ofrenda de Cristo. Nosotros, los catecúmenos, los penitentes, todos, este día somos invitados a unirnos a Jesús, para las fiestas, para toda la vida, para la eternidad.

La semana que sigue es resonancia de este entrar en Pasión. Los antiguos releían la Liturgia de la Palabra de este domingo el miércoles y el viernes siguientes. Nosotros seguimos haciéndolo el Viernes Santo (en que no hay Misa). Estos días, especialmente el jueves, servían para la preparación inmediata de los catecúmenos, que recibían el último exorcismo, y de los penitentes que recibían el sacramento del Perdón. Poco a poco se van celebrando Misas todos los días menos el viernes y el sábado, aunque la paulatina anticipación de la Vigilia termina dejando solo el Viernes Santo sin Misa.

La presencia de una celebración de la Eucaristía cada día permitió que en la tarde del jueves se iniciase una nueva forma de comenzar el Tríduo Sacro, la Misa de la cena del Señor. La lectura de san Juan y el ejemplo de Jerusalén llevan a caracterizar pronto esta eucaristía vespertina con dos elementos: el lavatorio de los pies y el mandato nuevo. La Eucaristía y el Sacerdocio Nuevo quedan así ligados al misterio de la entrega victimal (para la expiación del pecado) y del amor divino que la sustenta (tanto amó Dios al mundo... nadie tiene amor más grande... etc.). Al mismo tiempo toda la comunidad percibe el significado de una entrega redentora que incruentamente se ofrece y se da a participar en la Eucaristía, en esta, en la de cada día. Y no menos, se invita a todos a un, entrar en la Pasión “con Cristo”, tras comer su Cuerpo y beber su Sangre. Elocuente era, tras esta Misa, ver despojar el altar al canto del salmo 21 (22), “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado ? ...” Por eso esta noche la Iglesia no podía, y no puede,  separarse de Cristo. El Santísimo, se guarda, como hasta los siglos VIII y IX  se hacía siempre, tras la Misa, en un lugar separado del Altar, (pensando particularmente en la  comunión como Viático de los moribundos y para la comunión en los días en que no se celebra Misa). Pero todos sienten que este día hay algo especial. Y el Jueves Santo la Reserva se hace solemne. La idea primera que mueve a esta solemnidad, en el acompañar y orar a Cristo Eucaristía, es la de seguirle, como los Apóstoles, a orar esa noche en Getsemaní (Cfr Mt 26, 36-46 y par.). Otras ideas y terminologías posteriores fueron menos ajustadas (“sepulcro”).

El viernes en un primer momento el evangelio de la Pasión, nuevamente leído dramáticamente, lo llenaba todo. Este día, a la misma hora de nona (tres de la tarde, con cierta elasticidad según los lugares) en que Cristo “entregó el espíritu” la Iglesia se congregaba para esta estremecedora y solemne Liturgia de la Palabra. Terminada la proclamación del Evangeio de la Pasión se cierra el libro de los evangelios, ya no se abre hasta la gozosa Vigilia Pascual; este tiempo del “libro sellado” recuerda la sepultura de Cristo. De este evangelio van brotando los signos de este día: el silencio, la súplica intercesora de Cristo, el revelarse la verdad y sentido de “toda” Cruz. Por eso la Iglesia conserva, casi inalterada, esta liturgia desde la más remota antigüedad: 1) Lecturas, con su culmen en la proclamación de la Pasión según san Juan; 2) la solemne intercesión de la Iglesia (Oración de los fieles), que actualiza la oración universal de Cristo en la Cruz; 3) la impresionante mostración y adoración de la Cruz, culminando en época reciente con la comunión eucarística (como realización sacramental de esa adoración). La adoración de la Cruz, nuevamente llega  a Occidente, como otro de los elementos de la liturgia de Jerusalén asumidos a partir del siglo  V. Esta mostración sitúa la Cruz en la perspectiva joánica de la Pascua. Cruces e imágenes estan veladas, pero se nos “revela” (o desvela) el misterio del mal y de la muerte, Cristo carga con ellos y los vence en favor nuestro, podemos adorar la Cruz de Cristo, podemos encontrar la victoria en nuestras propias cruces.

El gran sábado la Iglesia no se reune. Las familias y comunidades se recogen en casa como la iglesia naciente. Sólo la Liturgia de las Horas nos permite entrar en este gran silencio, en el misterio salvífico del “descenso a los infiernos” (al los “lugares” de la muerte). Para sentir como también a ellos se abaja Cristo para llenarlos de esperanza y salvación. Así llegamos a nuestro punto de partida litúrgico, la Vigilia Pascual.

3. El desarrollo de la Piedad Popular en torno a la Liturgia de la Semana Santa

Durante varios siglos la Liturgia, singularmente la de los domingos y la de estos días centrales del Año cristiano, llenaron la vida espiritual de los cristianos. Famoso es el muy conocido pasaje de la pasión de los mártires Saturnino y compañeros , que en el norte de Africa (Cartago) en el siglo IV (c. 304), confesaban “sine dominico non possumus” (no podemos vivir sin celebrar la cena del Señor en el Día del Señor).

Pero el correr del tiempo y las cambiantes circunstancias de la historia hicieron que en Occidente, tras las invasiones de los pueblos llamados “bárbaros”, la cultura nueva y la poca formación cristiana, llevara a la mayoría de los fieles cristianos a una incomprensión de la lengua (latín) y el mundo simbólico (bíblico fundamentalmente y con algunos elementos greco-latinos) de la Liturgia. Fenómeno que se vió agrabado por la decisión de Carlo Magno, en el siglo IX, de unificar espiritualmente su imperio bajo el Rito Romano, idea que heredará luego el movimiento cluniacense y que pasará a la política pastoral de la Santa Sede dentro de la Reforma Gregoriana (ss. X y XI). Todo esto dará lugar a la liturgia llamada Romano-Germánica, que es la base de la liturgia romana medival, repristinada luego nuevamente por Trento y la reforma litúrgica post-tridentina, vigente hasta el Concilio Vaticano II. Este periodo Carolingio y el ulterior Cluniacense son el momento también de la aparición de dos fenómenos (paliativos) para salvar la distancia entre la Liturgia y la cultura del pueblo: la dramatización litúrgica (base del teatro sacro) y el alegorismo(base de los comentarios sobre las acciones litúrgicas).

De este “drama sacro” terminan naciendo, y esta es la parte que nos interesa ahora, el teatro religioso medieval y los futuros “autos sacramentales” y la piedad popular cristiana. Desde el Canto de la Sibila (ligado a la “Calenda” o lectura del Martirologio del día de Navidad, que luego adquiere connotaciones escatológicas en algunos lugares), a las Pastorelas (ligadas a la Misa de Aurora de la Navidad), o a las más profanas fiestas del “obispillo” (el día de los Inocentes), hasta las celebraciones de la sepultura de Cristo (el Viernes Santo tras Leer la Pasión, en torno al Evangeliario depuesto, como ocurre en Oriente, o, más tarde y tras la Adoración de la Cruz, con una imagen de Cristo), sin olvidar los ritos, ya mencionados, de más dentro de la Liturgia, como el velar y desvelar las cruces o tapar y destapar las imágenes y retablos (ligados al final de la Cuaresma y a los días del Viernes Santo y a la Vigilia de Pascua). No ostante, para ver formadas las principales expresiones de la Piedad Popular católica tenemos que esperar un poco más y ver como este primer desarrollo dramático de la Liturgia es purificado y las prácticas, que de aquí nacen y salen fuera de la celebración litúrgica, (por su diversa naturaleza, fundamentalmente “mimética” más que sacramental), se ven enriquecidas, para que sean de mayor provecho espiritual para el pueblo al que van destinadas. Este momento clave de la Piedad Popular llegará con el movimiento cisterciense, con san Bernardo y, particularmente, con el desarrollo de las Ordenes Mendicantes (ss. XII y XIII). Estos grupos de “predicadores y evangelizadores populares” unirán al dramatismo nacido de la imitación de la Liturgia (imitación exterior) la devoción y la catequización, llenando esta piedad popular de oración (fundamentalmente vocal) y de predicación.

En lo referente a la Semana Santa las manifestaciones de Piedad Popular más antiguas son las más directamente presentadas como continuidad inmediata de las celebraciones litúrgicas, conservadas en muy pocos lugares, son las ya mencionadas de la sepultura del Señor, dentro de la iglesia, en una capilla, colocando allí el libro cerrado del Evangelio o, en otros casos, como ya hemos visto, la cruz empleada para la adoración.

Inmediatamente, tras el Domingo de Ramos, empiezan a darse las manifestaciones que recorren la Pasión del Señor. Estas pueden adoptar el itinerario del Via Crucis, pero las mas antiguas lo resumen en unas determinadas “estaciones” a las que puede unirse “oración” (cantos o preces) y “predicación” (sermones). Fueron famosas las llamadas Sentencias, que se centraban en la “sentencia de Pilato” y la condena a muerte de Cristo. Unas veces este era el único punto desarrollado del “via crucis” otras veces era el primer paso de las conocidas como Caídas, un  “via crucis” en el que se escenificaban y predicaban las caídas del Señor camino del Calvario. Otras veces eran todas las catorce estaciones las escenificadas. Con todo, la praxis que más se ha conservado es la de celebrar uno o varios solemnes “via crucis” en la Semana Santa, uno ligado al Viernes Santo, otros en los días entre Ramos y el Jueves Santo.

En otros lugares, fueron los “misterios dolorosos” del Rosario los que sirvieron de base a algunas manifestaciones de piedad  pero resultan mucho menos extendidas como práctica popular. Algunos lugares han conservado o introducido ultimamente la representación dramática de la entera Pasión.

Pero la derivación más común es la de unir estas “representaciones” a recorridos procesionales con presencia de imágenes o pasos. Donde las tradiciones “dramáticas” estaban muy arraigadas las imágenes (incluso articuladas) se integran en la acción, es el caso de muchos Cristos  preparados para el descendimiento de la Cruz (con sus sermones) y la deposición en la urna de cara a la procesión del santo entierro. En otros lugares las imágenes reemplazan las “representaciones de las escenas evangélicas”. Desde el Renacimiento, y singularmente en el periodo de la llamada “Contrarreforma”, las procesiones con pasos representan la forma típica de la Piedad Popular de estos días y así ha llegado, en muchos lugares, hasta nosotros. Los pasos o las imágenes pueden hacerse presentes de modo “individual”, véase el caso de un Santo Cristo que preside un “via crucis”, en otras ocasiones se integra en un cortejo procesional como “una parte de un todo”, es decir en una serie (normalmente cronológica) de escenas evangélicas, desde la “traición de Judas” a la “cena”, la “oración en el huerto”...

El peligro puede ser el desequilibrio de los elementos. De hecho a lo largo del tiempo la tendencia es, como pasa con el “Calendario”, que se van acumulando elementos, pasos, tradiciones, hasta que “los árboles no dejan ver el bosque”. Así, a la par de las “podas” involuntarias ocasionadas por guerras o revoluciones, las “tradiciones” de la Piedad Popular se han visto periódicamente sometidas a una revisión tendente a fortalecerlas y hacerlas fructificar espiritualmente, reduciéndolas y reconduciéndolas a sus elementos más auténticos y genuinos.

Esta fue la intención del Concilio Vaticano II (Vid. SC nn. 9-10 y 12-13), que deja clara la legitimidad de las prácticas de Piedad Popular pero las coloca bajo la égida de la Liturgia e indicando el camino de coordinar jerárquicamente estas dos realidades eclesiales. La Liturgia es de naturaleza superior, es obra de la Santísima Trinidad a la que la Iglesia es asociada sacramentalmente, pero las prácticas de Piedad, puestas en la órbita de la Liturgia, reciben de ésta verdad (para no ser meras “imitaciones”) y eficacia, así cooperan a la asimilación de los frutos de la Liturgia, en quienes han participado en ella, y disponen los corazones, de los que no toman parte en las acciones litúrgicas, para acudir al encuentro de Cristo Salvador, allí donde se le encuentra vivo y operante: en la Liturgia.

Para ello es esencial observar dos elementos que las legitiman y que están ligados, como vimos, a su origen y eclesialidad: A) la mencionada dependencia de la Liturgia; B) su ir ligadas al anuncio evangélico (predicación) y a la oración (plegarias, cantos y silencio).  Si estos datos se descuidan pueden degenerar en expresiones de una religiosidad natural indeterminada (y sin exigencias de vida), que facilmente se rodean de elementos mágicos o supersticiosos. Otras veces el peligro puede venir de quienes las reducen a puras manifestaciones “folclóricas” o culturales, pretendiendo “secularizarlas”, pero todo lo que de cultura y arte puede haber en estas manifestaciones nacidas de la fe y para la fe se desnaturaliza fuera de su contexto religioso-católico. El arte de la Piedad Popular es parte de la Piedad Popular y en la fe encuentra su clave de interpretación y su hábitat genuino. Secularizar absolutamente las manifestaciones de este tipo es una forma de manipulación y un atentado al auténtico sentido de la cultura. Otra cosa es que incluso alguien sin fe, o con otro credo,  pueda sertirse vinculado a estas manifestaciones del culto católico, en cuyo caso encontrará en ellas un nivel, aunque elemental, de comunión espiritual con el Pueblo de Dios.

Si tratamos de buscar la expresión de armonía entre Liturgia y expresiones de Piedad Popular a lo largo de la Semana Santa podemos trazar un mapa ideal en los siguientes términos:

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Centro litúrgico del día la Misa con la Proclamación solemne de la Pasión del Señor, precedida por la Bendición de los ramos y la Procesión Litúrgica prevista (CE nn.263-273), pueden darse en este día algunas procesiones devocionales con especial participación de niños y con el paso llamado de la borriquilla, conviene que, de existir estas manifestaciones, se conviertan en una introducción o continuación de la acción litúrgica. En la procesión litúrgica no conviene la presencia de “imágenes” porque en ella es el Evangeliario, que lleva el Diácono procesionalmente, el que representa a Cristo que entra en Jerusalén (CE n. 270; el Obispo o Presbítero lleva en la mano una palma o ramo, CE n. 269).

En los días entre el Lunes y el Jueves en la mañana encuentra su lugar la celebración litúrgica de la Misa Crismal, ligada a la confección de los santos óleos y a la gracia del sacerdocio cristiano. Tras esta celebración, que puede revestir un peculiar tono “vocacional” y ser ocasión de una peculiar oración por los ministros ordenados de la Iglesia, pueden darse celebraciones en las Parroquias y comunidades de “recepción de los santos óleos”. Es también muy propio de la vida litúrgica de estos días el dar los últimos pasos presacramentales con los que se preparan a culminar la Iniciación cristiana, del mismo modo son días ligados directamente a la renovación bautismal de cara a la participación en la Pascua del Señor por medio de la Penitencia sacramental; son días para celebraciones comunitarias de la Penitencia con confesión y absolución individual o al menos para que los sacerdotes que puedan estén disponibles para reconciliar a cuantos penitentes lo pidan.

En la Piedad Popular pueden realizarse procesiones o actos de piedad meditando la Pasión del Señor proclamada el Domingo precedente (las procesiones reproducirán en sus pasos una o varias de estas escenas o momentos de la Pasión del Señor).

En la tarde del jueves la Misa de la Cena del Señor ocupa el lugar central con su peculiar continuación en la procesión y reserva de la Eucaristía para velarla a lo largo de la noche. Como ya señalamos el origen de esta adoración no es tanto la gózosa acción de gracias por el don del Sacramento del Altar, (contenido litúrgico que pasa a la Solemnidad del Corpus Christi), cuanto el modo de expresar nuestro acompañar al Señor, tras la Cena, al huerto de los olivos, para disponernos con Él, en oración a entrar en Pasión, a hacer la voluntad del Padre. La visita a estos “lugares de Reserva” ha de ser una procesión con Cristo hasta Getsemaní y en sus diversas “escalas” convertirse en un verdadero tiempo de oración.

La más importante práctica de piedad en la noche del Jueves Santo ha de ser la Hora Santa, pedida por el mismo Cristo. El adorno del “lugar de la reserva” no es en sí “festivo”, se ha de caracterizar por una elegante austeridad que sea ambiente para entrar con Cristo en la Pasión. Belleza, elegancia, pero distintas de la de Pascua. A media noche (por situar en un momento preciso el prendimiento) se ha de simplificar aun más el ornato de la Reserva, entramos en Pasión. Nos arrebatan al Esposo, comienza un día de ayuno, de luto. Ya no se hacen celebraciones comunitarias junto a la Reserva. Es el momento de la Prácticas de Piedad que retoman nuevamente el evangelio de la Pasión, el Via Crucis, los Misterios de Dolor. Si se trata de Procesiones es bueno que en el Jueves presenten las primeras escenas de la Pasión, (traición de Judas, cena, oración del huerto, prendimiento). En la mañana del viernes pueden seguir todas las contemplaciones de la Pasión, pero singularmente las que van desde la condena a muerte hasta la crucifixión.

La mañana del Viernes con las Horas de Tercia y Sexta y la continuidad en el comienzo de la tarde de Nona contemplan la culminación de la Pasión, hasta la muerte en cruz del Redentor. La tarde está sigilada litúrgicamente por la Celebración de la Pasión del Señor.

En la Piedad Popular la mañana del Viernes concede un espacio peculiar a mirar al que traspasaron, las imágenes y pasos lo destacan, pero sobre todo los llamados Sermones de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. En la tarde, tras la Lectura Litúrgica de la Pasión, la intensa oración de intercesión y la Adoración de la Cruz, la Cruz se alza en el silencio impresionante. La Piedad saborea las escenas de la pasión en la oración, en Roma el Papa reza con los fieles el Via Crucis. En muchos lugares se conservan los Sermones de la Descensión y las calles escuchan el gemido de las “carracas” o el lamento de peculiares instrumentos o cantos. Se hace silencio. Se forman augustos los cortejos del Santo Entierro.

El sábado es día de recogimiento. La liturgia saborea las Horas, tratando de penetrar el misterio de la muerte, sepultura y descenso a los infiernos de Cristo.

La Piedad acude a María y bebe de su Fe, que no la separa del dolor, pero lo hace fecundo.

Y en la profunda noche, incohado ya el Domingo tras las Vísperas, la Liturgia de la Vigilia Pascual rompe el tiempo y da comienzo al Octavo Día.

Las procesiones de las apariciones de resucitado o del Encuentro prolongan la claridad de esta noche luminosa.

Y al atardecer del Domingo, con la hora de vísperas, comenzamos a saborear la gracia de una noche que necesita 50 días para celebrarse, que nos introduce en el pregusto de la eternidad. Y acudimos a la fuente bautismal, estrenada esa noche, luminosa y florida, llena de vida y en torno a ella comenzamos de nuevo nuestra “acción de gracias”.

4. Conclusión. La Semana Santa Tarraconense

Lo primero que llama la atención, siendo algo bastante común en Cataluña, es el carácter equilibrado y ajustado de Liturgia y expresiones de Piedad Popular durante los días de la Semana Santa, prudencia de los Pastores y buen sentido del Pueblo cristiano, que es de agradecer.

Sobria y solemne celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, en la Catedral y Viacrucis procesional por las murallas presidido por el Santo Cristo de la Sangre.

Lunes por la tarde nuevamente Viacrucis procesional. El Martes es la Hermandad de Jesús Nazareno la que procesiona. El Miércoles Rosario y procesión del Dolor de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Pasión.

El Jueves Santo todo se centra en la celebración litúrgica de la Misa de la Cena del Señor  y luego las Horas Santas, los turnos de Guardia de Honor, las visitas al Santísimo.

El Viernes Santo se comienza con un primer Viacrucis procesional al que seguirá el Sermón de Pasión o de la “bufetada” al que sigue un nuevo Viacrucis procesional presidido por el Santo Cristo de la Sangre. Otros Viacrucis y los “Divinos Oficios” en la Catedral  y el Sermón de las Siete Palabras que organiza la Asociación “La Salle” (lástima que coincidiendo con los Oficios). Por la tarde la presencia de “los armados” por las calles y las sucesivas tres Recogidas de pasos van removiendo toda la Ciudad y haciéndose eco de lo celebrado en las iglesias. Todo culmina en la solemnísima procesión del Santo Entierro (del Sant Enterrament).

Cohorte romana, la Bandera Negra acompañada por las carracas (matraques) y la Congregación de la Purísima Sangre, los Mareantes con el paso de la santa Cena, la Asociación la Salle con La oración en el huerto, el velad y orad, los Pescadores con el prendimiento, los Aspirantes de la sangre con la flagelación, la Cofradía del Cristo del buen Amor  y Ntra. Sra. de la Amargura con sus pasos, la Hermandad de Ecce Homo con su paso, Jesús de la Pasión y su Hermandad,  la Hermandad de Jesús Nazareno con los pasos del Cireneo, Jesús Nazareno y el Despojamiento de las vestiduras, la Congregación de la Sangre con Cruz de los Penitentes, los curiosos y tradicionales penitentes e improperios y el paso del Cristo de los Penitentes, el Santo Cristo de la Sangre . Sigue el paso del Descendimiento  con su Congregación, los campesinos o “pagesos de sant Llorenç i sant Isidre” con la Piedad. La cofradía de san Magín con el paso del retorno del calvario. El gremio de mareantes (marineros) con el Santo Entierro y una escolta romana, los “pagesos” con el Santo Sepulcro y sus armados. La impresionante Soledad con su Congregación. Y cerrando el cortejo con la Bandera Principal de la Purísima Sangre las autoridades religiosas y civiles y la banda de música. Toda la Ciudad, toda la Pasión, los ojos clavados con el corazón en “Aquel a quien traspasaron”, en Cristo nuestro Redentor. Lo leído en la Pasión, lo adorado en la Cruz, se ace camino, contemplación y vida.

Sin querer preferir a unos pasos sobre otros yo ahora les invitaría a centrar la atención sobre algunos de sus pasos en particular:

1. El Cristo del Buen Amor, comienza su calvario, le han hecho escarnio, coronado de espinas. Sentado, pensativo. Piensa en el Padre y en cada uno de nosotros, tan amados del Padre, tan necesitados de su amor redentor. Y Cristo se ofrece, “por vosotros y por todos los hombres”.

2. El Santo Cristo de la Sangre, poco he de deciros, no os hace falta levantar la mirada, está grabado en vuestro corazón. Pero, haced memoria. “Atraeré a todos hacia mí”. Se desangra, tiene sed, “tengo sed”, como a la samaritana, como a Leví, como a Zaqueo, te llama, llama a tu puerta, mira, “si alguno me abre, comeremos juntos...”, “hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Mucha sangre, mucho amor, para dar mucha vida.

3. La Piedad, los cristianos de oriente llaman a este Paso “el Esposo”, sí, María es la Iglesia Esposa, recibe a Cristo que ha dado la vida por Ella. Y ella acogiendo este santo cuerpo, acoge esa  donación de amor que la hace fecunda, la  muerte de Cristo es nuestra vida y la fecundidad espiritual de la Iglesia. Acoger a Cristo hoy no es tomar un cadaver, es recoger su Palabra, sus Acciones sacramentales, su testamento de amor divino. El tesoro de la Iglesia y de cada cristiano.

4. El Santo Sepulcro, sí, finalmente míralo, mira este Paso impresionante. “Y el séptimo día descansó”, el Señor creo y ha recreado, ahora puede descansar, nos invita a  “entrar en su descanso” en el Santo Sábado. No es para “no hacer nada”, es para dejarnos rehacer por él, en la escucha obediente de su palabra y en la contemplación transformante de su obra, de su Pasión y Muerte de Cruz. Así nos preparamos para Resucitar con El.

La ciudad “descansa” el Sábado y acompaña a la Mare de Deu de la Soledat en su solemne recorrido procesional, ella, la Virgen mantiene viva nuestra esperanza. De noche, ya iniciado el Domingo (litúrgicamente hablando), la solemne Vigilia Pascual culmina las celebraciones. No quiero cansarles más, pero no puedo despedirme deseándoles una fructuosa Semana Santa y una Feliz Pascua sin cerrar mi exposición con una conclusión o sugerencia final.

Conclusión. Actitudes para vivir la Pasión del Señor.

Siempre que medito o invito a meditar la Pasión me viene una pregunta, ¿ y durante la Pasión dónde está Dios Padre?

Y es que puede venir la impresión, desde el grito “porqué me has abandonado”, de que el Padre se olvida que es Padre y se hace ese “ojo escrutador y justiciero que todo lo ve” y que vuelca su ira sobre Jesús hasta quedar saciado con su sangre. ¿Sería este el Padre de Jesus? ¿el que Él nos presentó en la parábola del Hijo pródigo? ¿el que tanto amó al mundo que entregó a su propio Hijo? El Padre no tiene sed de sangre, quiere la obediencia filial y confiada de Jesús, (la obediencia que nos salva), tanto la quiere, que está dispuesto a pagar el precio (a la desobediencia pecadora de los seres humanos) de la sangre y sufrimiento de su Hijo. En la Cruz el Hijo y el Padre, unidos por el Espíritu están de la misma parte, la del amor, de la otra parte está el pecado y los pecadores, tú y yo. Si al pié de la Cruz llora la Madre, traspasado el corazón, arriba en el cielo que se oscurece está roto el corazón del Padre, amor de tierra a cielo que pasa por la Cruz de Cristo y hace temblar los montes.

En segundo lugar, meditando la Pasión, viendo a Jesús, no puedo evitar recordar a las mujeres de Jerusalén, ¡cómo se emocionaban y lloraban! Pero Jesús no quiere estas lágrimas de lástima o de pura emoción. Estas lágrimas no curan el alma. En su Pasión Jesús mira a Pedro, canta el gallo y también, en la Pasión, Pedro llora. Resucitado Jesús saldrá al encuentro de Pedro una vez más y con aquellas lágrimas le lavará de su pecado, porque, como se lo hace confesar por tres veces esas lágrimas ya fueron de amor y contricción. Pidamos estas lágrimas para vivir estos días, no sólo las otras, que son fáciles, pero efímeras. Pidamos las lágrimas de un corazón contrito, las de la conversión que se deja llevar por el amor, las que hacen hombres y mujeres nuevos capaces de perdonar y capaces de reconstruir, ¡qué gran Esperanza! Gracias Señor.