Liturgias masivas, comunidad, abandono en
Dios
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero
de Roma (V)
[Don
Alberto Orlando, vicario parroquial de Santa María Madre de la Providencia:]
Soy don Alberto Orlando, vice párroco de la
parroquia de Santa María Madre de la Providencia. Desearía
presentarle una dificultad vivida en Loreto con los jóvenes al año pasado
[donde se celebró el Ágora de los jóvenes italianos -al que acudieron medio
millón- el 1 y 2 de septiembre. Ndt]. Pasamos en Loreto una jornada bellísima,
pero entre tantas cosas estupendas percibimos una cierta distancia entre usted
y los jóvenes. Llegamos por la tarde. No conseguimos acomodarnos, ver ni oír.
Cuando llegó la noche usted se marchó y nos quedamos como a merced de la
televisión, que en cierto sentido nos usó. Pero los jóvenes tienen necesidad de
calor. Una joven me dijo, por ejemplo: «Normalmente el Papa nos llama
"queridos jóvenes"; en cambio hoy nos ha llamado "jóvenes
amigos"». Y estaba muy contenta por ello. ¿Cómo no subrayar este
particular, esta cercanía? La conexión televisiva con Loreto era muy fría, muy
lejana; también el momento de la oración tuvo dificultades, porque estaba
ligado a los puntos de luz que permanecieron cerrados hasta tarde, al menos
hasta que no terminó el espectáculo televisivo. Lo segundo que nos creó alguna
dificultad fue en cambio la liturgia del día después, un poco agotadora sobre
todo en cantos y música. En el momento del Aleluya, por poner un ejemplo, una
joven observó que, a pesar del calor, estas canciones y la música se
prolongaban muchísimo, como si a nadie le importara la incomodidad del que se
veía estrechado por la multitud. Y se trataba de chavales que todos los
domingos participan en misa. Estas son las dos preguntas: ¿por qué esta
distancia entre usted y ellos? Y ¿cómo conciliar el tesoro de la liturgia en
toda la solemnidad con el sentimiento, el afecto y la emotividad que nutre a
los jóvenes, cosa que necesitan tanto? Desearía asimismo un consejo: cómo
equilibrarnos entre solemnidad y emotividad. También porque somos nosotros
mismos, los sacerdotes, los que con frecuencia nos preguntamos qué capacidad
tenemos de vivir con sencillez la emoción y el sentimiento. Y siendo ministros
del sacramento desearíamos poder orientar sentimiento y emotividad hacia un
justo equilibrio.
[Benedicto XVI:]
El primer punto que se me propone está
relacionado con la situación organizativa: la encontré así como estaba, así que
no sé si era posible tal vez organizarlo de una manera distinta. Considerando
los miles de personas que había, era imposible, me parece, conseguir que todos
estuvieran igual de próximas. Es más, por ello hicimos un recorrido con el
vehículo, para tener un poco de cercanía con cada una. Pero tendremos en cuenta
esto y veremos si en el futuro, en otros encuentros con miles y miles de
personas, es posible hacer algo diferente. Con todo, me parece importante que
crezca el sentimiento de una cercanía interior, que encuentre el puente que nos
une aunque estemos físicamente lejanos. Un gran problema es, en cambio, el de
las liturgias en las que participan masas de personas. Recuerdo que en 1960,
durante el gran congreso eucarístico internacional de Munich, se intentaba dar
una nueva fisonomía a los congresos eucarísticos, que hasta entonces eran sólo
actos de adoración. Se quería poner en el centro la celebración de la Eucaristía como acto de
la presencia del misterio celebrado. Pero inmediatamente surgió la cuestión
sobre cómo hacerlo posible. Adorar -se decía- se puede hacer también a
distancia; pero para celebrar es necesaria una comunidad limitada que pueda
interactuar con el misterio, por lo tanto una comunidad que debía ser asamblea
en torno a la celebración del misterio. Muchos eran contrarios a la celebración
de la Eucaristía
en público con cien mil personas. Decían que no era posible precisamente por la
estructura misma de la
Eucaristía, que exige la comunidad
para la comunión. Había también grandes personalidades, muy respetables, entre
los contrarios a esta solución. Después el profesor Jungmann, gran liturgista,
uno de los grandes arquitectos de la reforma litúrgica, creó el concepto de statio
orbis, esto es, regresó a la statio Romae donde justamente en tiempo
de Cuaresma los fieles se reúnen en un punto, la statio: así que
permanecen en statio como los soldados por Cristo; luego van juntos a la Eucaristía. Si
ésta, dijo, era la statio de la ciudad de Roma, donde la ciudad de Roma
se reúne, entonces ésta es la statio orbis. Y desde aquel momento
tenemos las celebraciones eucarísticas con la participación de masas. Para mí,
debo decirlo, permanece un problema, porque la comunión concreta en la celebración
es fundamental y por lo tanto no encuentro que se haya dado realmente con la
respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado planteé este interrogante,
que en cambio no halló respuesta. Igualmente promoví otra cuestión, sobre la
concelebración en masa: porque si concelebran, por ejemplo, mil sacerdotes, no
se sabe si existe aún la estructura querida por el Señor. Pero en todo caso son
interrogantes. Y así, se le ha presentado a usted la dificultad al participar
en una celebración de masa durante la cual no es posible que todos estén
involucrados por igual. Por lo tanto se debe elegir un cierto estilo para
conservar esa dignidad que siempre es necesaria para la Eucaristía, y la
comunidad no es uniforme y la experiencia de la participación en lo que allí se
vive es diferente; para algunos es ciertamente insuficiente. Pero no ha
dependido de mí, sino más bien de quienes se ocuparon de la preparación.
Se debe reflexionar bien sobre qué hacer en
estas situaciones, cómo responder a los desafíos de estos momentos. Si no me
equivoco, había una orquesta de discapacitados que interpretaban la música y
tal vez la idea era precisamente mostrar que también ellos pueden animar la
sagrada celebración y no deben verse nunca relegados, sino ser actores
primarios. De tal forma todos, amando a aquellos, no
se sintieron relegados, sino más bien involucrados. Me parece una reflexión muy
respetable y la comparto. Naturalmente, en cambio, persiste el problema
fundamental. Pero me parece que también aquí, sabiendo qué es la Eucaristía, aunque no
se tenga la posibilidad de una actividad exterior como se desearía para
sentirse copartícipes, se entra en ella con el corazón, como dice el antiguo
imperativo en la Iglesia,
creado tal vez precisamente para los que estaban detrás en la basílica:
«¡Levantemos el corazón! Ahora todos salimos de nosotros mismos, así todos
estamos con el Señor y estamos juntos». Como he dicho, no niego el problema,
pero si seguimos realmente esta palabra, «¡Levantemos
el corazón!», encontraremos a todos, también en situaciones difíciles y a veces
discutibles, en la verdadera participación activa.
[Monseñor Renzo Martinelli, delegado de la Pontificia Academia
de la Inmaculada:]
Santo Padre: desearía sobre todo agradecerle
las especificaciones que hizo el domingo pasado en el Ángelus
respecto a sus intenciones, porque siempre formamos a los fieles para que oren
por el Papa, y cuando usted pide rezar por los consagrados, por la jornada de
la vida, por los frutos de conversión de la Cuaresma, la concreción de estos puntos evidencia
aún más una comunión interior, pero también la consciencia de estar cerca de
sus intenciones. También es de estos días la gracia de poder orar ante la Inmaculada en el
aniversario de Lourdes. Volviendo al problema de la emergencia educativa, la
pregunta es ésta: recientemente usted ha dicho a los obispos eslovenos esta
frase: «Si por ejemplo se concibe al hombre según una tendencia hoy difundida
de manera individualista», cómo justificar el esfuerzo por la construcción de
una comunidad justa y solidaria. Entré en el seminario a los once años y fui
educado un poco en una mentalidad en la que existía mi yo, y después junto a mi
yo otro yo un poco moralista para conformarse a Cristo, y al final mi libertad,
como dice usted en su libro Jesús de Nazaret, es como si se condujera de forma
esclava, como esclavitud, cuando comenta el tema del hermano mayor de la
parábola del hijo pródigo. Y todo esto crea división: cómo proponer en cambio a
los jóvenes aquello en lo que usted insiste siempre, esto es, que el yo del
cristiano, cuando se ha investido de Cristo, ya no es más yo. La identidad del
cristiano, dijo usted con mucha profundidad en Verona, es el yo que ya no es
yo, porque existe el sujeto de comunión de Cristo. Cómo proponer, Santidad,
esta conversión, esta nueva modalidad, esta originalidad cristiana de ser una
comunión que propone eficazmente la novedad de la experiencia cristiana.
[Benedicto XVI:]
Es la gran cuestión que todo sacerdote que es
responsable de otros se plantea hoy en día. También para él mismo,
naturalmente. Es verdad que en el siglo XX existía la tendencia a una devoción
individualista, para salvar sobre todo la propia alma y crear méritos también
calculables que se podían, en ciertas listas, hasta indicar con números. Y
ciertamente todo el movimiento del Concilio Vaticano II quiso superar este
individualismo.
No desearía juzgar a estas generaciones
pasadas, que en cambio, a su modo, intentaron servir así a los demás. Pero allí
estaba el peligro de que sobre todo se quisiera salvar la propia alma; a ello
le seguía una exteriorización de la piedad que al final encontraba la fe como
un peso, no como una liberación. Y ciertamente es voluntad fundamental de la
nueva pastoral indicada por el Concilio Vaticano II salir de esta visión
demasiado restringida del cristianismo y descubrir que yo salvo mi alma sólo
donándola, como nos ha dicho hoy el Señor en el Evangelio; sólo liberándome de
mí, saliendo de mí; como Dios hizo en el Hijo, que sale de ser Él mismo Dios
para salvarnos a nosotros. Y nosotros entramos en este movimiento del Hijo,
buscamos salir de nosotros mismos porque sabemos dónde llegar. Y no caemos en
el vacío, sino que nos dejamos a nosotros mismos abandonándonos en el Señor,
saliendo, poniéndonos a su disposición, como quiere Él, no como pensemos
nosotros.
Ésta es la verdadera obediencia cristiana, que
es liberad: no como querría yo, con mi proyecto de vida para mí, sino poniéndome
a su disposición, para que Él disponga de mí. Y poniéndome en sus manos soy
libre. Pero es un gran salto que nunca se hace definitivamente. Pienso aquí en
San Agustín, quien muchas veces nos ha dicho esto. Inicialmente, después de la
conversión, pensaba que había llegado a la cumbre y que vivía en el paraíso de
la novedad de ser cristiano. Después descubrió que el dificultoso camino de la
vida proseguía, si bien desde aquel momento siempre en la luz de Dios, y que
era necesario dar cada día de nuevo este salto desde uno mismo; dar este yo
para que muera y se renueve en el gran yo de Cristo que es, de una determinada
forma muy cierta, el yo común de todos nosotros, nuestro yo.
Pero diría que nosotros mismos debemos,
precisamente en la
Eucaristía -que es este gran y profundo encuentro con el
Señor donde me dejo caer en sus manos--, dar este gran paso. Cuánto más lo
aprendamos nosotros mismos, más podremos expresarlo a los demás y hacerlo
comprensible, accesible a otros. Sólo caminando con el Señor, abandonándonos en
la comunión de Iglesia a su apertura, no viviendo para mí -ya sea para una vida
terrenal gozosa, ya sea sólo por una felicidad personal--, sino haciéndome
instrumento de su paz, vivo bien y aprendo este valor ante los desafíos de cada
día, siempre nuevos y graves, frecuentemente casi irrealizables. Me abandono
porque tú lo quieres, y estoy seguro de que así avanzo bien. Podemos sólo rogar
que el Señor nos ayude a hacer este camino cada día, para ayudar, iluminar de
esta manera a los demás, motivarles para que puedan ser así liberados y
redimidos.
Traducción del original italiano por Marta Lago