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Loores de las Marías humildes |
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Digamos ahora los loores de las dos Marías humildes. Estas son las Marías borrosas, fondo de cuadro viejo, que solo en función de acompañamiento y comitiva aparecen en el Evangelio, primero al pie de la Cruz y luego en el sepulcro... Estas son las Marías sin historia ni tradición. Las Marías casi sin nombre que los Evangelistas nombran con referencias familiares: «la mujer de Cleofás», «la mujer de Zebedeo»o todavía con mas gracioso rodeo y circunloquio: «la madre de los hijos de Zebedeo». El pueblo, con fino instinto, parece que ha interpretado esa economía de las referencias históricas, tiñendo sus figuras de humilde sentido casero. Estas son siempre para el romance o para la iconografía, las Marías hacendosas, que sirven y atienden a la gran Señora y a la gran contemplativa. Ellas son, en los Calvarios barrocos, las que sostienen a la Virgen que se desmaya. Ellas son, en algún lienzo mas ingenuo, incluso las que acercan a sus labios una taza de sopicaldo. Ellas son las que en las tallas del descendimiento y del sepulcro, mientras Magdalena se dedica a la más noble función de los unguentos, cosen el sudario con carretes y tijeras «de verdad». Gusta el pueblo de tratarlas con cierta confianza. Gusta regalarlas –así como a otras santas rostrillos de aljofar o gargantillas de coral– carretes de seda de vistosos colores, dedal de plata labrada, tijeras de marfil y oro. Utensilios siempre para la labor. Estos son los loores de las Marías hacendosas, costureras y humildes. De las Marías sin historia, sin leyenda y casi sin nombre. Santas Marías de confianza, que parece que están ahí en los altares, para invocarlas en la cuita doméstica y pequeña: si se perdió la aguja, si se pegaron a la sartén las natillas, si enfermo la becerra...
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