Los
30 años de Harry Potter
Cipriano
Sánchez | http://ciprianosanchez.blogspot.com
“La
mano de Harry estaba inmóvil, alzada en un adiós.
-Estará
bien, -murmuró Ginny.
Cuando
Harry miró hacia ella, bajó la mano ausentemente y se tocó la
cicatriz en forma de relámpago de la frente.
-Lo
sé.
La
cicatriz no le había dolido a Harry en diecinueve años. Todo iba
bien” (cf. Rowling, Harry
Potter y las reliquias de la muerte).
Hace
algunos años, unos libros llenaron las librerías de forma arrolladora.
Estos libros contaban la historia de un niño, hijo de unos magos
asesinados por un brujo llamado Voldemort.
A
lo largo de una década los libros de J.K. Rowling fueron un éxito,
contándonos como Harry Potter iba creciendo hasta los dieciocho años.
Estos
libros fueron motivo de discusiones, algunas de tipo teológico, sobre
la conveniencia de que los niños los leyeran. Yo, desde que leí el
primero, quedé maravillado por varios aspectos de la narración, como
la fantasía, la acomodación del mundo de la magia al mundo de los niños,
la limpieza de corazón de Harry y sus amigos, de modo especial Ron y
Hermione, la magnífica figura paterna de Albus Dumbledore, con sus
ricos consejos y su heroico sacrificio.
Me
cautivó la adaptación a los problemas y a la mentalidad de los niños
en la edad en que iban siendo presentados, pues entre el Harry de once años
en “la piedra filosofal”, hasta el Harry de dieciocho en “las
reliquias de la muerte” hay tal desarrollo psicológico, afectivo,
emocional, que podemos decir que cada libro, con sus límites, es un
espejo del mundo de los niños en esa etapa de crecimiento. Si alguien
subrayara los consejos de Dumbledore a Harry, o las reacciones e
inquietudes del joven mago, obtendría un buen manual para adolescentes
ante los grandes interrogantes, como la vida, la muerte, la amistad, el
dolor, las dificultades, el encuentro con el amor, el choque contra el
mal, la lucha contra lo oscuro del propio corazón y otros muchos temas.
Los
libros de Harry Potter terminaron su aventura hace un par de años con
un Harry crecido, casado y, lo que es más interesante, lleno de
madurez. El epílogo que Rowling quiso escribir, según algunos para
evitar secuelas de las aventuras del mago, refleja la personalidad de
quien siembra y recoge semillas de valor a lo largo de su vida.
Sus
consejos a los niños, fruto de su matrimonio con Ginny, la hermana de
Ron, casado con Hermione, reflejan su corazón. Los hijos tienen los
nombres de los cuatro protagonistas adultos que se sacrificaron por
Harry Potter: sus padres James y Lilly, y sus valientes profesores, el
sabio Albus y el incomprendido Severus. Esto habla de la reconciliación
interior de todo el mundo de Potter, en el que cabe todo el bien, el
conocido y el desconocido. Harry le dice a su hijo mayor camino de
Hogwarts la academia para magos que no importa dónde nos encontramos,
sino lo que hacemos con nuestra libertad. Da igual ser de la casa de
Slytherin (los malos en toda la saga) o de la casa de Griffindor (los
buenos de la saga). La libertad nos define en donde nos encontremos. La
libertad nos califica al usar los dones que hemos recibido sin merecer.
Esta
libertad tiene consecuencias para nuestra vida pues se mezcla con
nuestro carácter y nuestras circunstancias concretas. De ahí nace
nuestra personalidad y se construye nuestra historia. De todo nos quedan
cicatrices: de nuestros dolores y de nuestros triunfos. Cicatrices, como
dice Dumbledore en el primero de los libros, que pueden ser útiles,
porque nos recuerdan el mal que hay en el mundo y que el amor es más
fuerte que ese mal que nos marca. Y cuando las cicatrices nos recuerdan
el triunfo de lo que amamos sobre lo que nos daña, todo está bien.
Felicidades Harry Potter.
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