
“Wendy, ¿por qué tenemos que crecer?…
Los adultos organizan el mundo en el que los niños y los piratas
juegan.
Debemos agradecerles y compadecerlos por lo demás. Pobres,
torpes… atrapados por el decoro, por la humillación ante las
autoridades y atormentados por los sentimientos…
Olvídalos a todos. Ven conmigo adonde no tendrás que pensar en las
cosas de los adultos… donde siempre seremos niños…”
Hace ya algunos años escribí un artículo que también
comenzaba con esta cita del libro “Peter and Wendy” escrito por
J. M. Barrie en 1911.
Lo que entonces se conocía como la historia de un niño que no
crece y por tanto tampoco muere, hoy en día, desgraciadamente, es
el nombre de una enfermedad de tremenda actualidad:”El síndrome
de Peter Pan”.
¿Quién no tiene cerca a algún amigo, familiar, o compañero de
trabajo, entradito en años, que no quiere crecer, y que, por
supuesto, se resiste a asumir las obligaciones y responsabilidades
que conlleva ser adulto?¿Cómo reconocerlos?
Según vienen advirtiendo los expertos desde hace varios años,
el aumento de esta enfermedad está haciendo estragos no solo entre
los adolescentes o jóvenes adultos, sino que se ha ampliado a todas
las etapas de la vida adulta. Puesto que, como señala Gary Cross,
profesor de historia en la Universidad Estatal de Pensilvania: “la
cultura de los niños-adultos responde más a un estilo de vida que
a una etapa de la vida”.
Ahora se les llama kidults (kid + adult) pero fue el psicólogo
norteamericano, Dan Kiley, el padre de la expresión “síndrome de
Peter Pan”, tras la publicación de The Peter Pan Syndrome: Men
Who Have Never Grown Up (“El síndrome de Peter Pan, el hombre que
nunca crece”).
Según Kiley, estos “eternos adolescentes”, aunque parezcan
ser personas muy seguras de sí mismas, suelen tener unos rasgos muy
característicos: “irresponsabilidad, rebeldía, cólera,
narcisismo, dependencia, manipulación, y la creencia de que está más
allá de las leyes de la sociedad y las normas”.
Es más, son capaces de manipular y abducir a los que les rodean,
como a los niños perdidos, en aras de unos negocios de éxito
ilimitado, de unos proyectos fantásticos, o incluso, de un amor
“ideal”, sin asumir como propio los deberes y responsabilidades
que estos con llevan.
Y, si las cosas se tuercen (sierre se tuercen), si no llegan los
resultados esperados (nunca llegan), o si por el camino “pringa”
los sentimientos de los suyos (siempre ocurre), “buscan (…) la
culpabilidad de todo lo que sucede a su alrededor, en los demás,
sin que nunca se sientan realmente parte del problema, y ni siquiera
de la solución”.
Es más, “dentro de su familia creen tener el derecho para
exigir a los demás cualquier sacrificio, maniobran para que todo su
entorno inmediato esté pendiente de ellos y ser el centro de atención,
no toleran ni la más pequeña crítica negativa, aunque esté bien
fundamentada”, según publicó el Dr. Antonio Arbulú Neira, en su
artículo titulado “¿Te acuerdas de Peter Pan?”.
Pero estos “niños grandes” que, como en el cuento de Peter
Pan y su País de Nunca Jamás, solo quieren soñar y volar, que son
incapaces de amar , y que son ajenos a los efectos dañinos que su
actitud y las consecuencias de los mismos pueden provocar en los demás;
tienen siempre a su lado a una “Wendy” que toma las decisiones,
asume sus responsabilidades , y además, le justifica ante los demás.
Unas “Wendy” que no son conscientes de que permitir a Peter
Pan salir a través de la ventana, en busca del País de Nunca Jamás,
para esconderse de sus compromisos, es, generalmente, la causa de
muchos conflictos familiares, conyugales y sociales , que minan las
relaciones y quiebran los vínculos, en muchos de los casos, de
manera irreversible.