El manifiesto del Papa Ratzinger: "Que comience así la
transformación del mundo"
La revolución cristiana nace en la liturgia, dice Benedicto XVI. Y su
"canon", su regla constitutiva, es la gran plegaria eucarística.
Lo explicó en la homilía del Jueves Santo. Y antes en una catequesis
igualmente sorprendente
por Sandro Magister
ROMA, 14 de abril del 2009 – La pasada semana santa Benedicto XVI ha
acompañado cada celebración con una homilía de aquellas genuinamente
suyas de la primera a la última palabra. Las homilías son ya un signo
distintivo, quizá todavía el menos notorio y el menos entendido, de
este pontificado. Pero seguramente el más revelador.
El Papa Joseph Ratzinger no es solamente teólogo, antes que eso es
liturgo y predicador de homilías. Este carácter inconfundible ha sido
puesto en evidencia más de una vez en www.chiesa. Por ejemplo, el año
pasado lo hicimos colocando en la red, en bloque, inmediatamente después
de la Pascua, las seis homilías de la semana santa apenas pasada. Y en
otoño, curando un libro - editado por Scheiwiller del Grupo 24 Horas -
con una selección de homilías de Benedicto XVI del año litúrgico que
acababa de concluir.
En cambio, después de la semana santa de este año, el lector no
encontrara reproducidas aquí todas las homilías pronunciadas para la
ocasión por el Papa. Estas la podrá leer en el sitio web del Vaticano,
haciendo click en los enlaces indicados al final de la página.
De las homilías papales del pasado santo Triduo se reproduce a
continuación una sola, la de la noche del Jueves Santo.
E inmediatamente después el lector encontrará otro texto de Benedicto
XVI de algunos meses antes: la catequesis que dio en la audiencia
general del miércoles 7 de enero del 2009.
Los dos textos están estrechamente relacionados entre sí. En uno y
otro el Papa Ratzinger explica las palabras y el sentido profundo del
Canon Romano, la plegaria central y constitutiva de la misa, la más
antigua entre las que están en uso en todo el mundo con el actual misal
de la Iglesia de Roma.
En la misa "in cena Domini" del Jueves Santo el Canon Romano
tiene algunas variantes propias del día. Y desde las primeras palabras
de su homilía Benedicto XVI pone en evidencia el detalle.
Pero es al sentido global de esta plegaria litúrgica capital que el
Papa Ratzinger dedica toda la homilía.
Y hace lo mismo en un pasaje de la catequesis del 7 de enero, que por lo
demás está dedicada a ilustrar el culto cristiano en su conjunto. El
culto que el Canon Romano, sobre las huellas de san Pablo, define,
"rationabile".
La traducción corriente de "rationabile", en las lenguas
modernas, es "espiritual". Pero Benedicto XVI advierte que se
tenga cuidado de pensar que el culto cristiano sea algo metafórico,
moralista, puramente interior. No, explica, el verdadero culto cristiano
aferra a los hombres y al mundo en su totalidad, es también corporal y
material, es "liturgia cósmica" en la cual "los pueblos
unidos en Cristo, el mundo, se hacen gloria de Dios".
Es rarísimo, en la moderna producción teológica y litúrgica,
encontrar una explicación del significado del culto cristiano tan
penetrante como en estos dos textos de la predica del Papa Ratzinger.
A continuación, pues, en orden:
– la homilía de Benedicto XVI en la misa "in Cena Domini"
de pasado Jueves Santo;
– la catequesis del 7 de enero del 2009, sobre el culto
"espiritual";
– los enlaces a los textos completos del Canon Romano in latín y en
lengua moderna;
– más otros enlaces a todas las homilías del Papa.
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1. Homilía del Jueves Santo, 9 de abril del 2009, sobre el Canon Romano
por Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas, "Qui, pridie quam pro nostra
omniumque salute pateretur, hoc est hodie, accepit panem". Así
diremos hoy en el Canon de la Santa Misa. "Hoc est hodie". La
Liturgia del Jueves Santo incluye la palabra "hoy" en el texto
de la plegaria, subrayando con ello la dignidad particular de este día.
Ha sido "hoy" cuando Él lo ha hecho: se nos ha entregado para
siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este
"hoy" es sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero
es más aún. Con el Canon entramos en este "hoy". Nuestro hoy
se encuentra con su hoy. Él hace esto ahora. Con la palabra
"hoy", la Liturgia de la Iglesia quiere inducirnos a que
prestemos gran atención interior al misterio de este día, a las
palabras con que se expresa. Tratemos, pues, de escuchar de modo nuevo
el relato de la institución, tal y como la Iglesia lo ha formulado basándose
en la Escritura y contemplando al Señor mismo.
Lo primero que nos sorprende es que el relato de la institución no es
una frase suelta, sino que empieza con un pronombre relativo: qui
pridie. Este "qui" enlaza todo el relato con la palabra
precedente de la oración, "…de manera que sea para nosotros
Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor". De
este modo, el relato está unido a la oración anterior, a todo el
Canon, y se hace él mismo oración. En efecto, en modo alguno se trata
de un relato sencillamente insertado aquí; tampoco se trata de palabras
aisladas de autoridad, que quizás interrumpirían la oración. Es oración.
Y solamente en la oración se cumple el acto sacerdotal de la consagración
que se convierte en transformación, transustanciación de nuestros
dones de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Rezando en este
momento central, la Iglesia concuerda totalmente con el acontecimiento
del Cenáculo, ya que el actuar de Jesús se describe con las palabras:
"gratias agens benedixit", "te dio gracias con la
plegaria de bendición". Con esta expresión, la Liturgia romana ha
dividido en dos palabras, lo que en hebreo es una sola,
"berakha", que en griego, en cambio, aparece en los dos términos
de "eucharistía" y "eulogía". El Señor agradece.
Al agradecer, reconocemos que una cosa determinada es un don de otro. El
Señor agradece, y de este modo restituye a Dios el pan, "fruto de
la tierra y del trabajo del hombre", para poder recibirlo
nuevamente de Él. Agradecer se transforma en bendecir. Lo que ha sido
puesto en las manos de Dios, vuelve de Él bendecido y transformado. Por
tanto, la Liturgia romana tiene razón al interpretar nuestro orar en
este momento sagrado con las palabras: "ofrecemos",
"pedimos", "acepta", "bendice esta
ofrenda". Todo esto se oculta en la palabra eucharistia.
Hay otra particularidad en el relato de la institución del Canon Romano
que queremos meditar en esta hora. La Iglesia orante se fija en las
manos y los ojos del Señor. Quiere casi observarlo, desea percibir el
gesto de su orar y actuar en aquella hora singular, encontrar la figura
de Jesús, por decirlo así, también a través de los sentidos.
"Tomó pan en sus santas y venerables manos". Nos fijamos en
las manos con las que Él ha curado a los hombres; en las manos con las
que ha bendecido a los niños; en las manos que ha impuesto sobre los
hombres; en las manos clavadas en la Cruz y que llevarán siempre los
estigmas como signos de su amor dispuesto a morir. Ahora tenemos el
encargo de hacer lo que Él ha hecho: tomar en las manos el pan para que
sea convertido mediante la plegaria eucarística. En la Ordenación
sacerdotal, nuestras manos fueron ungidas, para que fuesen manos de
bendición. Pidamos al Señor ahora que nuestras manos sirvan cada vez más
para llevar la salvación, para llevar la bendición, para hacer
presente su bondad.
De la introducción a la Oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 1),
el Canon usa luego las palabras: "elevando los ojos al cielo, hacia
ti, Dios, Padre suyo todopoderoso". El Señor nos enseña a
levantar los ojos y sobre todo el corazón. A levantar la mirada, apartándola
de las cosas del mundo, a orientarnos hacia Dios en la oración y así
elevar nuestro ánimo. En un himno de la Liturgia de las Horas pedimos
al Señor que custodie nuestros ojos, para que no acojan ni dejen que en
nosotros entren las "vanitates", las vanidades, la banalidad,
lo que sólo es apariencia. Pidamos que a través de los ojos no entre
el mal en nosotros, falsificando y ensuciando así nuestro ser. Pero
queremos pedir sobre todo que tengamos ojos que vean todo lo que es
verdadero, luminoso y bueno, para que seamos capaces de ver la presencia
de Dios en el mundo. Pidamos, para que miremos el mundo con ojos de
amor, con los ojos de Jesús, reconociendo así a los hermanos y las
hermanas que nos necesitan, que están esperando nuestra palabra y
nuestra acción.
Después de bendecir, el Señor parte el pan y lo da a los discípulos.
Partir el pan es el gesto del padre de familia que se preocupa de los
suyos y les da lo que necesitan para la vida. Pero es también el gesto
de la hospitalidad con que se acoge al extranjero, al huésped, y se le
permite participar en la propia vida. Dividir, com-partir, es unir. A
través del compartir se crea comunión. En el pan partido, el Señor se
reparte a sí mismo. El gesto del partir alude misteriosamente también
a su muerte, al amor hasta la muerte. Él se da a sí mismo, que es el
verdadero "pan para la vida del mundo" (cf. Jn 6, 51). El
alimento que el hombre necesita en lo más hondo es la comunión con
Dios mismo. Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no
es pan terrenal lo que da, sino la comunión consigo mismo. Esta
transformación, sin embargo, quiere ser el comienzo de la transformación
del mundo. Para que llegue a ser un mundo de resurrección, un mundo de
Dios. Sí, se trata de transformación. Del hombre nuevo y del mundo
nuevo que comienzan en el pan consagrado, transformado, transustanciado.
Hemos dicho que partir el pan es un gesto de comunión, de unir mediante
el compartir. Así, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza íntima
de la Eucaristía: ésta es "agape", es amor hecho corpóreo.
En la palabra "agape", se compenetran los significados de
Eucaristía y amor. En el gesto de Jesús que parte el pan, el amor que
se comparte ha alcanzado su extrema radicalidad: Jesús se deja partir
como pan vivo. En el pan distribuido reconocemos el misterio del grano
de trigo que muere y así da fruto. Reconocemos la nueva multiplicación
de los panes, que deriva del morir del grano de trigo y continuará
hasta el fin del mundo. Al mismo tiempo vemos que la Eucaristía nunca
puede ser sólo una acción litúrgica. Sólo es completa, si el
"agape" litúrgico se convierte en amor cotidiano. En el culto
cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados por el
Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al prójimo.
Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez
mejor el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la
transformación del mundo.
Después del pan, Jesús toma el cáliz de vino. El Canon Romano designa
el cáliz que el Señor da a los discípulos, como "praeclarus
calix", cáliz glorioso, aludiendo con ello al Salmo 23 [22], el
Salmo que habla de Dios como del Pastor poderoso y bueno. En él se lee:
"preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; …y mi copa
rebosa" (v. 5), "calix praeclarus". El Canon Romano
interpreta esta palabra del Salmo como una profecía que se cumple en la
Eucaristía. Sí, el Señor nos prepara la mesa en medio de las amenazas
de este mundo, y nos da el cáliz glorioso, el cáliz de la gran alegría,
de la fiesta verdadera que todos anhelamos, el cáliz rebosante del vino
de su amor. El cáliz significa la boda: ahora ha llegado "la
hora" a la que en las bodas de Caná se aludía de forma
misteriosa. Sí, la Eucaristía es más que un banquete, es una fiesta
de boda. Y esta boda se funda en la autodonación de Dios hasta la
muerte. En las palabras de la última Cena de Jesús y en el Canon de la
Iglesia, el misterio solemne de la boda se esconde bajo la expresión
"novum Testamentum". Este cáliz es el nuevo Testamento,
"la nueva Alianza sellada con mi sangre", según la palabra de
Jesús sobre el cáliz, que Pablo transmite en la segunda lectura de hoy
(cf. 1 Co 11, 25). El Canon Romano añade: "de la alianza nueva y
eterna", para expresar la indisolubilidad del vínculo nupcial de
Dios con la humanidad. El motivo por el cual las traducciones antiguas
de la Biblia no hablan de Alianza, sino de Testamento, es que no se
trata de dos contrayentes iguales quienes la establecen, sino que entra
en juego la infinita distancia entre Dios y el hombre. Lo que nosotros
llamamos nueva y antigua Alianza no es un acuerdo entre dos partes
iguales, sino un mero don de Dios, que nos deja como herencia su amor, a
sí mismo. Y ciertamente, a través de este don de su amor Él,
superando cualquier distancia, nos convierte verdaderamente en partner y
se realiza el misterio nupcial del amor.
Para poder comprender lo que allí ocurre en profundidad, hemos de
escuchar más cuidadosamente aún las palabras de la Biblia y su sentido
originario. Los estudiosos nos dicen que, en los tiempos remotos de que
hablan las historias de los Patriarcas de Israel, "ratificar una
alianza" significaba "entrar con otros en una unión fundada
en la sangre, o bien acoger a alguien en la propia federación y entrar
así en una comunión de derechos recíprocos". De este modo se
crea una consanguinidad real, aunque no material. Los aliados se
convierten en cierto modo en "hermanos de la misma carne y la misma
sangre". La alianza realiza un conjunto que significa paz (cf.
ThWNT II 105-137). ¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que
ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva
cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con
nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una
"consanguinidad" entre Él y nosotros. Por la encarnación de
Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una
consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La
sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han
hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la
grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en
nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos
de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con
otros.
Sin embargo, ahora surge aún otra pregunta. En el Cenáculo, Cristo
entrega a los discípulos su Cuerpo y su Sangre, es decir, Él mismo en
la totalidad de su persona. Pero, ¿puede hacerlo? Todavía está físicamente
presente entre ellos, está ante ellos. La respuesta es que, en aquella
hora, Jesús cumple lo que previamente había anunciado en el discurso
sobre el Buen Pastor: "Nadie me quita la vida, sino que yo la
entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para
recuperarla" (cf. Jn 10,18). Nadie puede quitarle la vida: la da
por libre decisión. En aquella hora anticipa la crucifixión y la
resurrección. Lo que, por decirlo así, se cumplirá físicamente en Él,
Él ya lo lleva a cabo anticipadamente en la libertad de su amor. Él
entrega su vida y la recupera en la resurrección para poderla compartir
para siempre.
Señor, Tú nos entregas hoy tu vida, Tú mismo te nos das. Llénanos de
tu amor. Haznos vivir en tu "hoy". Haznos instrumentos de tu
paz. Amén.
__________
2. Catequesis del 7 de enero del 2009, sobre el culto
"espiritual"
por Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas, en esta primera audiencia general del año
2009 deseo expresaros a todos mi más cordial felicitación por el año
nuevo recién comenzado. Reavivemos en nosotros el compromiso de abrir a
Cristo la mente y el corazón para ser y vivir como verdaderos amigos
suyos. Su compañía hará que este año, a pesar de sus inevitables
dificultades, sea un camino lleno de alegría y de paz. En efecto, sólo
si permanecemos unidos a Jesús, el año nuevo será bueno y feliz.
El compromiso de unión con Cristo es el ejemplo que nos da también san
Pablo. Prosiguiendo las catequesis dedicadas a él, reflexionaremos hoy
sobre uno de los aspectos importantes de su pensamiento, el relativo al
culto que los cristianos están llamados a tributar. En el pasado, se
solía hablar de una tendencia más bien anti-cultual del Apóstol, de
una "espiritualización" de la idea del culto. Hoy
comprendemos mejor que san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico,
que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto. Hay sobre
todo tres textos de la carta a los Romanos en los que aparece esta
nueva visión del culto.
1. En Rm 3, 25, después de hablar de la "redención realizada por
Cristo Jesús", san Pablo continúa con una fórmula misteriosa
para nosotros. Dice así: Dios lo "exhibió como instrumento
de propiciación por su propia sangre, mediante la fe". Con la
expresión "instrumento de propiciación", más bien extraña
para nosotros, san Pablo alude al así llamado "propiciatorio"
del templo antiguo, es decir, a la cubierta del arca de la alianza, que
estaba pensada como punto de contacto entre Dios y el hombre, punto de
la presencia misteriosa de Dios en el mundo de los hombres. Este
"propiciatorio", en el gran día de la reconciliación
—"yom kippur"— se asperjaba con la sangre de animales
sacrificados, sangre que simbólicamente ponía los pecados del año
transcurrido en contacto con Dios y, así, los pecados arrojados al
abismo de la bondad divina quedaban como absorbidos por la fuerza de
Dios, superados, perdonados. La vida volvía a comenzar.
San Pablo alude a este rito y dice que era expresión del deseo de que
realmente se pudieran poner todas nuestras culpas en el abismo de la
misericordia divina para hacerlas así desaparecer. Pero con la sangre
de animales no se realiza este proceso. Era necesario un contacto más
real entre la culpa humana y el amor divino. Este contacto tuvo lugar en
la cruz de Cristo. Cristo, verdadero Hijo de Dios, que se hizo verdadero
hombre, asumió en sí toda nuestra culpa. Él mismo es el lugar de
contacto entre la miseria humana y la misericordia divina; en su corazón
se deshace la masa triste del mal realizado por la humanidad y se
renueva la vida.
Revelando este cambio, san Pablo nos dice: con la cruz de Cristo —el
acto supremo del amor divino convertido en amor humano— terminó el
antiguo culto con sacrificios de animales en el templo de Jerusalén.
Este culto simbólico, culto de deseo, ha sido sustituido ahora por el
culto real: el amor de Dios encarnado en Cristo y llevado a su
plenitud en la muerte de cruz. Por tanto, no es una espiritualización
del culto real, sino, al contrario: el culto real, el verdadero
amor divino-humano, sustituye al culto simbólico y provisional. La cruz
de Cristo, su amor con carne y sangre es el culto real, correspondiendo
a la realidad de Dios y del hombre. Para san Pablo, la era del templo y
de su culto había terminado ya antes de la destrucción exterior del
templo: san Pablo se encuentra aquí en perfecta consonancia con
las palabras de Jesús, que había anunciado el fin del templo y había
anunciado otro templo "no hecho por manos humanas", el templo
de su cuerpo resucitado (cf. Mc 14, 58; Jn 2, 19 ss). Este es el primer
texto.
2. El segundo texto del que quiero hablar hoy se encuentra en el primer
versículo del capítulo 12 de la carta a los Romanos. Lo hemos
escuchado y lo repito una vez más: "Os exhorto, pues,
hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos
como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro
culto espiritual". En estas palabras se verifica una paradoja
aparente: mientras el sacrificio exige normalmente la muerte de la
víctima, san Pablo hace referencia a la vida del cristiano. La expresión
"presentar vuestros cuerpos", unida al concepto sucesivo de
sacrificio, asume el matiz cultual de "dar en oblación,
ofrecer". La exhortación a "ofrecer los cuerpos" se
refiere a toda la persona; en efecto, en Rm 6, 13 invita a
"presentaros a vosotros mismos". Por lo demás, la referencia
explícita a la dimensión física del cristiano coincide con la
invitación a "glorificar a Dios con vuestro cuerpo" (1 Co 6,
20); es decir, se trata de honrar a Dios en la existencia cotidiana más
concreta, hecha de visibilidad relacional y perceptible.
San Pablo califica ese comportamiento como "sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios". Es aquí donde encontramos precisamente la
palabra "sacrificio". En el uso corriente este término forma
parte de un contexto sagrado y sirve para designar el degüello de un
animal, del que una parte puede quemarse en honor de los dioses y otra
consumirse por los oferentes en un banquete. San Pablo, en cambio, lo
aplica a la vida del cristiano. En efecto, califica ese sacrificio sirviéndose
de tres adjetivos. El primero —"vivo"— expresa una
vitalidad. El segundo —"santo"— recuerda la idea paulina
de una santidad que no está vinculada a lugares u objetos, sino a la
persona misma del cristiano. El tercero —"agradable a
Dios"— recuerda quizá la frecuente expresión bíblica del
sacrificio "de suave olor" (cf. Lv 1, 13.17; 23, 18; 26, 31;
etc.).
Inmediatamente después, san Pablo define así esta nueva forma de
vivir: este es "vuestro culto espiritual". Los
comentaristas del texto saben bien que la expresión griega
(t?n logik?n latreían) no es fácil de traducir. La Biblia latina
traduce: "rationabile obsequium". La misma palabra
"rationabile" aparece en la primera Plegaria eucarística, el
Canon romano: en él se pide a Dios que acepte esta ofrenda como
"rationabile". La traducción italiana tradicional "culto
espiritual" no refleja todos los detalles del texto griego (y ni
siquiera del latino). En todo caso, no se trata de un culto menos real,
o incluso sólo metafórico, sino de un culto más concreto y realista,
un culto en el que el hombre mismo en su totalidad de ser dotado de razón,
se convierte en adoración, glorificación del Dios vivo.
Esta fórmula paulina, que aparece de nuevo en la Plegaria eucarística
romana, es fruto de un largo desarrollo de la experiencia religiosa en
los siglos anteriores a Cristo. En esa experiencia se mezclan
desarrollos teológicos del Antiguo Testamento y corrientes del
pensamiento griego. Quiero mostrar al menos algunos elementos de ese
desarrollo. Los profetas y muchos Salmos critican fuertemente los
sacrificios cruentos del templo. Por ejemplo, el Salmo 49, en el que es
Dios quien habla, dice: "Si tuviera hambre, no te lo diría:
pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros?, ¿beberé
sangre de cabritos? Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza" (vv.
12-14) En el mismo sentido dice el Salmo siguiente, 50: "Los
sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un
holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias" (v. 18
s). En el libro de Daniel, en el tiempo de la nueva destrucción del
templo por parte del régimen helenístico (siglo II a.C.) encontramos
un nuevo pasaje que va en la misma línea. En medio del fuego —es
decir, en la persecución, en el sufrimiento— Azarías reza así:
"Ya no hay, en esta hora, ni príncipe ni profeta ni caudillo ni
holocausto ni sacrificio ni oblación ni incienso ni lugar donde
ofrecerte las primicias, y hallar gracia a tus ojos. Mas con corazón
contrito y espíritu humillado te seamos aceptos, como holocaustos de
carneros y toros. (...) Tal sea hoy nuestro sacrificio ante ti, y te
agrade" (Dn 3, 38 ss). En la destrucción del santuario y del
culto, en esta situación de privación de todo signo de la presencia de
Dios, el creyente ofrece como verdadero holocausto su corazón contrito,
su deseo de Dios.
Vemos un desarrollo importante, hermoso, pero con un peligro. Hay una
espiritualización, una moralización del culto: el culto se
convierte sólo en algo del corazón, del espíritu. Pero falta el
cuerpo, falta la comunidad. Así se entiende, por ejemplo, que el Salmo
50 y también el libro de Daniel, a pesar de criticar el culto, deseen
la vuelta al tiempo de los sacrificios. Pero se trata de un tiempo
renovado, de un sacrificio renovado, en una síntesis que aún no se podía
prever, que aún no se podía imaginar.
Volvamos a san Pablo. Él es heredero de estos desarrollos, del deseo
del culto verdadero, en el que el hombre mismo se convierta en gloria de
Dios, en adoración viva con todo su ser. En este sentido dice a los
Romanos: "Ofreced vuestros cuerpos como una víctima viva.
(...) Este será vuestro culto espiritual" (Rm 12, 1). San Pablo
repite así lo que ya había señalado en el capítulo 3: El
tiempo de los sacrificios de animales, sacrificios de sustitución, ha
terminado. Ha llegado el tiempo del culto verdadero.
Pero también aquí se da el peligro de un malentendido: este
nuevo culto se podría interpretar fácilmente en un sentido moralista:
ofreciendo nuestra vida hacemos nosotros el culto verdadero. De esta
forma el culto con los animales sería sustituido por el moralismo:
el hombre lo haría todo por sí mismo con su esfuerzo moral. Y
ciertamente esta no era la intención de san Pablo.
Pero persiste la cuestión de cómo debemos interpretar este "culto
espiritual, razonable". San Pablo supone siempre que hemos llegado
a ser "uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28), que hemos muerto en
el bautismo (cf. Rm 1) y ahora vivimos con Cristo, por Cristo y en
Cristo. En esta unión —y sólo así— podemos ser en él y con él
"sacrificio vivo", ofrecer el "culto verdadero". Los
animales sacrificados habrían debido sustituir al hombre, el don de sí
del hombre, y no podían. Jesucristo, en su entrega al Padre y a
nosotros, no es una sustitución, sino que lleva realmente en sí el ser
humano, nuestras culpas y nuestro deseo; nos representa realmente, nos
asume en sí mismo. En la comunión con Cristo, realizada en la fe y en
los sacramentos, nos convertimos, a pesar de todas nuestras
deficiencias, en sacrificio vivo: se realiza el "culto
verdadero".
Esta síntesis está en el fondo del Canon romano, en el que se reza
para que esta ofrenda sea "rationabile", para que se realice
el culto espiritual. La Iglesia sabe que, en la santísima Eucaristía,
se hace presente la autodonación de Cristo, su sacrificio verdadero.
Pero la Iglesia reza para que la comunidad celebrante esté realmente
unida con Cristo, para que sea transformada; reza para que nosotros
mismos lleguemos a ser lo que no podemos ser con nuestras fuerzas:
ofrenda "rationabile" que agrada a Dios. Así la Plegaria
eucarística interpreta de modo adecuado las palabras de san Pablo. San
Agustín aclaró todo esto de forma admirable en el libro décimo de su
"Ciudad de Dios". Cito sólo dos frases: "Este es
el sacrificio de los cristianos: aun siendo muchos, somos un solo
cuerpo en Cristo". "Toda la comunidad (civitas) redimida, es
decir, la congregación y la sociedad de los santos, es ofrecida a Dios
mediante el Sumo Sacerdote que se ha entregado a sí mismo" (10, 6:
CCL 47, 27 ss).
3. Por último, quiero hacer una breve reflexión sobre el tercer texto
de la carta a los Romanos referido al nuevo culto. En el capítulo 15
san Pablo dice: "La gracia que me ha sido otorgada por Dios,
de ser para los gentiles ministro (liturgo) de Cristo Jesús, de ser
sacerdote (hierourgein) del Evangelio de Dios, para que la oblación de
los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm
15, 15 s).
Quiero subrayar sólo dos aspectos de este texto maravilloso y, por su
terminología, único en las cartas paulinas. Ante todo, san Pablo
interpreta su acción misionera entre los pueblos del mundo para
construir la Iglesia universal como acción sacerdotal. Anunciar el
Evangelio para unir a los pueblos en la comunión con Cristo resucitado
es una acción "sacerdotal". El apóstol del Evangelio es un
verdadero sacerdote, hace lo que es central en el sacerdocio:
prepara el verdadero sacrificio.
Y, después, el segundo aspecto: podemos decir que la meta de la
acción misionera es la liturgia cósmica: que los pueblos unidos
en Cristo, el mundo, se convierta como tal en gloria de Dios,
"oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo". Aquí
aparece el aspecto dinámico, el aspecto de la esperanza en el concepto
paulino del culto: la autodonación de Cristo implica la tendencia
de atraer a todos a la comunión de su Cuerpo, de unir al mundo. Sólo
en comunión con Cristo, el Hombre ejemplar, uno con Dios, el mundo
llega a ser tal como todos lo deseamos: espejo del amor divino.
Este dinamismo siempre está presente en la Eucaristía; este dinamismo
debe inspirar y formar nuestra vida. Y con este dinamismo comenzamos el
nuevo año.
__________
3. El Canon Romano en latín y en lengua moderna. Los textos
completos:
> En latín: "Te igitur, clementissime Pater..."
> En
español: "Padre misericordioso..."
__________
Todas las homilías de Joseph Ratzinger Papa, año por año, en el sito
web del Vaticano:
>
Homilías
La introducción de Sandro Magister al libro, editado por Scheiwiller,
que recoge las homilías de Benedicto XVI en el año litúrgico que va
del Adviento del 2007 al del 2008:
>
Homilías. El año litúrgico narrado por Joseph Ratzinger, Papa
__________
14.4.2009
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