María, su madre
 

Los Evangelios son de una sobriedad absoluta, casi cruel, al damos cuenta de los pasos de la Virgen María durante la Pasión. Sólo San Juan la nombra (19, 26-27) en el momento supremo de recibir, al través del Evangelista, la universal filiación de los hom­bres. Entonces, cuando va a hacer falta su intervención para mi­sión más sublime, San Juan dice, secamente: «Estaba al mismo tiempo junto a la Cruz de Jesús, su Madre».

No hay tragedia griega que iguale en clásica y decorosa belle­za a este simple «estar» de María junto a la Cruz de su Hijo. Tie­ne toda la profundidad del más infinito de los dolores y todo el reposo y elegancia de la sobriedad y del pudor. No añade el Evangelista un solo comentario, una sola pincelada. Si en el Evange­lista hubiéramos de suponer intenciones literarias, diríamos que había adivinado aquellas sabias palabras del coro de «Antígona», cuando Eurydice, al conocer la muerte de su hijo por el mensajero Tyresias, se retira de la escena hacia las habitaciones de su palacio. «Al conocer la desgracia de su hijo —canta el coro— no ha juzgado decente lamentarse delante de la ciudad». Pero lo que en Sófocles es decencia artística, en el Águila de Patmos es serenísima luz sobrenatural.

Luego, sí, vendrá la pobre humanidad, sorda y miope, y en su afán de materializar lo divino, para apresarlo mejor con los cinco lazos de cuerda basta de sus sentidos, derretirá por las mejillas  lágrimas de cera y enredará el latín vernáculo del «Stabat Mater» con trémolos de fagot y quejidos de violoncellos. Pero ahí quedará la sobria frase de San Juan, ahí quedará la clásica Dolorosa evangélica, sin lágrimas ni adjetivos, para ejemplo de devocionarios mediocres y para decoro de esta noble Religión viril, que es una bella construcción intelectual antes que una desordenada explosión de patetismos.

Mejor que todas las dolorosas epilépticas, esta Dolorosa del dolor callado para rezarle nosotros, los hombres intelectualizados y marchitos de esta hora.


Oración de la Dolorosa sin lágrimas

Madre mía, Tú, que estabas al pié de la Cruz, con un dolor tan decoroso: yo me acerco a Ti con el más lúcido amor y la más se­rena piedad, y te doy gracias, dulce Señora del dolor sin llanto, porque nos has dejado en Ti el mejor aliento y consuelo para las horas de la sequedad y la aridez del espíritu.

Yo me llego a Ti, Madre, con mi razón no turbada, seguro de que Tú posarás en mí los tranquilos luceros de tus ojos. No te pido, Madre, el don de las lágrimas, que es angustia disuelta ya en consuelo. Yo sé que hay también un dolor del pensamiento que tiene una más clara austeridad. Yo te pido esas claras ideas de mi indignidad, que son como las lentas lágrimas interiores del alma.


Mi corazón, Madre, es un vaso frágil y pequeño, y no caben
en él las cosas infinitas. Mi corazón está sucio y cansado de tanto amar las cosas. No me sirve mi corazón para sentir tu angustia callada. Para tu angustia, Señora, quiero reservar la intacta y serena amplitud de mi pensamiento.