MARTES II DE PASCUA
De los Libros de San Fulgencio de Ruspe, obispo, a Mónimo
El sacramento de la unidad y de la caridad
GLOSA
Sabemos bien que hoy, tras haber superado las primeras dificultades y después de abordar los problemas que comporta, el diálogo ecuménico está en marcha. Estamos en camino de reconstruir la unidad entre los cristianos, que alcanzará su culminación en la participación en la sagrada Eucaristía, sacramento que significa y robustece la comunión. Pero para ser uno en Cristo Jesús, necesitarnos Vivir con docílidad las inspiraciones del Espíritu del Padre y del Hijo, que nos mueve a profesar con plenitud la misma fe y a celebrar los sacramentos en comunión plena con los sucesores de San Pedro y del Colegio Apostólico.
La edificación espiritual del cuerpo de Cristo, que se realiza mediante la caridad (ya que, como dice San Pedro, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo), esta edificación espiritual, digo, nunca es pedida con más oportunidad que cuando el mismo cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ofrece el cuerpo v la sangre de Cristo en el sacramento del pan y del cáliz, pues el cáliz bendito que consagramos es la comunión de la sangre de Cristo, y el pan que partimos es la comunión del cuerpo del Señor. Y, puesto que es un solo pan, somos todos un solo cuerpo; ya que todos participamos de ese único pan.
Y por esto pedimos que la misma gracia que ha hecho que la iglesia fuera el cuerpo de Cristo haga también que todos los miembros, vinculados por la caridad, perseveren en la unidad del cuerpo; porque la santa unidad, igualdad y caridad que posee por naturaleza propia la Trinidad, que es un solo Dios verdadero, santifica a los hijos de adopción con el don de la unanimidad.
Por esto afirma la Escritura: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
El Espíritu Santo, en efecto, que es el Espíritu único de] Padre y del Hijo, realiza en aquellos a los que ha otorgado la gracia de la adopción divina lo mismo que realizó, según el libro de los Hechos de los apóstoles, en aquellos que habían recibido este mismo Espíritu. Acerca de los cuales encontramos escrito: La multitud de los creyentes no era sino un solo corazón y una sola alma, la causa de esta unanimidad de los creyentes era, en efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, que es con ellos un solo Dios.
De ahí que el Apóstol enseña que ha de ser conservada con toda solicitud esta unidad espiritual con el vínculo de la paz, como dice en su carta a los Efesios: Así, pues, yo, el prisionero por Cristo, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor,esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu.
Dios, al conservar en la Iglesia la caridad que ha sido derramada en ella por el Espíritu Santo, convierte a esta misma Iglesia en un sacrificio agradable a sus ojos y la hace capaz de recibir siempre la gracia de esa caridad espiritual, para que pueda ofrecerse continuamente a él como una ofrenda viva, santa y agradable.