MARTES V DE PASCUA

 

Del Comentario de San Cirilo de Alejandría, obispo, Sobre el evangelio de San Juan

Yo soy la vid,vosotros los sarmientos

GLOSA

Porque hemos recibido el espíritu de Cristo y vivimos según sus enseñanzas, somos parte de Cristo v nos hallamos insertos en su misterio. Cual sea el estilo de vida según el Espíritu, lo conocemos leyendo los discursos y mirando los ejemplos que nos dejó el Señor Su vida consistió en dar cumplimiento a la voluntad del Padre y para ello no se contentó con saber lo que el Espíritu requería de él, sino que -¡cosa increíble!- le obedeció con una obediencia hasta la muerte. Hoy el Espíritu Santo está en todos los bautizados. ¿Cómo distinguirlo? Jesús nos diría: «Todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frulos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos.» Pero aunque diésemos buenos frutos, no podemos pretender tener la exclusiva del Espíritu.Si somos dóciles al Espíritu Santo, no acapararemos derechos, sino que nos encontraremos junto a la cruz. Entonces nos sentiremos libres en medio de las dificultades. Será la libertad que nos ha dado Cristo: libertad de todo iniquidad, de toda esclavitud, del pecado. Una libertad que nos ha sido donada gratuitamente, pero que habremos de mantener y hacer crecer poco a poco con la lucha ascética de cada día. Libertad que nos hará tener el corazón puro, con el que veremos y haremos lodo puro.

El Señor, queriendo enseñarnos la necesidad que tenemos de estar unidos a él por el amor, y el gran provecho que nos proviene de esta unión se da a sí mismo el nombre de vid, y llama sarmientos a los que están injertados y como introducidos en él, y han sido hechos ya partícipes de su misma naturaleza por la comunicación del Espíritu Santo (ya que es el santo Espíritu de Cristo quien nos une a él).

La adhesión de los que se allegan a la vid es una adhesión de voluntad y de propósito, la unión de la vid con nosotros es una adhesión de afecto y de naturaleza. Movidos por nuestro buen propósito, nos allegamos a Cristo por la fe y, así, nos convertimos en linaje suyo, al obtener de él la dignidad de la adopción filial. En efecto, como dice San Pablo, quien se une al Señor es un espíritu con él.

Del mismo modo que el Apóstol, en otro lugar de la Escritura, da al Señor el nombre de base y fundamento (ya que sobre él somos edificados y somos llamados piedras vivas y espirituales, formando un sacerdocio sagrado, para ser morada de Dios en el Espíritu, y no existe otro modo con que podamos ser así edificados, si no tenemos a Cristo por fundamento), aquí también, en el mismo sentido, el Señor se da a sí mismo el nombre de vid, como madre y educadora de sus sarmientos.

Hemos sido regenerados por él y en él, en el Espíritu, para que demos frutos de vida, no de aquella vida antigua y ya caduca, sino de aquella otra que consiste en la novedad de vida y en el amor para con él. Nuestra permanencia en este nuevo ser depende de que estemos en cierto modo injertados en él, de que permanezcamos tenazmente adheridos al santo mandamiento nuevo que se nos ha dado, y nos toca a nosotros conservar con solicitud este título de nobleza, no permitiendo en absoluto que el Espíritu que habita en nosotros sea contristado en lo más mínimo, ya que por él habita Dios en nosotros.

El evangelista Juan nos enseña sabiamente de qué modo estamos en Cristo y él en nosotros, cuando dice: En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

En efecto, del mismo modo que la raíz comunica a las ramas su misma manera de ser, así también el Verbo unigénito de Dios infunde en los santos un cierto parentesco de naturaleza con Dios Padre y consigo mismo, otorgando el Espíritu y una santidad omnímoda, principalmente a aquellos que están unidos a él por la fe, a quienes impulsa a su amor, infundiendo en ellos el conocimiento de toda virtud y bondad.