MARTES VII DE PASCUA

Del Libro de San Basilio Magno, obispo, Sobre el Espíritu Santo

La acción del Espíritu Santo

GLOSA

« Todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad» (Lumen gentium, 39). Y de hecho, Dios nos ha dicho: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (I Ts 4, 3). Y ¿cómo, entre tantos millones de cristianos, hay tan pocos santos? Hemos de pensar en la correspondencia al Espíritu Santo. Él sana a los enfermos, eleva a los caídos, santifica a los buenos, perdona a los pecadores. Él es, en una palabra, la fuente de la santidad. Cristo convivió con sus discípulos durante tres años, pero tuvo necesidad de enviar su Espíritu para poderles transformar. Así también hoy. El Espíritu suscita en cada hombre el problema religioso y por medio de su acción -«suaviter et fortiter»- le encamina hacia su santificación. Él realiza una segunda creación haciendo de nosotros hombres y mujeres «espirituales», revestidos de Cristo. Pero los hombres solemos resistir a esta obra divina para construirnos otra más a nuestra medida: una aventura simplemente humana, limitada. Quien consigue salir de estos límites contrae un parecido con Dios: se hace santo,

¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento Hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad.

Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad;todo lo llena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno.

Simple en su naturaleza, diverso en su virtualidad, está presente todo él en cada uno, sin dejar de estar todo él en todas partes. De tal manera se divide, que en nada queda disminuido; todos participan de él, aunque él permanece intacto, a la manera del rayo de sol, del que cada uno se beneficia como si fuera para él solo, y, con todo, ilumina la tierra y el mar y se mezcla con el aire.

Así también el Espíritu Santo está presente en cada uno de los que son capaces de recibirlo, como si estuviera en él solo, infundiendo a todos la totalidad de la gracia que necesitan. Gozan de su posesión todos los que de él participan, en la medida en que lo permite la disposición de cada uno, pero no en la medida del poder del mismo Espíritu.

 

Por él, los corazones son elevados hacia lo alto, los débiles son llevados de la mano, los que ya van progresando llegan a la perfección; iluminando a los que están limpios de toda mancha, los hace espirituales por la comunión con él.

Y, del mismo modo que los cuerpos límpidos y transparentes, cuando les da un rayo de luz, se vuelven brillantes en gran manera y despiden un nuevo fulgor, así las almas portadoras del Espíritu y por él iluminadas se hacen ellas también espirituales e irradian a los demás su gracia.

De ahí procede el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las cosas ocultas, la distribución de dones, el trato celestial, la unión con los coros angélicos; de ahí deriva el gozo que no termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que imaginarse pueda, nuestra propia deificación.