Massimo Introvigne: «Estamos en
Entrevista al director del Centro de Estudios
sobre las Nuevas Religiones
ROMA, martes, 26 febrero 2008 (ZENIT.org).- Europa está
viviendo una fase de «relativismo agresivo». Lo afirma el profesor Massimo
Introvigne, autor del libro recién publicado en Italia «El secreto de Europa.
Guía para el redescubrimiento de las raíces cristianas» («Il segreto
dell'Europa. Guida alla riscoperta delle radici cristiane»), de Ediciones
Sugarco (www.sugarcoedizioni.it).
«Los nuevos relativistas agresivos en cambio
quieren que el relativismo se convierta en la ley oficial del estado», afirma
en esta entrevista concedida a Zenit el fundador y director del Centro de
Estudios sobre las Nuevas Religiones (CESNUR).
--¿Europa sufre una crisis de identidad?
--Introvigne: El Santo Padre en dos ocasiones
--en el discurso a
«Despedirse de la historia» significa echar el
telón, decir adiós a los espectadores y admitir que la representación ha
terminado. Ha sido bonita mientras ha durado, pero ahora se ha acabado. ¿Es
posible? Ciertamente, a diferencia de las personas humanas, las civilizaciones
no tienen un alma inmortal. Empiezan y acaban en la historia, y la europea no
es una excepción. ¿Está sucediendo? Muchos políticos lo negarían.
Sin embargo, Benedicto XVI puso de relieve
tres aspectos --enumerados como tales en los dos discursos que he citado-- que
corresponden a datos de hecho que es muy difícil negar.
El primero es «la apostasía de sí misma» por
parte de Europa, el rechazo a reconocer las propias raíces --que son tan
obviamente cristianas que hacen capciosa cualquier discusión sobre el tema-- y
la propia historia, que lleva luego a una debilidad y a una falta de identidad
respecto a cualquier ataque o acontecimiento externo. Que Europa no logra
hablar con un sola voz lo vemos todavía hoy a propósito de la cuestión de
Kosovo.
El segundo aspecto es la separación de las
leyes de la moral. No se trata del simple alejamiento de la política, o de
algún hombre político, de la moral privada y pública, que no es un problema ni
reciente ni sólo europeo, sino que se ha verificado en toda la historia humana.
No, se trata de la autonomía primero teorizada y luego fatalmente practicada de
las leyes de la moral. De la ética, no de la religión, así que las críticas de
«injerencia» contra
--¿Y esta gramática de la vida social no se respeta?
--Introvigne: Bien, hoy en Europa se afirma
que estas reglas del juego existen, y que el legislador debe limitarse a hacer
de notario y a formalizar lo que ya sucede en la sociedad (o los medios le
hacen creer que así es). ¿Hay parejas homosexuales? El legislador toma nota y
las equipara a las familias. ¿Hay musulmanes que viven en poligamia? Que los
regularice el legislador o quizá que aplique la charia (ley islámica), como
querría algún personaje europeo incluso influyente. ¿En los hospitales se practica
la eutanasia? Que el Estado notario la regule por ley, como acaba de suceder en
Luxemburgo.
El tercer aspecto es la crisis demográfica, el
hecho dramático de que en Europa nacen cada vez menos niños. Sobre este punto,
los hechos se oponen obstinadamente a las teorías de quien dice que Europa no
está en crisis. En este sentido, los resultados aparentemente en tendencia
contraria de algunos países a menudo derivan de simples normas nuevas sobre la
ciudadanía, que cuentan entre los ciudadanos también a los hijos de los
inmigrantes nacidos en esos países.
--Laicismo agresivo y anticristiano,
relativismo... ¿estamos en tiempos oscuros?
--Introvigne: Un intelectual no católico, al
contrario comunista, como Antonio Gramsci [político, filósofo y teórico marxista
italiano (1891-1937), ndr.] decía que cuando hace mal tiempo se tiene la
tendencia a enfadarse con el barómetro, mientras que «si abolimos el barómetro,
no por ello abolimos el mal tiempo».
Hoy en Europa asistimos a este fenómeno: dado
que Benedicto XVI es el único, o casi el único, en denunciar la dramática
situación de crisis sobre los tres aspectos a los que he aludido --quizá porque
no tiene que presentarse a ninguna elección, en la que los electores
normalmente no premian a quienes anuncian malas noticias-- en el imaginario de
un cierto laicismo europeo acaba convirtiéndose en una especie de barómetro de
Gramsci.
Pero impidiendo que hable el Papa --como
sucedió en Roma en
Para éstos el conflicto nace de la pretensión
de quien cree que existe una verdad; mientras que donde se acuerda que no
existe la verdad el conflicto desaparece.
Esta utopía ha sido tan a menudo desmentida
por la historia que sostenerla debería resultar ya ridículo: pero no es así.
Donde las sociedades son complejas --y
O las cuestiones conflictivas se resuelven con
el recurso a un derecho natural válido para todos, o se resuelven a golpe de
violencia y bombas.
--Usted habla de diversas fases de
relativismo. ¿Dónde estamos hoy?
--Introvigne: Estamos en la fase del
relativismo agresivo. El antiguo relativista teorizaba, aunque no siempre
practicaba, la máxima de Voltaire según la cual «yo no comparto tu idea pero
estoy dispuesto a dar la vida para que la puedas sostener libremente».
Como sabemos, Voltaire era el primero que no
ponía en práctica esta máxima cuando se trataba de
Pero había, y hay todavía, viejos volterianos
que creen de verdad en lo que dicen y que, aún siendo personalmente
relativistas, no piden al Estado que castigue a quien no es relativista.
Los nuevos relativistas agresivos, en cambio,
quieren que el relativismo se convierta en la ley oficial del Estado, con la
consiguiente represión penal de los no relativistas. Un simple ejemplo: los
viejos relativistas afirmaban que «la alcoba de un homosexual es su castillo»
(adaptando una vieja máxima inglesa: el castillo es el lugar en el que ni
siquiera el rey con sus leyes puede entrar). Según esta visión, el estado no
debe ocuparse de los homosexuales, al igual que de los heterosexuales, Todos
deben poder ser libres de hacer todo lo que quieren.
El nuevo relativista pretende en cambio que el
Estado construya al gay los muros del castillo y arreste a quien se acerca o
incluso simplemente quien expresa opiniones críticas. Este es el sentido de las
leyes sobre la «homofobia», que no castigan a quien maltrata o insulta
trivialmente a los homosexuales (para esto están ya las leyes ordinarias) sino
que, según la fórmula de la ley propuesta por el Gobierno italiano ahora
dimisionario, reprimen a quien expresa «juicios de superioridad», es decir
considere la unión heterosexual intrínsecamente superior a la unión homosexual,
o piense --como hace
--Y entonces, ¿cuál es el secreto de Europa?
--Introvigne: El secreto de Europa es su
historia milenaria, en la que entran ciertamente otras componentes --por
ejemplo, es del todo imborrable la aportación de las comunidades judías--, pero
que en su itinerario de fondo es cristiana. Aunque recubiertos por los detritos
de un enorme cortafuegos abierto por el laicismo y el
relativismo, los valores de esta historia están todavía vivos y presentes.
Ciertamente están más vivos en algunos países
que en otros: por ejemplo, sobre Italia, Benedicto XVI dijo en el congreso
eclesial de Verona, el 19 de octubre de 2006, que «
Ahora, se podría decir que el mismo Benedicto
XVI, por una parte, habla de una Europa «dispuesta a despedirse de la historia»
y, por otra, ve «tradiciones cristianas todavía arraigadas», al menos en
algunos países: ¿no habrá quizá una contradicción? La respuesta es no.
El Papa hablando de la crisis de Europa no nos
convoca a un funeral sino a la cabecera de un enfermo. Un enfermo grave, del
que es inútil esconder la gravedad de su condición. Pero un enfermo que tiene
todavía en sí --escondidas en alguna parte-- las potencialidades para curarse.
Como el buen médico, Benedicto XVI por una parte no se calla ante los peligros
de que la enfermedad pueda convertirse en mortal y por otra escruta con
atención y valoriza sistemáticamente cada pequeña mejoría, cada atisbo de
curación.
Si en el desierto de vez en cuando brota una
plantita, no hay que arrancarla sino cultivarla para que se convierta mañana en
un árbol y pasado mañana en un bosque. Pero para cultivar la plantita hay que
regarla, y no basta el entusiasmo: que incluso, cuando este se dirige al Papa,
a sus intervenciones y sus viajes, es siempre un buen punto de partida. Se
necesita el agua sólida de la doctrina y del magisterio.
El libro «El secreto de Europa» nace de la
experiencia de treinta y cinco años de actividad que he realizado en
Pero, al igual que en estos años y sin
absolutamente despreciar a quien en
Por Miriam Díez i Bosch, traducido del
italiano por Nieves San Martín