Matrimonio:
los hijos
Alejo
Fernández Pérez
Alejo1926@gmail.com
En
la actualidad la progresía mundial ha declarado una guerra total
a favor de los abortos. Se legisla, planifica y ayuda de mil maneras
para abortar en todo el mundo.
Numerosos
gobiernos, la ONU, la UNESCO y multitud de organizaciones pro-abortistas
están gastando enormes cantidades de dinero en fomentar el aborto. Por
el contrario, penalizan a los países pobres que se oponen y escatiman
las ayudas a las familias.
A
los pro-abortistas les trae sin cuidado la mujer: ¡Quieren el aborto!
Aunque haya miles de matrimonios que quieran adoptar a los bebés.
Degradando a la mujer, se degrada al matrimonio; degradando al
matrimonio se degrada a la familia; degradando a la familia se
degrada a la sociedad y degradando a la sociedad queda el terreno
abonado y libre para imponer una nueva sociedad donde el hombre sea
Dios. Estas sociedades sin Dios ya las ha padecido el mundo el siglo
pasado con ríos de sangre, miseria y ruinas.
Suponiendo
que el matrimonio tiene hijos ¿Qué podemos hacer para que la familia
completa sea dichosa? Por supuesto, los hijos dan mucha guerra, pero
también llenan y le dan sentido a la vida, aportando una gran
felicidad.
Entre
otros casos tendremos que pensar en que:
Los
padres son los principales educadores de sus hijos,
tanto en lo humano como en lo sobrenatural. Esto requiere comprensión,
prudencia y, sobre todo, mucho amor. Poner empeño en dar buen ejemplo.
No es camino acertado para la educación, la imposición autoritaria y
violenta. Aunque, a veces, en situaciones límites, tampoco pasa nada si
se le da una "guantada" a un nene revoltoso. ¿Quieren
los gobernantes más y mejor a los hijos que sus padres?
Los
padres deben encontrar tiempo para estar y hablar con sus hijos.
Los hijos son más importante que los negocios, que el trabajo, que el
descanso. Quien fracasa con su familia ha fracasado en su vida. Hay
tiempo para todo.
Los
hijos buscan en sus padres
algo más que un conocimiento más amplio que los suyos o unos consejos
más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio
del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta,
confirmado en las diversas situaciones que se suceden a lo largo de la
vida. Que los hijos vean que sus padres viven de acuerdo con su fe, que
les dedican tiempo, que les creen, que rezan por ellos, que en su hogar
se refleja la luz de Cristo, y que son, por eso, hogares luminosos y alegres.
Los
amigos.
Es bueno salir de vez en cuando con los amigos. Cuando son leales
constituyen un verdadero tesoro. Pero cuando los amigos no son más que
amigos de copas, discotecas y trasnocheo se transforman en un vulgar
medio de disipación y desunión de la pareja. Los que no son
felices en su hogar, no lo serán en ninguna parte por mucho que
se meten en juergas, viajes, bullas y demás mandangas.
El
hogar.
Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, de paz y
alegría en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias,
se perciba un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto
de una fe real y vivida. Los casados cristianos están llamados a
santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión, cometerían un
grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al
margen del hogar. No nos engañemos, la tarea no es fácil, pero si
posible.
Los
Agravios entre los esposos.
Es difícil convivir con las personas que llevan una lista de agravios
para echarlos en cara a la primera ocasión. Hablar mal de los demás es
como escupir al cielo: antes o después la saliva le cae a uno en la
cara. Intentemos hablar siempre bien –o callémonos si no es posible-
y comprobaremos con sorpresa como los amigos se transforman. “Mi mujer
es tan buena, decía uno, que siempre habla bien hasta de sus amigas”.
Y lo decía en serio.
En
el matrimonio.
El amor debe ser total, fiel, fecundo, sin cálculos ni reservas egoístas.
La prueba del amor es el sacrificio, y ese amor es el fundamento de la
familia, único sitio donde cada uno somos amados por lo que somos, no
por lo que tenemos. Sólo quien se entrega a los demás- también en el
matrimonio- puede ser dichoso en la tierra. El matrimonio cristiano es
duro pero ¿son mejores los otros? En los dos siglos pasados, los
intentos habidos para sustituir al matrimonio católico, con dos mil años
de experiencia, han terminado animalizándolo y prostituyéndolo en
todas las ocasiones. El amor es algo más que sexo. Un amor donde
prevalece la parte animal, raramente es un matrimonio.
El
amor hay que mantenerlo y
ganárselo día a día con detalles de delicadeza y exquisitas
maneras, compatibles con la firmeza cuando haga falta. Jamás riñamos
ante los hijos. Todo se puede y se debe decir, pensándolo previamente y
sin ofender jamás. Las groserías y las zafiedades arruinan la convivencia.
El secreto está en lo cotidiano, comportándonos como lo haríamos en
presencia del rey o de la reina; pues más que una reina debe ser para
el esposo su mujer, y más que un rey el esposo para la mujer. Orar
juntos es una gran ayuda, pues “familia que reza unida se mantiene
unida” mediante lazos sobrenaturales. La oración es la mejor arma del
cristiano. A la oración achacan los comunistas la caída del muro de
Berlín, muro mucho más grande que el que pueda separar a los esposos.
Muchas
cosas han cambiado desde hace dos mil años.
Cambian y pasan las modas, las teorías filosóficas y las ideologías,
pasan los gobiernos, y cambian y pasan los pueblos. En cada siglo
aparecen nuevos enemigos de la Iglesia que la combaten a muerte,
esperando destruirla. Los enemigos van muriendo y la Iglesia sigue viva.
Tras dos mil años de historia la doctrina de Cristo sigue igual que al
principio. El matrimonio, también. Alguna razón habrá.
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