Medio de conversión, de penitencia y obra de misericordia


La limosna y el ayuno, como medios de conversión y de penitencia cristiana, están estrechamente ligados entre si. El ayuno significa un dominio sobre nosotros mismos [...]. Y la limosna—en la acepción más amplia y esencial —significa la prontitud a compartir con los otros alegrías y tristezas, a dar al prójimo, en particular al necesitado; a repartir no sólo los bienes materiales, sino también los dones del espíritu. Y precisamente por este motivo debemos abrirnos a los demás, sentir sus diversas necesidades, sufrimientos, infortunios, y buscar—no sólo en nuestros recursos, sino sobre todo en nuestros corazones, en nuestro modo de comportarnos y de actuar—los medios para adelantarnos a sus necesidades o llevar alivio a sus sufrimientos y desventuras. (JUAN PABLO II, Carta a la diócesis de Roma, 28-2-1979).

(La misericordia, la limosna) es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa. El que piensa compadecerse de la misericordia de otro, empieza a abandonar el pecado [...] (S. AGUSTÍN, en Catena Aurea vol. Vl, p. 48).

Continuamente encontramos a un Lázaro, si lo buscamos, y a cada paso le vemos aunque no le busquemos. Considerad que los pobres necesitados se prestan a nosotros y nos suplican una limosna, cuando han de ser con el tiempo nuestros intercesores. (S. GREGORIO MAGNO, Hom. 40 sobre los Evang.).

 Donde se da limosna no se atreve a penetrar el diablo. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea vol. VI, p. 170).

El pobre no es más que un instrumento del cual Dios se sir- 3335 ve para impulsarnos a obrar bien. (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la limosna).

Dios puede, en realidad, alimentar a los pobres; pero quiere que se unan, por amor, los que dan con quienes reciben. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea val. VI, p. 312).

Purifiquémonos, pues, no sólo de comidas y bebidas, sino también de toda otra contaminación inmunda, del perjurio, de la detracción, de la enemistad, de la intemperancia y, señaladamente, de la avaricia, principio y fin que es de todos los males. El apartamiento de todo eso es la más brillante purificación, el ayuno verdadero e inculpable. Pero antes que esto y juntamente con esto y a la vez que esto practiquemos la limosna, que es la que nos levanta no ya al tercer cielo, sino hasta el Señor mismo de todos los cielos; la limosna, que, como un carro de fuego y puesto sobre el cielo, recibe a los que suben de la tierra. Con ella, nuestro ayuno resultará brillante y acepto a Dios, y nuestra oración se elevará como nube de incienso. (NECTARIO, Hom. en la fiesta de S. Teodoro, 15; PG 39, 1833).

Te vendiste al pecar, redímete ahora con tus buenas obras, paga tu rescate con tu dinero. Viles son las riquezas, pero la misericordia es preciosa. La limosna—dice—libra del pecado (Tob 12, 8). Y en el Evangelio dice el Señor: Haceos amigos de las riquezas injustas (Lc 14, 9) [...]. Convierte tú, como buen dispensador, las riquezas de instrumento de la avaricia, en recurso de la misericordia. (S. AMBROSIO, Libro de Ellas y el ayuno, 20; PL 14, 759).