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Meditación de Chiara Lubich sobre el
Viernes Santo: Una reflexión que ofreció la fundadora de
los Focolares a los lectores de Zenit ROMA, martes, 18 marzo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la
meditación que escribió Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los
Focolares, para los lectores de Zenit con motivo del Viernes Santo del año
2000, jubileo de la encarnación de Jesús. * * * Lo había dado todo: una vida al lado de
María, en medio de las incomodidades y en la obediencia. Tres años de
predicación revelando Tres horas en la cruz, desde la cual perdona
a los verdugos, abre el Paraíso al ladrón, nos da a su Madre y, finalmente,
su Cuerpo y su Sangre después de habérnoslos dado místicamente, en Su unión con el Padre, la dulcísima e
inefable unión con Él, que lo había hecho tan potente en la tierra, como Hijo
de Dios, y aún en la cruz mostraba su realeza, este sentimiento de la
presencia de Dios, debía ir desapareciendo en el fondo de su alma, hasta no
sentirlo más; separarlo de algún modo de Aquel del que dijo que era una sola
cosa con Él: "El Padre y yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30). En
Él, el amor estaba anulado, la luz apagada; la sabiduría callaba. Se hacía nada, entonces, para hacernos
partícipes del Todo; gusano de la tierra (Salmo 22, 7), para hacernos hijos
de Dios. Estábamos separados del Padre. Era necesario que el Hijo, en el que
todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que
experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos
abandonados. Él había enseñado que nadie tiene mayor caridad de quien da la
vida por los amigos. Él, Su rostro está detrás de todos los aspectos
dolorosos de la vida; cada uno de ellos es Él. Sí, porque Jesús que grita el abandono es la
figura del mudo: ya no sabe hablar. Es la figura del ciego: no ve; del sordo: no
oye. Es el cansado que se queja. Roza la desesperación. Es el hambriento de unión con Dios. Es la figura del desilusionado, del
traicionado, parece haber fracasado. Es miedoso, tímido, desorientado. Jesús abandonado es la
tiniebla, la melancolía, el contraste, la figura de todo lo que es raro,
indefinible, que parece monstruoso, porque es un Dios que pide ayuda. Es el
solitario, el desamparado. Parece inútil, un descartado, trastornado. Lo
podemos ver en cada hermano que sufre. Acercándonos a los que se parecen a
Él, podemos hablarles de Jesús abandonado. A los que se descubren semejantes a Él y aceptan
compartir su suerte, Él se convierte, para el mudo, la palabra; para quien no
sabe, la respuesta; para el ciego, la luz; para el sordo, la voz; para el
cansado, el descanso; para el desesperado, la esperanza; para el separado, la
unidad; para el inquieto, la paz. Con Él, las personas se transforman y lo
absurdo del dolor adquiere sentido. Él había gritado el por qué, al que nadie
había dado respuesta, para que tuviéramos la respuesta a cada porqué. El problema de la vida humana es el dolor.
Cualquier tipo de dolor, por más terrible que sea, sabemos que Jesús lo ha
hecho suyo y transforma, por una alquimia divina, el dolor en amor. Por experiencia puedo decir que apenas nos
alegramos de un dolor, para ser como Él y luego seguimos amando haciendo la
voluntad de Dios, el dolor, si es espiritual desaparece, y si es físico se
convierte en yugo suave. Nuestro amor puro en contacto con el dolor,
lo transforma en amor; en cierto modo lo diviniza, casi continuando en
nosotros --si así podemos decir-- la divinización que Jesús hizo del dolor. Y después de cada encuentro con Jesús
abandonado, amado, encuentro a Dios de un modo nuevo, más cara a cara, más
evidente, en una unidad más plena. La luz y la alegría vuelven y, con la
alegría, la paz que es fruto del Espíritu. La luz, la alegría, la paz que nacen del dolor amado impactan y conquistan a las personas
más difíciles. Clavados en la cruz se es madre y padre de almas. La máxima
fecundidad es el efecto. Como escribe Olivier Clément «el abismo, que
por un instante abrió aquel grito, se ve colmado por el gran soplo de la
resurrección». Se anula cualquier tipo de desunión, la
separación y las rupturas son sanadas, resplandece la fraternidad universal,
da lugar a milagros de resurrección, nace una nueva primavera en |