NAVIDAD
25 DE DICIEMBRE
— En Belén no quisieron recibir a Cristo. También hoy muchos
hombres no quieren recibirlo.
— Nacimiento del Mesías. La «cátedra» de Belén.
— Adoración de los pastores. Humildad y sencillez para reconocer a Cristo en
nuestras vidas.
1.
En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se
empadronase todo el mundo 1.
Ahora
nosotros podemos ver con claridad que fue una providencia de Dios aquel decreto
del emperador romano. Por esta razón María y José fueron a Belén y allí nació
Jesús, según había sido profetizado muchos siglos antes 2.
Llegaron
a Belén, con la alegría
de estar ya en el lugar de sus antepasados, y también con el cansancio de un
viaje por caminos en malas condiciones, durante cuatro o cinco jornadas.
Quizá
fue
Y en
aquel lugar sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad, con la más
absoluta sencillez: Y sucedió—nos dice San Lucas—que estando allí se
le cumplió la hora del parto 4. Maria envolvió a Jesús con inmenso amor en unos pañales y lo
recostó en el pesebre.
Después,
Maria puso al Niño en brazos de José, que sabe bien que es el Hijo del
Altísimo, al que debe cuidar, proteger, enseñarle un oficio. Toda su vida está
centrada en este Niño indefenso.
Jesús,
recién nacido, no habla; pero es
Nace
pobre, y nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de
bienes. Viene al mundo sin ostentación alguna, y nos anima a ser humildes y a
no estar pendientes del aplauso de los hombres. «Dios se humilla para que
podamos acercarnos a E1, para que podamos corresponder a su amor con nuestro
amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su
poder, sino ante la maravilla de su humildad» 6.
Hacemos
un propósito de desprendimiento y de humildad. Miramos a Maria y la vemos llena
de alegria. Ella sabe que ha comenzado para la humanidad una nueva era: la del
Mesías, su Hijo. Le pedimos no perder jamás la alegría de estar junto a Jesús.
II.
Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañarles
a gente sencilla, unos pastores, quizá porque, como eran humildes, no se
asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales.
Son
los pastores de aquellos contornos a quienes se refería el profeta Isaías: el
pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran
luz 7.
En
esta primera noche sólo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la
gloria del Señor los envolvió de claridad 8. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciaros una gran alegría,
que lo será para todo el pueblo; hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el
Salvador, que es el Cristo, el Señor 9.
Esa
noche son los primeros y los únicos en saberlo. «En cambio hoy lo saben
millones de hombres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a
muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A
veces, incluso parece que más intensa (...). Los que aquella noche lo
acogieron, encontraron una gran alegría. La alegría que brota de la luz.
La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios (...).
»No
importa que, en esa primera noche, la noche del nacimiento de Dios, la alegría
de este acontecimiento llegue sólo a estos pocos corazones. No importa. Está destinada
a todos los corazones humanos. ¡Es la alegría del género humano, alegría
sobrehumana! ¿Acaso puede haber una alegría mayor que ésta, puede haber una
Nueva mejor que ésta: el hombre ha sido aceptado por Dios para convertirse
en hijo suyo en este Hijo de Dios, que se ha hecho hombre?» 10.
Dios
quiso que estos pastores fueran también los primeros mensajeros; ellos Irán
contando lo que han visto y oído. Y todos los que les escucharon se
mararillaron de cuanto los pastores les habfun dicho ".
Igualmente a nosotros se nos revela Jesús en medio de la normalidad de
nuestros días; y también son necesarias las mismas disposiciones de sencillez y
de humildad para llegar hasta E1. Es posible que a lo largo de nuestra vida nos
dé señales que, vistas con ojos humanos, nada digan. Hemos de estar atentos
para descubrir a Jesús en la sencillez de lo ordinario, envuelto en pañales
y reclinadoten un pesebre, sin manifestaciones aparatosas. Y todo el que ve
a Cristo se siente movido a darlo a conocer enseguida. No puede esperar.
Naturalmente
que los pastores no se pondrían en camino sin regalos para el recién nacido. En
el mundo oriental de entonces era inconcebible que alguien se presentase a una
persona elevada sin algún regalo. Llevarían lo que tenían a su alcance: algún
cordero, queso, manteca, leche, requesón... 12. Sin duda que no es demasiado desacierto figurarse la escena tal
como la representan los innumerables «belenes» de estos días y la
pregonan los «villancicos» cantados con sencillez por el pueblo
cristiano y con los que muchos de nosotros, quizá, hemos hecho nuestra oración.
Maria
y José, sorprendidos y alegres, invitan a los tímidos pastores a que entren y
vean al Niño, y lo besen y le canten, y le dejen cerca del pesebre sus
presentes.
Nosotros
tampoco podemos ir a la gruta de Belén sin nuestro regalo.
Quizá
lo que nos agradecería
Maria
y José nos están invitando a entrar. Y, una vez dentro, le decimos a Jesús con
III. Alegrémonos
todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el
Cielo, ha descendido la paz sobre nosotros 14. «Acabamos de oir un mensaje rebosante de alegría y digno de todo
aprecio: Cristo Jesús, el Hijo de Dios, ha nacido en Belén de Judá. E1 anuncio
me estremece, mi espíritu se enciende en mi interior y se apresura, como
siempre, a comunicaros esta alegría y este júbilo», anuncia San Bernardo 15. Y todos nos ponemos en camino para
contemplar y adorar a Jesús, pues todos tenemos necesidad de E1; es de E1 de lo
único que tenemos verdadera necesidad. No hay tal andar como buscar a
Cristo. // No hay tal andar como a Cristo buscar //. Que no hay tal andar, canta
un villancico popular, diciéndonos que ningún camino que emprendamos vale la
pena si no termina en el Niño Dios.
«Hoy
ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba
de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos
infunde la alegría de la eternidad prometida.
»Nadie
tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos
es común el motivo para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado
y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido a
liberarnos a todos. Que se alegre el santo, puesto que se acerca a la victoria.
Alégrese el gentil, ya que se le llama a la vida.
»Pues
el Hijo, al cumplirse la plenitud de los tiempos (...) asumió Ja naturaleza del
género humano para reconciliarla con su Creador» ió. De aquí nace para todos, como un río incontenible, la alegría de
estas fiestas.
Cantamos
con júbilo en estos días de Navidad porque el amor está entre nosotros hasta el
fin de los tiempos. La presencia del Niño es el amor en medio de los hombres; y
el mundo no es ya un lugar oscuro: quienes buscan amor saben donde encontrarlo.
Y es de amor de lo que esencialmente anda necesitado cada hombre; también
aquellos que pretenden estar satisfechos de todo.
Cuando
en el día de hoy nos acerquemos a besar al Niño o contemplemos un Nacimiento, o
meditemos en este gran misterio, que agradezcamos a Dios su deseo de abajarse
hasta nosotros para hacerse entender y querer, y que nos decidamos a hacernos
también como niños, para poder así entrar un día en el reino de los cielos.
Terminamos nuestra oración diciéndole a Dios Nuestro Padre: concédenos
compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre
la condición humana 17.
Santa
María, Madre de Dios, ruega por nosotros.
1 LC 2, 1. _ 2 Miq 5, 2 ss.—3 Cfr.
LC 2, 7.—4 LC 2, 6.—5 ESCRIVA DE BAlAGUER, Es Cristo que pasa,
14, _ 6 Ibídem. — 7 15 9, 2. — 8 LC 2, 9. —9 LC 2, 10.—10 JUAN PABLO II, Homilía en