|
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Queridos
hermanos y hermanas: Con
ocasión de la Jornada mundial de las misiones quiero invitaros a
reflexionar sobre la urgencia persistente de anunciar el Evangelio también
en nuestro tiempo. El mandato misionero sigue siendo una prioridad
absoluta para todos los bautizados, llamados a ser "siervos y apóstoles
de Cristo Jesús" en este inicio de milenio. Mi venerado predecesor
el siervo de Dios Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi, afirmó
que "evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la
Iglesia, su identidad más profunda" (n. 14). Como
modelo de este compromiso apostólico, deseo indicar de manera
particular a san Pablo, el Apóstol de los gentiles, pues este año
celebramos un jubileo especial dedicado a él. Es el Año paulino, que
nos brinda la oportunidad de familiarizarnos con este insigne Apóstol,
que recibió la vocación de proclamar el Evangelio a los gentiles, según
lo que el Señor le había anunciado: "Ve, porque yo te
enviaré lejos, a los gentiles" (Hch 22, 21). ¿Cómo no
aprovechar la oportunidad que este jubileo especial ofrece a las
Iglesias locales, a las comunidades cristianas y a cada uno de los
fieles, para propagar hasta los últimos confines del mundo el anuncio
del Evangelio, "fuerza de Dios para la salvación de todo el que
cree?" (Rm 1, 16). 1.
La humanidad necesita liberación La
humanidad necesita ser liberada y redimida. La creación misma —dice
san Pablo— sufre y alberga la esperanza de entrar en la libertad de
los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22). Estas palabras son
verdaderas también en el mundo de hoy. La creación sufre. La humanidad
sufre y espera la verdadera libertad, espera un mundo diferente, mejor;
espera la "redención". Y, en el fondo, sabe que este mundo
nuevo esperado supone un hombre nuevo, supone "hijos de Dios".
Veamos más de cerca la situación del mundo de hoy. El
panorama internacional, por una parte, presenta perspectivas
prometedoras de desarrollo económico y social; y, por otra, ofrece a
nuestra atención algunas fuertes preocupaciones por lo que se refiere
al futuro mismo del hombre. En no pocos casos, la violencia marca las
relaciones entre las personas y entre los pueblos; la pobreza oprime a
millones de habitantes; las discriminaciones e incluso las persecuciones
por motivos raciales, culturales y religiosos obligan a muchas personas
a huir de sus países para buscar refugio y protección en otros
lugares; cuando el progreso tecnológico no tiene como fin la dignidad y
el bien del hombre, ni está ordenado a un desarrollo solidario, pierde
su fuerza de factor de esperanza, y corre el peligro de acentuar los
desequilibrios y las injusticias ya existentes. Existe, además, una
amenaza constante por lo que se refiere a la relación hombre-ambiente,
debido al uso indiscriminado de los recursos, con repercusiones también
sobre la salud física y mental del ser humano. El futuro del hombre
corre peligro debido a los atentados contra su vida, atentados que
asumen varias formas y modos. Ante
este escenario, "agitados entre la esperanza y la angustia, nos
atormenta la inquietud" (Gaudium
et spes, 4), y nos
preguntamos preocupados: ¿qué será de la humanidad y de la
creación? ¿Hay esperanza para el futuro?, o mejor,
¿hay un futuro para la humanidad? ¿Y cómo será este futuro? A los
creyentes la respuesta a estos interrogantes nos viene del
Evangelio. Cristo es nuestro futuro y, como escribí en la carta encíclica
Spe
salvi, su Evangelio es
comunicación que "cambia la vida", da la esperanza, abre de
par en par la puerta oscura del tiempo e ilumina el futuro de la
humanidad y del universo (cf. n. 2). San
Pablo había comprendido muy bien que sólo en Cristo la humanidad puede
encontrar redención y esperanza. Por ello, sentía apremiante y urgente
la misión de "anunciar la promesa de la vida en Cristo Jesús"
(2 Tm 1, 1), "nuestra esperanza" (1 Tm, 1, 1),
para que todas las gentes pudieran compartir la misma herencia, siendo
partícipes de la promesa por medio del Evangelio (cf. Ef 3, 6).
Era consciente de que la humanidad, privada de Cristo, está "sin
esperanza y sin Dios en el mundo" (Ef 2, 12); "sin
esperanza, por estar sin Dios" (cf. Spe
salvi, 3). Efectivamente,
"quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el
fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la
vida (cf. Ef 2, 12)" (ib., 27). 2.
La misión es cuestión de amor Es,
pues, un deber urgente para todos anunciar a Cristo y su mensaje salvífico.
"¡Ay de mí —afirmaba san Pablo— si no predicara el Evangelio!
(1 Co 9, 16). En el camino de Damasco había experimentado y
comprendido que la redención y la misión son obra de Dios y de su
amor. El amor a Cristo lo impulsó a recorrer los caminos del Imperio
romano como heraldo, apóstol, pregonero y maestro del Evangelio, del
que se proclamaba "embajador entre cadenas" (Ef 6, 20).
La caridad divina lo llevó a hacerse "todo a todos para salvar a
toda costa a algunos" (1 Co 9, 22). Contemplando
la experiencia de san Pablo, comprendemos que la actividad misionera es
respuesta al amor con el que Dios nos ama. Su amor nos redime y nos
impulsa a la missio ad gentes; es la energía espiritual capaz de
hacer crecer en la familia humana la armonía, la justicia, la comunión
entre las personas, las razas y los pueblos, a la que todos aspiran (cf.
Deus
caritas est, 12). Por tanto, Dios, que es Amor, es quien conduce a la Iglesia
hacia las fronteras de la humanidad, quien llama a los evangelizadores a
beber "de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo
corazón traspasado brota el amor de Dios" (Deus
caritas est, 7). Solamente de esta fuente se pueden sacar la atención, la
ternura, la compasión, la acogida, la disponibilidad, el interés por
los problemas de la gente y las demás virtudes que necesitan los
mensajeros del Evangelio para dejarlo todo y dedicarse completa e
incondicionalmente a difundir por el mundo el perfume de la caridad de
Cristo. 3.
Evangelizar siempre Mientras
continúa siendo necesaria y urgente la primera evangelización en no
pocas regiones del mundo, la escasez de clero y la falta de vocaciones
afectan hoy a muchas diócesis e institutos de vida consagrada. Es
importante reafirmar que, aun en medio de dificultades crecientes, el
mandato de Cristo de evangelizar a todas las gentes sigue
siendo una prioridad. Ninguna razón puede justificar una ralentización
o un estancamiento, porque "la tarea de la evangelización de todos
los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia" (Evangelii
nuntiandi, 14). Esta misión
"se halla todavía en los comienzos y debemos comprometernos con
todas nuestras energías en su servicio" (Redemptoris
missio, 1). ¿Cómo no
pensar aquí en el macedonio que, apareciéndose en sueños a san Pablo,
gritaba: "Pasa a Macedonia y ayúdanos"? Hoy son
innumerables los que esperan el anuncio del Evangelio, los que se
encuentran sedientos de esperanza y de amor. ¡Cuántos se dejan
interpelar hasta lo más profundo por esta petición de ayuda que se
eleva de la humanidad, dejan todo por Cristo y transmiten a los hombres
la fe y el amor a él! (cf. Spe
salvi, 8)
4.
¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9,
16) Queridos
hermanos y hermanas, "duc in altum!". Entremos mar
adentro en el vasto mar del mundo y, siguiendo la invitación de Jesús,
echemos sin miedo las redes, confiando en su constante ayuda. San Pablo
nos recuerda que predicar el Evangelio no es motivo de gloria (cf. 1
Co 9, 16), sino deber y gozo. Queridos hermanos obispos, siguiendo
el ejemplo de san Pablo, cada uno ha de sentirse "prisionero de
Cristo para los gentiles" (Ef 3, 1), sabiendo que en las
dificultades y en las pruebas podrá contar con la fuerza que procede de
él. El obispo no sólo es consagrado para su diócesis, sino para la
salvación de todo el mundo (cf. Redemptoris
missio, 63). Como el apóstol
san Pablo, está llamado a preocuparse de las personas lejanas que todavía
no conocen a Cristo, o que todavía no han experimentado su amor, que
libera; ha de esforzarse por hacer que toda la comunidad diocesana sea
misionera, contribuyendo de buen grado, según las posibilidades, a
enviar presbíteros y laicos a otras iglesias para el servicio de
evangelización. La missio ad gentes se convierte así en el
principio unificador y convergente de toda su actividad pastoral y
caritativa. Vosotros,
queridos presbíteros, los primeros colaboradores de los obispos, sed
pastores generosos y evangelizadores entusiastas. No pocos de vosotros,
en estos decenios, os habéis desplazado a territorios de misión como
respuesta a la encíclica Fidei
donum, de la que hace poco
hemos conmemorado el 50° aniversario, y con la cual mi venerado
predecesor el siervo de Dios Pío XII impulsó la cooperación entre las
Iglesias. Confío en que no disminuya esta tensión misionera en las
Iglesias locales, a pesar de la escasez de clero que aflige a no pocas
de ellas. Y
vosotros, queridos religiosos y religiosas, que por vocación os
caracterizáis por una fuerte connotación misionera, llevad el anuncio
del Evangelio a todos, especialmente a los lejanos, por medio de un
testimonio coherente de Cristo y un radical seguimiento de su Evangelio.
Todos
vosotros, queridos fieles laicos, que trabajáis en los diferentes ámbitos
de la sociedad, estáis llamados a participar, de manera cada vez más
relevante, en la difusión del Evangelio. Así, se abre ante vosotros un
areópago complejo y multiforme que hay que evangelizar: el mundo.
Sed testigos con vuestra vida de que los cristianos "pertenecen a
una sociedad nueva, hacia la cual están en camino y que es anticipada
en su peregrinación" (Spe
salvi, 4). Conclusión Queridos
hermanos y hermanas, que la celebración de la Jornada mundial de las
misiones os anime a todos a tomar cada vez mayor conciencia de la
urgente necesidad de anunciar el Evangelio. No puedo menos de subrayar
con vivo aprecio la aportación de las Obras misionales pontificias en
la acción evangelizadora de la Iglesia. Les doy las gracias por el
apoyo que brindan a todas las comunidades, especialmente a las jóvenes.
Esas Obras son un instrumento válido para animar y formar en el espíritu
misionero al pueblo de Dios, y alimentan la comunión de bienes y de
personas entre las diferentes partes del Cuerpo místico de Cristo. Que
la colecta, que se hace en todas las parroquias durante la Jornada
mundial de las misiones, sea signo de comunión y de solicitud recíproca
entre las Iglesias. Por
último, es preciso que en el pueblo cristiano se intensifique cada vez
más la oración, medio espiritual indispensable para difundir entre
todos los pueblos la luz de Cristo, "luz por antonomasia", que
ilumina "las tinieblas de la historia" (ib.,
49). A la vez que encomiendo al Señor el trabajo apostólico de los
misioneros, de las Iglesias esparcidas por el mundo y de los fieles
comprometidos en diferentes actividades misioneras, invocando la
intercesión del apóstol san Pablo y de María santísima, "el
Arca viviente de la Alianza", Estrella de la evangelización y de
la esperanza, imparto a todos la bendición apostólica. Vaticano,
11 de mayo de 2008 BENEDICTUS
PP. XVI ©
Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
|