El Mérito
El rechazo de la colaboración del libre albedrío en la salvación de parte del protestantismo es en esencia el origen de la herejía de la doctrina de la salvación por la Sola Fe. Y es que las herejías suelen surgir de esta manera: Se focalizan en un solo punto de la revelación, para acto seguido aislarlo, deformarlo y posteriormente aberrarse. En este punto ha sucedido lo mismo en ambos sentidos. Tanto desde el punto de vista contrario, donde se eleva al libre albedrío al punto de rechazar la necesidad de la gracia en la obra salvadora (pelagianismo), tanto como en este, donde se elimina completamente la colaboración del libre albedrío hasta el extremo contrario (Sola Fide). Hoy día hay grandes sectores del protestantismo que aunque profesan la doctrina de la Sola Fe, no disciernen que esto involucra un rechazo de la colaboración del libre albedrío. Eso sin embargo si lo entendían los reformadores, al punto de que cuando Erasmo de Rotterdan hería las tesis luteranas con su De Libero Arbitrio , este respondía de forma colérica con su De Servo Arbitrio. Una obra donde el reformador declara sin pelos en la lengua su creencia de que el libre albedrío es “pura mentira” Es gracias a que hemos recibido el don del libre albedrío, que los creyentes podemos ejercitanto ese don colaborando con la gracia de tener un mérito ante Dios. Pero para entender bien la doctrina católica del mérito quiero compartir ahora un extracto de lo que el Cardenal Charles Journet expone en sus charlas de la gracia. Que lo disfruten… El Mérito ¿En qué consiste la doctrina del mérito? Me enseña que Dios es tan bueno que pone en mí SU GRACIA, CON LA CUAL PUEDO INCLINARME HACIA LA VIDA ETERNA, TENDER A ELLA, ELEVARME HACIA ELLA. En la parábola de la viña se dice: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos“. El que permanece en MI y Yo en él, ese dará mucho fruto” (Juan XV, 1). Ya veis: Dios pone en nosotros la savia de la gracia y de la caridad, con la que podemos realizar actos sucesivos de gracia y caridad cada vez más intensos, que serán como frutos, será la entrada en la Patria. El mérito es LA ORDEN DE RETRIBUIR SEGUN JUSTICIA. Pero Dios, ¿puede estar obligado en justicia con respecto a nosotros? ¿Puede haber proporción entre lo que nosotros le damos, nosotros que todo lo recibimos de El, y los dones supremos de su gracia y de su amor? No, ciertamente, si nos deja a nosotros mismos y a nuestros propios esfuerzos. Pero si, por el contrario, sí pone en nosotros la savia de su gracia y de su amor, pidiéndonos que hagamos fructificar esa gracia y ese amor. Desde el momento en que podemos producir actos VIVIFICADOS por la savia de la gracia, hay, de hecho, una proporción entre esos actos y su fruto, entre el tallo y la flor, luego entre la flor y el fruto. De suerte que NUESTROS MERITOS SON DONES DE DIOS. De ahí la frase de San Agustín: “Cuando Dios corona nuestros méritos, corona sus dones” 9. Pero ¿es que son nuestros méritos o los méritos de Cristo? La táctica protestante es en esto como siempre, la de suponer en vez de subordinar. A los méritos de Cristo SOLO, opone los méritos del hombre SOLO. Se decide por la salvación por los méritos de Cristo sólo; y nos achaca la teoría de la salvación por los méritos del hombre sólo, es decir la tesis pelagiana condenada por la Iglesia como herética. ¿Cuál es, en suma, la verdadera doctrina católica? Puede resumirse así: NUESTROS MERITOS SON DE DIOS Y DE CRISTO COMO CAUSA PRIMERA, SON NUESTROS COMO CAUSA SEGUNDA: DIOS NOS DA EN CRISTO EL DECIRLE “SI”. Si le digo Sí, este sí pronunciado aquí abajo, en el tiempo y que
es atravesado por la luz de la gracia divina, me encamina hacia mi término
final, o sea la entrada en la Patria, me hace proporcionado a esa entrada
en la Patria, “fructifica” normalmente esa entrada en la Patria,
“merece” esa entrada en la Patria. Es mi sí, MI MÉRITO: ME HABRÁ
DESGARRADO A VECES EL CORAZON, ME HABRA EXIGIDO QUE TRIUNFE SOBRE MIS
PASIONES, ES BIEN MIO. Pero es más aún de Dios que mío, y el primer
pensamiento que vendrá a mi espíritu será el decir: Gracias, Dios mío,
por haberme movido a decir sí: A Vos sea la gloria. Una precisión más referente al mérito. Ya lo hemos visto: no puedo yo merecer la primera gracia, porque es siempre una atención gratuita. Pero si permanezco en el amor puedo con el amor merecer siempre un amor mayor y, en el instante de la muerte, la vida eterna. 10. La gracia de aquí abajo, PROPORCIONA la gloria del cielo,
FRUCTIFICA la gloria del cielo, MERECE la gloria del cielo:
todas estas voces son sinónimas. La gloria es dada a la gracia como un
FRUTO, COMO UN TÉRMINO, COMO UNA RECOMPENSA. Tenéis en el evangelio: cuando sufráis todas esas cosas “alegraos y recocijaos, porque grande será en los cielos vuestra RECOMPENSA” (Mat. V, 12). Es Jesús quien nos dice eso. En el último día, cuando el Hijo del hombre venga en su gloria con todos los ángeles, dirá a los que estén a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…” (Mat. XXV, 34-35). En el mismo capítulo, se habla del servidor que habiendo recibido cinco talentos ganó con ellos otros cinco; del que habiendo recibido dos, ganó también dos. Son bendecidos uno y otro; pero el que había enterrado su talento fue maldecido (Mat. XXV, 14-30). ¿COMO PUEDE EL PROTESTANTISMO NEGAR ESAS NOCIONES DE MERITO Y DE RECOMPENSA, DE UN DIOS QUE CORONANDO NUESTROS MERITOS CORONA SUS DONES, CUANDO APARECEN CONSTANTEMENTE EN EL EVANGELIO? Nos achaca, para combatirnos, la doctrina pelagiana del sarmiento que, cortado de la cepa, producirá por sí solo el fruto. Pero nosotros reprobamos a la vez DOS ERRORES. Se nos dice -!y no es una amabilidad!- : Vosotros, católicos, os movéis por una recompensa. A lo que yo contestaría: SI, PORQUE SABEMOS QUE LA RECOMPENSA DEL AMOR ES EL ENCUENTRO CON EL AMADO. “Ninguna otra recompensa más que Vos, Señor” decía Santo Tomás. Y San Pablo escribe: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (I Cor. II, 9). ¿En qué consiste ello? !Es demasiado grande! !Es indecible el encuentro con el amado! ¿Cómo puede decírsenos que ES RUIN APETECER TAL RECOMPENSA? Los protestantes se ven obligados a desfigurar esta espléndida doctrina para poder atacarla: “Entonces veremos cara a cara", dice San Pablo (I Cor. XIII, 12): y San Juan: “Porque le veremos TAL CUAL ES” (I Juan III, 2). No desear esta RECOMPENSA, este ENCUENTRO, es NO AMAR. No desear ver un día la Patria cuando se ha nacido en el exilio, es no amar.”
Escrito por José Miguel Arráiz
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