MIÉRCOLES III DE PASCUA
De la Apología primera de San Justino, mártir, en favor de los cristianos
El baño de regeneracion
GLOSA
Los dos sacramentos que San Justino describe en su primera Apología en favor de los cristianos son la liturgia eucarístíca y el bautismo. El domingo pasado consideramos el fragmento sobre la Eucaristía; hoy nos corresponde el del bautismo. En tiempos de San Justino, con anterioridad al bautismo, se exigía la conversión: estar arrepentido de los pecados cometidos y querer vivir con integridad la vida en Cristo. Entonces, el sacramento suponía una luz nueva, aplicaba la redención al hombre y le introducía en el nuevo Pueblo de Dios. Esto justifica la importancia que revestía el periodo del catecumenado; era el periodo en el que se anunciaba la palabra salvadora de Dios, por medio de la cual se entraba en comunión vital con Cristo muerto y resucitado. A pesar de que el contexto social y cultural sea diverso, la Iglesia continua presentándose a sus hijos de hoy en un contexto sacramental, es decir, por medio de signos. Y el bautismo es el signo eficaz de nuestra inserción en Cristo, de nuestro injerto en la Iglesia, de nuestro inicio a la vida del Espíritu. Y lo mismo que sucedía antaño, ojalá no faltara tampoco nuestra conversión.
Vamos ahora a explicar cómo nos consagramos a Dios los renovados por Cristo.
A todos los que han aceptado como verdadero lo que les hemos enseñado y explicado, y se han comprometido a vivir según estas enseñanzas, se los exhorta a que pidan perdón a Dios de los pecados cometidos, con oraciones y ayunos, y nosotros nos unimos también a sus oraciones y ayunos.
Después los conducimos hasta el lugar donde se halla el agua bautismal, y allí son regenerados del mismo modo que lo fuimos nosotros, es decir, recibiendo el baño de agua en el nombre del Padre, Dios y Señor de todos, y de nuestro salvador Jesucristo y del Espíritu Santo.
Jesucristo dijo, en efecto: El que no nace de nuevo no podrá entrar en el reino de los cielos. Y para todos es evidente que no es posible que, una vez nacidos, volvamos a entrar en el seno materno.
También el profeta Isaías nos enseña de qué manera apartan de sí el pecado los que han faltado y se arrepienten. He aquí sus palabras: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid, y litigaremos dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán blancos como lana. Pero, si no sabéis obedecer, la espada os comerá. -Lo ha dicho el Señor-.
Los apóstoles nos explican la razón de todo esto. En nuestra primera generación, fuimos engendrados de un modo inconsciente por nuestra parte y por una ley natural y necesaria, por la acción del gérmen paterno en la unión de nuestros padres, y sufrimos la influencia de costumbres malas y de una instrucción desviada. Mas, para que tengamos también un nacimiento, no ya fruto de la necesidad natural e inconsciente, sino de nuestra libre y consciente elección, y consigamos por el agua el perdón de los pecados anteriormente cometidos, se pronuncia sobre aquel que quiere ser regenerado y está arrepentido de sus pecados el nombre del Padre, Señor y Dios de todos; y éste es el único nombre que aplicamos a Dios, al llevar a la piscina bautismal al que va a ser bautizado.
Nadie hay, en efecto, que pueda llamar por su nombre propio al Dios inefable, y, si alguien se atreviese a decir que puede ser capaz de ello, daría pruebas de una locura sin remedio.
Este baño se llama iluminación, porque son iluminadas las mentes de los que aprenden estas cosas. Pero, además, el que es iluminado es también lavado en el nombre de Jesucristo (que fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato), y en el nombre del Espíritu Santo, que anunció de antemano por boca de los profetas, todo lo referente a Jesús.