MIÉRCOLES VII DE PASCUA
De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II
La misión del Espíritu Santo en la Iglesia
GLOSA
La lectura propone a nuestra meditación un artículo del capítulo primero y otro del segundo de la Constitución dogmática Lumen gentium.Reflexionando estos días sobre la actividad del Espíritu ,hoy se nos presenta la oportunidad de reparar en esta fuente que contiene un rica teología del Espíritu Santo y su obrar operativo y vivificante. Se diría que el texto, refiriéndose a esa acción del Espíritu, apunta, sintéticamente, hacia tres direcciones complementarias: respecto a la vida -«santifica», «da la vida», «devuelve la vida-, respecto al conocimiento -«da testimonio», «instruye», «guía a la Iglesia hacia toda la verdad-, y respecto a la comunión -«mora en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo», «la unifica en la comunión y en el ministerio», «la dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos», la conduce a la unión consumada con su Esposo»- A esa acción del Espíritu Santo (n. 12) corresponde un pueblo profético y carismático. El sentido sobrenatural de la fe, el magisterio, todos los sacramentos, los dones y ministerios son la expresión experimentable de la vitalidad pneumática que reside en la Iglesia.
Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que indeficientemente santificara a la Iglesia y, de esta forma, los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua que brota para comunicar la vida eterna, por el cual el Padre vivifica a todos los muertos por el pecado, hasta que el mismo Espíritu resucite en Cristo sus cuerpos mortales.El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad, y unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus frutos.
Con la fuerza del Evangelio hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: «¡Ven!»
Así se manifiesta la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia, y ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles seglares manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.
Con ese sentido de la fe, que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios; se adhiere indefectiblemente a la fe que ha sido transmitida de una vez para siempre a los fieles, penetra profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.
Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios, y lo enriquece con las virtudes, sino que, distribuyéndolos a cada uno en particular según le place, reparte entre los fieles dones de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad.
Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo.