Lo hizo ya en su monumental discurso en el Colegio de los
Bernardinos de París, y lo ha vuelto a hacer desde esta abadía
cuatro veces destruida y otras tantas levantada de nuevo.
Desde el primer momento ha querido evitar cualquier reducción
culturalista: las múltiples obras de los benedictinos tienen una única
raíz, el "quaerere Deum", la búsqueda de Dios como
empeño fundamental de todo hombre. Lo que movió a san Benito y a sus
monjes no fue un programa de reconstrucción del Imperio en derribo ni
un plan para proteger la cultura clásica de la devastación de los bárbaros,
sino el deseo de "no anteponer nada al amor de Cristo". Fue
esta conciencia de Cristo como consistencia última de toda la
realidad la que dio origen a una cultura nueva con sus diversas
dimensiones: el amor al trabajo, el cuidado de los enfermos, la
seguridad de la vida civil, el arte y la escuela. Todas estas cosas
las podemos reconocer hoy plenamente conformes a la razón y al deseo
del hombre, pero en aquel momento no se deducían ni de la costumbre,
ni de la práctica social ni del análisis filosófico. Se desplegaron
como fruto del seguimiento de Cristo a través de la regla genial de
san Benito: ora et labora et lege, la oración, el trabajo y la
cultura.
Desde Montecassino Benedicto XVI ha recordado a toda Europa en
estos momentos cruciales que "gracias a la actividad de los
monasterios... pueblos enteros del continente europeo han
experimentado un auténtico rescate y un benéfico desarrollo moral,
espiritual y cultural". Impresiona contemplar la geografía de
ese rescate del que habla el Papa, pero más aún comprender la
profundidad de la mutación cultural que operó la modesta comunidad
de los monjes sembrada aquí y allá, tantas veces sometida a
violencia y a destrucción, pero imprevistamente capaz de generar una
educación capilar que supo tejer la unidad más profunda de los
pueblos europeos. Todos recordamos la gran lección del cardenal
Joseph Ratzinger sobre Europa dictada en esa misma Abadía hace ahora
cuatro años, la víspera del fallecimiento de Juan Pablo II. En estos
pocos años se ha hecho más evidente el extravío actual de nuestro
continente, y quizás por eso Benedicto XVI no ha querido lanzar
emotivas proclamas ni perder un minuto en lamentarse. Todo el mensaje
estaba contenido en los gestos y las palabras que glosaban el método
benedictino.
Por
supuesto es importante que los centros de decisión política, mediática
y cultural no cierren los ojos al patrimonio de la experiencia
cristiana en Europa, que no desprecien el acervo de valores que
encarnado en tantas generaciones de europeos ha generado un tipo de
convivencia civil que sigue siendo un faro de esperanza para el mundo.
Pero temo que pretender esto sea, hoy por hoy, como recitar poemas a
la luna. Es difícil saber hasta dónde ha gangrenado el tejido social
e institucional europeo el virus nihilista, el gen suicida del 68. Aún
así, también ahí hay que dar la batalla, aunque sea con las fuerzas
menguadas, y por eso es tan importante el voto en las próximas
elecciones. Como ha dicho el actual vicepresidente del Parlamento
Europeo, Mario Mauro, "si Europa no es capaz de una memoria histórica
que le permita mantener viva su tradición cultural y religiosa, no
podrá ni siquiera pretender tener un futuro". Por eso son
preciosas las voces de Mauro o de Mayor Oreja, que se han jugado
valerosamente el tipo en un ambiente político cada vez más hostil,
cada vez más sordo y ciego a esa memoria. Conseguir una plataforma
política que actúe como dique frente al nihilismo en Europa y que
sepa defender de manera creativa y eficaz la libertad de la Iglesia,
es una gran tarea que afecta no sólo a los católicos europeos, sino
a todos los que aman una verdadera laicidad.
Pero la tarea que desvela el mensaje de Benedicto XVI en Montecassino
desborda las posibilidades de las instituciones europeas, incluso en
el caso de que estas alberguen una cualificada presencia cristiana.
Como sucedió en el siglo IV, en plena debacle del gran Imperio
Romano, es necesaria una red de comunidades movidas por el deseo de
seguir a Cristo, que no reduzcan la fe a sentimiento ni a mera devoción,
ni a moral cívica, sino que expresen la totalidad de la experiencia
cristiana, su capacidad de rescatar y potenciar todas las dimensiones
de lo humano: la familia, el trabajo, el servicio a los enfermos y a
los pobres, el arte, el derecho y la política. Como les ha dicho el
Papa a los monjes, para que esto suceda es preciso "que nada ni
nadie quite a Jesús del primer puesto en nuestra vida"; sólo así
podrá llevarse a cabo la misión de construir una nueva humanidad
marcada por la acogida y el servicio a los más débiles. Sólo el
testimonio paciente y persuasivo de esa humanidad nueva, experimentada
ya en el seno de cada comunidad cristiana, podrá cambiar el panorama
cultural y moral de nuestra Europa, según una medida y unos tiempos
que no podemos establecer de antemano
libertaddigital.com