| NADIE TIENE AMOR MÁS GRANDE
Hay amores impresionantes. Por amor a una
hermosa mujer, con la que deseaba casarse, Jacob no tuvo reparo en
hipotecar catorce largos años de su vida trabajando como siervo en casa
del astuto padre de la novia, según nos relata el libro del Génesis
(c. 29).
Por amor a un padre de familia, desesperado
porque injustamente lo condenaban a muerte, un sacerdote polaco ofreció
su vida a cambio del infeliz condenado. Ocurrió en 1941 en el campo de
concentración de Autzswich. Se había fugado un prisionero. Según las
normas establecidas, si el evadido no aparecía en el plazo de
veinticuatro horas, en represalia debían morir diez compañeros
escogidos al azar. Transcurrido el tiempo, el comandante nazi ordenó
formar a los prisioneros y seleccionó a diez de ellos. El tercero
comenzó a gritar: "¡Adiós, esposa mía, adiós hijos míos, que
os váis a quedar huérfanos!". De pronto el sacerdote da un paso
al frente, se planta ante el comandante y propone: "Soy sacerdote
católico. Quiero tomar su puesto ya que él tiene mujer e hijos".
El intercambio es aceptado. Poco después los diez condenados son
encerrados en un barracón donde deberían morir de hambre, sed y frío.
Pasaron dos semanas y el puerco cura polaco -como le llamaba
despectivamente el comandante alemán- no acababa de morir, por lo que
tuvieron que eliminarlo con una inyección intravenosa de ácido férico.
Sin duda, nadie tiene amor más grande que
el de dar uno la vida por sus amigos (Jn. 15, 13). Este es el amor
que llevó a Jesucristo a ofrecer su vida por todos y cada uno de
nosotros para librarnos de la muerte eterna. El amor hasta el
extremo (Jn. 13, 1) es el que confiere su valor de redención al
sacrificio de Cristo por todos los hombres y mujeres, de todos los
tiempos y lugares sin excepción. Históricamente su muerte fué el
resultado de una serie de sucesos y circunstancias concretas, pero en
definitiva respondió a un acto voluntario y libre de Jesucristo: pudo
evitarla fácilmente; podía hacer bajar del cielo doce ejércitos de ángeles,
a los que resultaría muy fácil empezar a cortar orejas, como hizo
Pedro (Mt. 26, 51-53). Pero no se trataba de eso. El mismo Jesús lo dejó
claro: Nadie me quita la vida, sino que yo la doy libremente (Jn.
10,18).
La muerte de Jesucristo en la Cruz fué el
acto más intenso y sublime de amor que ha presenciado la humanidad.
Ojalá sepamos valorarlo..
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