NAVIDAD
Textos para meditar
Ahora,
por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino
concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra
algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en
la pasión, para que se derrame el precio de nuestro rescate que contiene; un
saco que, si bien es pequeño, está ya totalmente lleno. En efecto, un niño se
nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad. (S.
BERNARDO, Sermón I de Epifanía, 1-2).
Natividad
es la gran fiesta de las familias. Jesús, al venir a la tierra para salvar a la
sociedad humana y para de nuevo conducirla a sus altos destinos, se hizo
presente con María su Madre, con José, su padre putativo que está allí como la
sombra del Padre eterno. La gran restauración del mundo entero comenzó allí, en
Belén; la familia no podrá lograr más influencia que volviendo a los nuevos
tiempos de Belén (JUAN XX111, Aloc., 25-XII-l959).
La
fiesta de
¿Qué
cosa mejor podríamos encontrar entre los dones divinos, para honrar la fiesta
de hoy, que aquella paz que anunciaron los ángeles en el nacimiento del Señor?
En efecto, esta paz es la que engendra hijos de Dios, la que alimenta el amor,
la que es madre de la unidad. Ella es descanso para los santos y tabernáculo
donde moran los invitados al reino eterno. El fruto propio de esta paz es que se
unan a Dios aquellos que el Señor ha segregado del mundo (SAN LEÓN MAGNO, Sermón
6, sobre
Un
niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido dado; la insignia de su principado han
puesto sobre su hombro, y será llamado el Admirable, el Consejero, Dios, el
Fuerte, el Padre del siglo. Pero, ¿dónde está el nombre que está sobre todo
nombre, el nombre de Jesús, al cual se dobla toda rodilla? Tal vez en todos
estos nombres hallarás sólo éste: Jesús; pero en algún modo exprimido y
derramado. Sin duda él mismo es de quien
¿A un
moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa nueva que
decirle que un médico hábil va a sacarle de las puertas de la muerte? Pues
infinitamente más dichosa es la que el ángel anuncia hoy a todos los hombres en
la persona de los pastores (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el misterio).
Nuestro
Salvador ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la
tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y
a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.
Que
nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común
para todos; nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así
como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarnos a todos.
Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el
pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a
la vida (SAN LEÓN MAGNO, Sermón I sobre
Nace
Cristo. Esto sucedió una vez, la noche de Belén, pero en la liturgia se repite
cada año, en cierto modo se «actúa» cada año. Y asimismo cada año aparece rico
de los mismos contenidos divinos y humanos; éstos hasta tal grado sobreabundan,
que el hombre no es capaz de abarcarlos todos con una sola mirada; y es difícil
encontrar palabras para expresarlos todos juntos. Incluso nos parece demasiado
breve el periodo litúrgico de Navidad, para detenernos ante este acontecimiento
que más presenta las características de mysteriam fuscinosum, que de mysterium
tremendam. Demasiado breve para «gozar» en plenitud de la venida de Cristo,
el nacimiento de Dios en la naturaleza humana. Demasiado breve para
desenmarañar cada uno de los hilos de este acontecimiento y de este misterio
(JUAN PABLO II, Audiencia general, 3-1-1979).
¿Quién
tendrá un corazón tan bajo y tan ingrato como para no gozar y saltar de alegría
por lo que sucede? Es una fiesta común de toda la creación [...]. Nosotros
también proclamamos nuestra alegría; a nuestra fiesta le damos el nombre de
teofanía. Festejemos la salvación del mundo, el día en que nace la humanidad.
Hoy ha quedado eliminada la condenación de Adán (SAN BASILIO, Hom. para el
Nacimiento de Cristo, 2, 6).
Epifania
Precisamente
se les habia ocultado (la estrella) antes para que, al hallarse sin guia, no
tuvieran otro remedio que preguntar a los judíos, y quedara así manifiesto a
todos el nacimiento de Cristo (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. sobre S. Mateo, 7).
Como
los Reyes Magos, hemos descubierto una estrella, luz y rumbo, en el cielo del
alma.Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle. Es nuestra misma experiencia. También
nosotros advertimos que, poco a poco, en el alma se encendía un nuevo
resplandor: el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión,
la ansiedad de tomarnos a Dios en serio (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 32).
Hoy
los Magos revuelven en su mente con profundo estupor lo que allí han visto; el
cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, Dios en el
hombre, y a aquel a quien no puede contener el universo encerrado en un pequeño
cuerpecillo. Y, al verlo, lo aceptan sin discusión, como lo demuestran sus
dones simbólicos: el incienso, con el que profesan su divinidad; el oro,
expresión de la fe en su realeza; la mirra, como signo de su condición mortal.
Así los gentiles, que eran los últimos, llegan a ser los primeros, ya que la fe
de los Magos inaugura la creencia de toda la gentilidad (SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón
160).