
“Amamos las catedrales antiguas, los muebles antiguos,
las monedas antiguas, las pinturas antiguas y los viejos libros, pero
nos hemos olvidado por completo del enorme valor moral y espiritual de
los ancianos que en definitiva son también seres humanos antiguos”.
(Lin Yutang)
Llevaba tiempo queriendo escribir algo sobre los abuelos, puesto
que como ya dije en una ocasión, “nadie duda de la importancia que
tienen los abuelos para las nuevas generaciones. No sólo por su
aportación generosa de vivencias y recuerdos, que fortifican la
identidad familiar, sino por el ofrecimiento de sus talentos, el
ejemplo de virtudes y valores vividos que ofrecen a los suyos, como
referencia espiritual y moral imprescindibles para la unidad y
continuidad de las familias de hoy en día”.
Pues bien, como se acerca el día 26 de julio, festividad de San
Joaquín y Santa Ana, en la que celebramos el “Día de los
Abuelos”, ¿qué mejor ocasión para agradecer a nuestros
padres la grandeza de su corazón dejándonos a sus hijos y sus nietos
el mejor ejemplo de hijos agradecidos, de hermanos solícitos, de
padres entregados, de abuelos jóvenes y entusiastas, de cuñados
incondicionales y de tíos entrañables?
Pienso que esta fecha también nos debería llevar a defender y
favorecer su autonomía, que bien se la han ganado, y a no abusar de
su tiempo y aficiones para beneficio propio.
Y es que los abuelos de ahora, los abuelos del Siglo XXI, ya no son
como los de antes: Tienen su propia vida, una vida más dinámica y
autónoma, son independientes económicamente y viven preocupadas por
su salud y su bienestar. Es más, nuestros abuelos, tienen su vida
llena de nuevas inquietudes culturales, sociales y laborales. Y eso,
sin menguar ni un ápice su maravilloso apoyo a nuestras vidas,
sabiendo de su disponibilidad para darnos consejos, prestarnos ayuda
para ser mejores, interesarse por nuestros problemas, estar pendiente
de nuestras necesidades, sonreírnos, ofrecernos miradas de
complicidad que solo unos padres pueden tener con sus hijos….
Pero, muchas parejas jóvenes, se han acostumbrado, unas veces por
necesidad y otras muchas por comodidad, a que sean los abuelos los que
ejerzan de padres y madres de sus nietos, que sean canguros de los
pequeños y compañeros de juego “obligatorios”.
A pesar de que tenemos la certeza de que ellos SIEMPRE están
dispuestos a prestarnos ayuda, la calidad de vida de una familia no
puede apoyarse en la “utilización” de los abuelos. Debemos acudir
a ellos sólo en caso de extrema emergencia, y así, evitaremos en
gran medida las quejas y la confusión sobre el rol que se espera de
ellos, sobre las ideas distintas en la educación de los niños y los
celos que muchos padres sienten ante la “devoción filial” que sus
hijos sienten hacia los abuelos.
Es verdad que los abuelos juegan un papel muy importante en la vida
de los nietos. Pero, ¡no abusemos de ellos, por favor!
Y para que esto no ocurra, no estaría de más recordar que el
verdadero papel del abuelo es:
•Ejemplo y transmisor de valores.
•Mantiene el vínculo entre las generaciones haciendo de historiador
de anécdotas familiares.
•Lazo de unión, estabilidad y protección.
•Modelo de serenidad ante el envejecimiento.
•Paño de lagrimas cuando el niño y/o los padres están triste
•Sus “batallitas” desarrollan en el niño no solo su imaginación,
sino el sentido común del “buen hacer” y del “buen ser” en la
vida.
•Es la persona perfecta para ejercer de “negociador” entre
padres y nietos, ya que su experiencia puede ayudar en los momentos de
crisis familiar.
•…
Y recuerden: Los padres somos los modelos de referencia en la
educación de nuestros hijos .No carguemos esa mochila a los abuelos.
Ellos sólo tienen que llenar la casa de paz, conciliación y
estabilidad aconsejando y apoyando a sus hijos en la educación de los
nietos.
“Ojala que los abuelos vuelvan a ser una presencia viva en la
familia, en la Iglesia y en la sociedad. Por lo que respecta a la
familia, los abuelos deben seguir siendo testigos de unidad, de
valores basados en la fidelidad a un único amor que suscita la fe y
la alegría de vivir”, dice Benedicto XVI, y apostilla: “Ellos
pueden ser -y son tantas veces- los garantes del afecto y la ternura
que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños
la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias.
Ojala que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo
familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas
generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía
de la muerte”.