Desde instancias
influyentes se piensa y trabaja por un Nuevo Orden. Se
pretende llevar a cabo, con implacable ingeniería
social, un cambio cultural de gran envergadura, un gran
proyecto para una nueva identidad. Se diga o no, en el
fondo, se está tratando de construir un mundo en el que
ya no hay nada verdadero, ni bueno, ni valioso, ni justo
en sí y por sí mismo, nada trascendente, ni nadie que
esté por encima de nosotros. El relativismo se adueña
de la cultura y de las mentes.
La negación de la verdad y del bien es el motor
que impulsa un proceso de expulsión de Dios y de la
religión del ámbito público. Si el bien y la verdad
no pueden conocerse entonces sólo puede ligarse la ley
a un sentido procedimental; esto es, la ley viene a ser
una manera de entenderse los hombres, de vivir en
comunidad sin matarse, de garantizar un marco donde cada
individuo pueda realizar su «plan de vida» sin causar
daño a los otros. Gracias a este primer paso
–relativista– la religión queda reducida al ámbito
de lo privado. Hay un segundo paso. La visión
contractualista de la sociedad se vuelve absoluta.
porque el Estado no tiene límites. No hay Dios, no hay
ley natural, no hay ninguna verdad sobre el bien que esté
encima de la voluntad del Estado. Es un Estado absoluto.
La libertad del individuo es ilimitada según esta
concepción filosófica. Cada hombre es libre para hacer
lo que quiera. No hay ninguna ley superior que indique
lo que se puede o no realizar. Sin embargo, para hacer
posible la vida en la sociedad se realiza un pacto, a
través del cual cedemos nuestros ilimitados derechos al
Estado. Él velará para que estos ilimitados derechos
se puedan cumplir asegurando al mismo tiempo solidaridad
y seguridad.
Ahora bien, si no existe una verdad última, que guíe y
oriente la acción política, las ideas y las
convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas para
fines de poder. El pluralismo supuestamente es aceptado,
pero con la excepción de aquellos que creen conocer la
verdad. Estos no pueden ser aceptados porque son un
peligro para la democracia.
Esta situación es real, la tenemos instalada en ciertos
ámbitos del poder, y se extiende, sobre todo entre los
sectores jóvenes, ante la pasividad o la resignación,
como si nada ocurriera. Lo que está en juego detrás de
todo, lo digo una vez más, es un mundo con Dios o sin
Dios. En esta ausencia de Dios se funda la crisis de
nuestra cultura. Por lo mismo, sólo se superará tal
crisis si desaparece ese «silencio o ausencia» de
Dios, si el hombre vuelve a Dios, o si se le devuelve a
Dios el lugar vital y central que le corresponde en el
corazón, en el pensamiento y en la vida del hombre. No
acuso a nadie; menos aún condeno a nadie –tampoco a
la sociedad que tiene anchas espaldas–.
Sé que decir esto es nadar contracorriente, esto «no
se lleva». Pero no puedo ni debo hablar con palabras
aduladoras. Es mucho, es todo, lo que aquí se juega. No
olvido a San Pablo, para quien «la verdad era demasiado
grande como para estar dispuesto a sacrificarla en aras
de un éxito externo. Para él, la verdad que había
experimentado en el encuentro con el Resucitado bien
merecía la lucha, la persecución y el sufrimiento.
Pero lo que le motivaba en lo más profundo era el hecho
de ser amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a
los demás este amor. San Pablo era un hombre capaz de
amar, y todo su obrar y sufrir sólo se explican a
partir de este centro». (Benedicto XVI).
*
El cardenal Antonio Cañizares es prefecto de
la Congregación
para el Culto Divino y
la Disciplina
de los Sacramentos.
*Publicado en el diario
La Razón