El
origen cristiano de los valores modernos
Romano
Guardini | Cortesía de ElPodium.org
En
la Edad Media todos los estratos y ramificaciones de la vida estaban
informados por lo religioso. La fe cristiana constituía la verdad
universalmente aceptada. La legislación, la organización social, la ética
tanto pública como privada, el pensamiento filosófico, el trabajo artístico,
las ideas que movían la historia, todo, en cualquier sentido que fuese
considerado, ostentaba el sello común de ser cristiano y estar sometido
a la Iglesia. Con esto nada queremos decir sobre el valor humano y
cultural de tal o cual figura, ni de las obras que corresponden a ese
cuadro histórico; no obstante, hasta la forma de producirse una
injusticia estaba sometida a los principios cristianos. La Iglesia tenía
la más estrecha unión con el Estado, e incluso en aquellos casos en
que el emperador y el papa, el príncipe y el obispo mantenían
relaciones tirantes, se acusaban y difamaban mutuamente, no fue puesta
en tela de juicio la Iglesia en cuanto tal. (…)
En
el transcurso de la Edad Moderna esta situación sufre una modificación
profunda. Se duda cada vez más hondamente de la verdad de la revelación
cristiana; su valor para la ordenación y dirección de la vida es
impugnado con firmeza creciente. Para colmo, la orientación de la
cultura se pone en contradicción cada vez más aguda con la Iglesia. La
nueva pretensión de que las distintas esferas de la vida y de la
actividad -política, economía, organización social, ciencia, arte,
filosofía, pedagogía, etc.- debían ser desarrolladas partiendo sólo
de sus principios internos, aparece como algo cada vez más evidente. De
este modo, se configura una forma de vida no cristiana y, en múltiples
aspectos, anticristiana. Dicha forma se impone de un modo tan lógico,
que aparece como lo normal, y el postulado de que la vida tiene que ser
dirigida por la revelación recibe el carácter de una usurpación de la
Iglesia. Hasta el creyente acepta en gran medida esta situación, por
cuanto que piensa que las cosas religiosas constituyen una esfera
propia, así como las cosas del mundo constituyen la suya; que cada
esfera debe configurarse según su propia naturaleza, y que debe quedar
reservada al individuo la determinación de la medida en que desea vivir
dentro de cada una de ellas.
Consecuencia
de ello es que, de un lado, surge una existencia laica autónoma, libre
de influencias cristianas directas, y de otro, un cristianismo que imita
de un modo característico esa «autonomía». Así como surge una
ciencia puramente científica, una economía puramente económica, una
política puramente política, nace también una religiosidad puramente
religiosa. Dicha religiosidad pierde cada vez más la relación
inmediata con la vida concreta, su validez ‘general es cada vez menor,
se limita con creciente exclusividad a la enseñanza y práctica «puramente
religiosas», y para muchos tiene todavía el único sentido de dar
consagración religiosa a ciertos momentos culminantes de la existencia,
como el nacimiento, el matrimonio y la muerte. (…)
La
cualidad de persona pertenece a la esencia del hombre; pero solamente se
hace visible mediante la Revelación.
Hemos
visto que desde comienzos de la Edad Moderna se trabaja por elaborar una
cultura no cristiana. Durante mucho tiempo esta actitud negativa apunta
únicamente al contenido mismo de la revelación, no a los valores éticos,
sean individuales o sociales, que se han desarrollado bajo la influencia
de aquélla. Por el contrario, la cultura de la Edad Moderna sostiene
que se basa precisamente en estos valores. Según su punto de vista
—aceptado en gran medida por los estudios históricos—, los valores,
por ejemplo, de la persona, de la libertad, responsabilidad y dignidad
individuales, del respeto mutuo y de la mutua ayuda, constituyen
posibilidades innatas en el hombre, descubiertas y desarrolladas por la
Edad Moderna. Afirma esta tesis que es cierto que la formación humana
de los primeros tiempos del cristianismo cuidó de desarrollar esos gérmenes,
al igual que la Edad Media fomentó la vida interior y la práctica de
la caridad. No obstante, la autonomía de la persona hizo posteriormente
su aparición, y se trata de una conquista de orden natural,
independiente del cristianismo. Este modo de ver las cosas se acuña en
múltiples expresiones; una de ellas, especialmente representativa, la
hallamos en los derechos del hombre, proclamados por la Revolución
Francesa.
En
realidad, estos valores y actitudes están vinculados a la revelación,
que está en una relación específica con lo que es humano por
naturaleza. Procede de la liberalidad de Dios, pero asume lo humano
dentro de su armonía, naciendo así la estructura cristiana de la vida.
Como consecuencia, quedan libres en el hombre energías que en sí son
«naturales», pero que no se hubieran desarrollado fuera de esa
estructura. Aparecen en el campo de la conciencia valores que, si bien
son evidentes en sí, solamente pueden ser descubiertos bajo esas
condiciones. Por tanto, la tesis de que estos valores y actitudes en
cuestión corresponden simplemente al desarrollo de la naturaleza humana
ignora el sentido real de los mismos; más aún, desemboca —digámoslo
sin rodeos— en un fraude que pertenece también, para quien vea las
cosas como son, al cuadro de la Modernidad.
La
cualidad de persona pertenece a la esencia del hombre; pero solamente se
hace visible y puede ser afirmada por la voluntad moral si mediante la
revelación se abre paso a la relación con el Dios personal vivo en los
dogmas de la filiación divina y de la divina providencia. Si esto no
ocurre, tendremos conciencia del individuo bien dotado, distinguido,
genial, pero no de la persona auténtica, que constituye una determinación
radical de todo hombre por encima de todas sus cualidades psicológicas
o culturales. Así, pues, el saber acerca de la persona queda ligado a
la fe cristiana. La afirmación y el cultivo de la primera sobreviven
ciertamente durante algún tiempo a la extinción de esa fe, pero luego
van desapareciendo paulatinamente.
Lo
mismo puede decirse de aquellos valores que constituyen el desarrollo de
la conciencia de ser persona. Así, por ejemplo, de aquel profundo
respeto, no a la inteligencia extraordinaria o a la posición social,
sino a la realidad de la persona en cuanto tal: a su unicidad
cualitativa y a su carácter irremplazable e inalienable en todo hombre,
aun cuando en lo restante tenga éste la misma índole y capacidad que
los demás. O de aquella libertad que no significa la posibilidad de
desarrollarse y de gozar de la vida, reservada por ello a los
privilegiados de la naturaleza o de la sociedad, sino la aptitud de todo
hombre para decidirse y para ser dueño, con esta decisión, de sus
actos y, en sus actos, de sí mismo. O bien de aquella inclinación
hacia el otro, que no supone simpatía, ayuda mutua, deber social o algo
por el estilo, sino la posibilidad de afirmar el «tú» en él y de
constituirse en «yo» mediante esa afirmación. Todo esto se mantiene
vivo sólo en tanto que el saber acerca de la persona conserve su
vitalidad. Pero a medida que ese saber va degenerando a la par que la fe
en las relaciones con Dios, que enseña el cristianismo, se desvanecen
también aquellos valores y actitudes.
Ya
Nietzsche advirtió que el hombre no cristiano de la Modernidad no sabe
realmente lo que significa no ser cristiano.
El
hecho de que no se reconociera la relación de la revelación con lo
humano, de que la Modernidad se adjudicara la paternidad de la cualidad
de persona y de la esfera de los valores personales, pero rechazara la
revelación que constituía la garantía de esa cualidad y de esa
esfera, ha dado origen al fraude intrínseco de que antes hablábamos.
Todo este complejo se ha ido desvelando poco a poco. El clasicismo alemán
se apoya en valores y actitudes sometidos ya a revisión. Su concepción
del hombre es noble y bella, pero sin la suprema raíz de la verdad,
puesto que rechaza la revelación, aunque se nutra absolutamente de sus
resultados. Por esto su actitud humana empezó a difuminarse ya en la
generación siguiente. Y no porque el nivel de ésta fuese más bajo,
sino porque la cultura de la persona, arrancada de sus fundamentos,
demostró ser impotente frente al naciente positivismo.
Este
proceso ha seguido su camino hacia adelante, y cuando más tarde brotó
de improviso el sistema de valores de las dos últimas décadas, tan
rotundamente opuesto a toda la tradición cultural de la Edad Moderna,
tanto ese carácter repentino del fenómeno como esa posición fueron
meramente aparentes; lo que en realidad ha sucedido es que se hizo
patente un vacío, existente ya con mucha anterioridad: juntamente con
la revelación había desaparecido la conciencia de lo que es auténticamente
la persona y de su mundo de valores y actitudes.
Los
tiempos venideros arrojarán una claridad espantosa, pero salvadora,
sobre estas cosas. Ningún cristiano puede alegrarse del progreso de
esta actitud anticristiana, pues la revelación no es ciertamente una
vivencia subjetiva, sino la verdad absoluta, consumada por aquel que, a
su vez, creó el mundo; y todo momento histórico que hace imposible el
influjo de esa verdad está amenazado en lo más íntimo. Sin embargo,
es necesario que se descubra el fraude de que hablamos. Se verá
entonces a qué realidad se llega si el hombre se desliga de la revelación
y del usufructo que de ella venía teniendo.
Pero
aún no hemos dado respuesta a la pregunta siguiente. ¿De qué
naturaleza será la religiosidad del futuro? No hacemos referencia a su
contenido revelado, que es eterno, sino a la manera de realizarse éste
en la historia, a la estructura humana de ese contenido. Sobre esto habría
que decir muchas cosas y se podrían hacer muchas conjeturas; sin
embargo, tenemos que ser breves.
Ante
todo, tendrá gran importancia lo que hemos indicado últimamente: el
fuerte progreso de la forma de existencia no cristiana. Cuanto mayor sea
la decisión con que el incrédulo, niegue la revelación, y cuanto más
consecuente sea en la práctica de esa negación, tanto mayor será la
claridad con que se verá lo que es ser cristiano. Es preciso que el
incrédulo salga de la niebla de la secularización, que renuncie al
beneficio abusivo de negar la revelación, apropiándose, sin embargo,
los valores y energías desarrollados por ella; que ponga en práctica
seriamente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por él y
tenga experiencia de lo que eso significa. Ya Nietzsche advirtió que el
hombre no cristiano de la Modernidad no sabe realmente lo que significa
no ser cristiano. Las décadas pasadas han proporcionado un esbozo de
ello, y sólo constituyeron el comienzo.
La
historia no puede ser desandada: si el hombre actual se hace pagano, lo
será en un sentido totalmente diferente al del hombre del tiempo
anterior a Cristo.
Se
va a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el
primero. También aquí encontramos una falta de visión clara, que
afecta a otras cosas, entre ellas a nuestras relaciones con la Antigüedad.
El hombre no cristiano actual tiene con frecuencia la opinión de que
puede suprimir el cristianismo y buscar un nuevo horizonte religioso
partiendo de la Antigüedad. Pero en esto yerra. La historia no puede
ser desandada.
La
Antigüedad como forma de existir pasó definitivamente. Si el hombre
actual se hace pagano, lo será en un sentido totalmente diferente al
del hombre del tiempo anterior a Cristo. La actitud religiosa de este
hombre, pese a toda la grandeza tanto de su vida como de su obra, tuvo
algo de ingenuidad juvenil. Vivió en un tiempo en que aún no había
tenido lugar la opción que supone la venida de Cristo. Mediante ella,
sean cuales sean sus consecuencias, entra el hombre en un nuevo plano
existencial; Soren Kierkegaard puso en claro esto de una vez para
siempre.
La
existencia del hombre cobra, a partir de esa opción, una seriedad que
la Antigüedad no conoció, porque no podía conocerla. Dicha seriedad
no tiene su origen en una madurez meramente humana, sino en el
llamamiento de Dios, que la persona oye a través de Cristo. Abre ésta
los ojos, y queda, quiéralo o no, despierta. Se origina de la
participación a lo largo de los siglos de la existencia de Cristo; de
la experiencia de aquella tremenda claridad con la que él «ha sabido
lo que hay en el hombre», y de aquel valor sobrehumano con que él
abordó la existencia. De ahí el extraño efecto que nos producen los
anticristiano s de no haber alcanzado la madurez al apoyarse en la fe de
la Antigüedad.
Dígase
lo mismo de la revalorización de la mitología nórdica. A no ser que
sirva únicamente para encubrir fines de poder, como en el
nacionalsocialismo, es tan vana como la de la mitología antigua. El
paganismo nórdico se encontraba igualmente ante la opción que le
obligaba a abandonar el vivir oculto y, a la vez, lleno de trabas de una
existencia natural con sus ritmos e imágenes, para penetrar en el mundo
serio de la persona, fueran cuales fueren las consecuencias de esa opción.
Con
mayor razón ha de decirse lo mismo de todas las tentativas de crear una
nueva mitología mediante la secularización de pensamientos y actitudes
cristianos, como sucede, por ejemplo, en la poesía de Rilke de última
hora [En mi libro El análisis del ser en Rainer Maria Rilke ofrezco más
precisiones a estas ideas en una interpretación completa de las Elegías
de Duino].
Lo
que esta poesía tiene de original, es decir, la voluntad de quitar a la
revelación su carácter trascendente y fundamental, una existencia únicamente
terrena, muestra ya su impotencia por su incapacidad para influir sobre
el nuevo ambiente que va surgiendo. Los intentos de los Sonetos a Orfeo,
en este sentido, adolecen de una indigencia que da lástima, y que en la
pretensión expresada en las Elegías llega a producir extrañeza.
Por
lo que hace, finalmente, a concepciones como la del existencialismo
francés, que niegan de forma tan brutal el sentido de la existencia,
uno se pregunta si no constituirán una especie de romanticismo
desesperado, cuya posibilidad se debe a las conmociones de las últimas
décadas. Una tentativa no sólo de colocar la existencia en contradicción
con la revelación cristiana, sino de basarla en fundamentos
independientes de la misma y totalmente secularizados, habría de
caracterizarse por un realismo completamente distinto. Tendremos que
esperar para ver en qué medida logra el mundo oriental convertir esa
tentativa en realidad y qué ocurrirá entonces con el hombre.
Romano
Guardini
Romano
Guardini (1885-1968), teólogo y filósofo, es una de las figuras más
importantes e influyentes del panorama intelectual alemán del siglo XX.
El texto procede del El ocaso de la Edad Moderna que aparece en
el vol. I de Obras de Guardini (Cristiandad, Madrid 1981),
pp.104-115.
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